Operación Apsara (VI): I ♥ CAMBODIA

Amanecía un día más en Battambang. Aunque íbamos a empezar con las visitas hacia el mediodía, se nos empezó a pegar la costumbre local de levantarnos pronto, algo que practicaríamos durante todo el viaje. Nos fuimos a desayunar con toda la tranquilidad del mundo. Mientras nos comíamos unos fantásticos huevos fritos, mucho más ricos que los pasados por agua que pedimos el día anterior, Eduefe nos estuvo contando que nuestro amigo el enrollado había vuelto a las andadas y que se lo encontró montando el pollo otra vez a causa del apagón y además (atención) expresó enérgicamente su malestar a causa de ciertos vándalos que habían armado un gran escándalo en la piscina mientras él y su mujer cenaban. ¿Tenéis fresco el final de la entrada anterior? Efectivamente, aquellos vándalos solamente podíamos ser nosotros. A mí me dio mucha pena por el personal del hotel y lo que tuvieron que aguantar, pero vamos, tengo la conciencia muy tranquila porque quitando un par de risitas no fuimos responsables de ningún tipo de jaleo, y además eran tan sólo las siete de la tarde cuando pasó aquello. Huelga decir que en ningún momento vino nadie a llamarnos la atención.

Hablando de la piscina, nada más terminar el desayuno, nos fuimos al agua otra vez. A pesar de que al ser tan temprano apenas le había dado el sol, el agua seguía tan calentorra como siempre. Estábamos los cuatro tan a gusto hasta que finalmente recibimos una inesperada visita: nuestro vecino el francés-andaluz, quien tras romper el hielo la tarde anterior, por fin se animó a presentarse. Para quien tuviese dudas, sí, realmente era francés, aunque no nos terminó de aclarar cómo hablaba tan bien el castellano y además con marcado acento del sur de la península. Al principio se hizo amena su compañía, contándonos cosas que le habían pasado en otros países de Asia o sitios de Camboya que no conocíamos, pero hubo un momento que la conversación empezó a tomar tintes políticos y lo que era una amena charla, pasó a ser un ejercicio de pedantería por parte de nuestro nuevo amigo que a mí me hizo salirme de la piscina y largarme a mi habitación.

Aproveché para empezar a preparar la mochila, puesto que al día siguiente bien temprano ya partíamos. Desde dentro les oía hablar, las voces de mis amigos cada vez sonaban más monótonas y casi casi se limitaban a responder con monosílabos mientras el otro hablaba, hablaba, hablaba y hablaba. Yo, que en el fondo soy muy bueno con los míos (pero muy malo con los que no lo son), salí fuera a increpar a mis amigos diciéndoles que más les valía irse preparando las mochilas o les iba a pillar el toro. Más tarde, en privado, ya me agradecerían haberles dado una excusa para escapar del tostón, ja, ja, ja.

Cambiando de tema, la verdad es que en el Phka Villa nos sentíamos como en casa. Cuando estábamos allí, rara vez cerrábamos las puertas con llave. Total, ¿para qué? Si teníamos siempre nuestros escasos objetos de valor en la caja fuerte y desde cualquier sitio donde estuviésemos era imposible no ver si alguien entraba en nuestras casitas. ¡Y no he hablado de las flores! Nos las encontrábamos por distintos puntos de la habitación después de que la hubiesen arreglado.

Y llegó la hora de irse. Norea nos explicó mientras arrancaba el tuk-tuk que una de las cosas que íbamos a hacer era ver murciélagos, y como había un horario establecido para ello, tuvimos que salir más tarde para respetarlo. A nosotros nos pareció bien, el ratito que estuvimos de relax en el hotel nos sentó de maravilla para luego montarnos en el tuk-tuk la mar de contentos. Nos íbamos hacia el Sur de la ciudad, pero antes hicimos una parada en una gasolinera del centro para repostar :D

No sé si ya lo he dicho antes, pero cada vez estábamos más enamorados de la gente. A mí me alegraba mucho ir con el tuk-tuk para arriba y para abajo siempre rodeados de enjambres de motillos y bicis conducidos por gente sonriente que parecía venir a darnos la bienvenida a su país. Al igual que el día anterior, Norea de tanto en tanto se desviaba ligeramente para mostrarnos algo más.

Primero nos metimos por otro camino de tierra y nos llevó junto al río Sangker para dejarnos frente a un puente colgante; nos invitó a cruzarlo (interesante experiencia, por cierto) y dar una vuelta por la aldea de musulmanes que había al final del mismo.

Luego, ya en la carretera, nos llevó a conocer una de las cosas más atípicas de toda Camboya…. ¡unos viñedos! Y junto a estos, claro está, su bodega. Echamos un vistazo a las sencillas instalaciones y nos ofrecieron una degustación, pero la declinamos porque teníamos aún casi todo el día por delante y no era cuestión de ponerse ya bolinga. Por el camino se hacía raro ver vid en lugar de arrozales, la verdad ;)

La provincia de Battambang es una superficie muy llana cuya orografía y abundante presencia de agua facilita el cultivo del arroz. Algo parecido a lo que en España tenemos en la Ribera de Valencia o el Delta del Ebro, aunque tal vez más radical. Por esta razón, las escasas veces que nos topábamos con un monte su imagen atraía toda nuestra atención. Y en uno de los más altos de la zona estaba nuestra próxima visita, el templo Phnom Banan. A los pies de la colina, había un mostrador similar al que vimos el día anterior en Ek Phnom. Por el mismo precio se nos permitía visitar las ruinas, y Norea nos recordó que una vez pagada la tasa ya no sería necesario hacerlo en el resto de lugares que fuésemos a visitar en la misma jornada. Nunca tuvimos claro dónde iría a para aquel dinero, pero de nuevo quisiera comentar que lo que estábamos a punto de ver lo justificaba plenamente. Para alcanzar el templo había que ascender una interminable escalera cuyas barandillas estaban decoradas con las habituales nagas, garudas y toda clase de criaturas mitológicas típicas de la iconografía local; precisamente, como nos quedamos observándolas, antes de iniciar el ascenso Norea nos explicó las criaturas mitológicas que nos estábamos encontrando allá por donde íbamos, a ver si algún día refresco la memoria y os lo cuento.

Y entonces regresaron los niños. Estos, en lugar de revolotear a nuestro alrededor y pedirnos one dollar, intentaban ayudarnos en el duro ascenso: dado que se conocían todos los peldaños como las líneas de sus propias manos, nos iban guiando para pisar bien, además de abanicarnos con unos grandes y vistosos abanicos tipo pai-pai. Nosotros nos sentíamos un poco incómodos por su presencia, no porque nos molestasen, sino porque como ya comenté en la entrada anterior no estábamos preparados para una situación así y no sabíamos cómo reaccionar ante ella. En eso que aparecieron otros dos turistas, cuando se les fueron a acercar los muchachitos, los enviaron a paseo de un modo muy brusco, gritándoles “get out of my way”. A raíz del desagradable desencuentro, nos rendimos y por lástima les dejamos acompañarnos.

A más o menos media distancia, había una especie de rellano donde poder descansar un poco y de paso maravillarnos con la bella panorámica que ya empezaba a dejarse ver. En eso que los niños aprovecharon nuestra pausa para hacer algo que nos pilló totalmente desprevenidos: ¡Masajearnos las piernas! Aunque hay que confesar que lo estaban haciendo muy bien, yo me sentí un miserable dejando que una pobre criatura estuviese complaciéndome en lugar de ocupar su correspondiente lugar en el colegio o jugando con sus amiguitos, así que intenté hacerme el remolón cada vez que me venían a socorrer, igual que mis amigos, quienes actuaron del mismo modo.

 

Tras un duro y caluroso ascenso, por fin alcanzamos la cima, y la verdad es que no tenemos claro si lo que más nos gustó fue el templo en sí o las magníficas vistas que teníamos a nuestro alcance desde el mismo. Pese a que salvo las torres principales el estado del complejo estaba en ruinas, a día de hoy aún recuerdo lo mucho que nos alegramos de haber tenido la oportunidad de visitarlo, recorriendo todos sus rincones intentando que no se nos escapara ningún detalle (y si nos perdíamos algo, ahí estaban los niños para avisarnos), pero mucho me temo que los dos bordes de antes no estarían muy de acuerdo con nuestro punto de vista, porque no tardaron ni cinco minutos en largarse (¡Mejor!¡Largo!). Los relieves eran bellísimos, y las torres otra vez nos hacían relamernos del gusto sólo de pensar en lo que nos íbamos a encontrar unos par de días más tarde en Angkor.

Nos encontramos con un señor que se había montado el chiringuito en las dependencias del templo, y supusimos que era su ermitaño, abad, monje o como quiera que se llame, ya que al igual que Ek Phnom seguía en activo y tenía un altar budista en su parte central.

Entre el grupo de improvisados guías que nos acompañaban, había también una mujer joven, quien por su mayor experiencia nos daba consejos muy útiles, a la hora de encontrar el mejor ángulo para las fotos por ejemplo. Le pregunté a una de las niñas si era su madre o de alguien del grupete, pero sólo me dijo que no, sin darme más detalles. Como ya he comentado antes, de tanto en tanto, los niños llamaban nuestra atención para mostrarnos curiosidades que se nos habían escapado: más relieves (insisto, muy buenos), un cactus sobre el que habían escrito varias parrafadas y…. nuestro primer aviso ante la triste realidad de las minas antipersona: un cartel advirtiendo que los alrededores del templo aún no habían sido liberados de su maldita presencia.

Nos sentamos a descansar un rato al fresco del airecillo que nos ayudaba a sofocar el intenso calor, con la vista perdida en el verde horizonte que formaban los campos de Battambang. Bajar del templo, como cabría esperar, fue menos cansado que subir, aunque puede que incluso tardásemos más porque era muy difícil hacerlo sin riesgo de dar un traspiés que nos arruinase el resto de las vacaciones. Aquí la labor de los niños pasó a ser la de velar por que bajásemos con total seguridad. Una vez abajo les dimos un dólar, de nuevo con la terrible duda de no saber si nuestra actitud fue la correcta.

Antes de volver al tuk-tuk, nos sentamos en una de las mesas del kiosko que había entre el parking y la escalera a tomar un refrigerio. Yo me animé a pedir un coco, algo que nunca había probado tal y como se hace en los destinos tropicales, es decir, bebiendo directamente de su interior con una pajita. ¿Lo habéis tomado alguna vez? A mí me vino de perlas, bien fresquito, rico y reponedor. A dos de los nuestros en cambio les dio por pedir su primera (cerveza) Angkor, y claro, con la de horas que hacía que habíamos desayunado pillaron un puntillo muy gracioso que nos hizo más divertida la travesía tuktukera je, je, je. Para nuestro deleite visual, volvimos a acercarnos al curso del río Sangker.

Nuestro próximo destino era Phnom Sampeau, pero de llegar hicimos una parada en uno de los muchísimos barrios periféricos de Battambang. Aparcamos junto a un templo, y cuando pensábamos que Norea nos iba a llevar a visitarlo, nos condujo hacia un gran árbol que había al lado. Nos animó a fijar la vista sobre unos enormes bultos negros que había entre las ramas, y así fue como caímos que aquella especie de frutos eran unos murciélagos inmensos, quienes por lo visto no tenían problemas con el sol porque estaban allí tan ricamente.

Fue muy curioso, pero no era lo que nos esperábamos cuando Norea nos dijo que había amoldado el orden y el horario de las visitas en torno a ello. Volvimos al tuk-tuk y empezamos a circular por zonas más deshabitadas, sintiéndonos por primera vez lejos de la civilización y perdidos entre inmensos arrozales; lo de perdidos es más un decir que otra cosa, puesto que íbamos la mar de tranquilos con nuestro conductor. Desconozco si tuvimos mucha suerte, o si en Camboya todos son así, pero tengo que decir que los tuktukeros que nos prestaron servicio a lo largo del viaje en todo momento nos dieron una reconfortante sensación de que podíamos confiar en ellos.  Volviendo al tema del paisaje, ya comenté dos entradas más atrás que a mí no me gusta nada el campo, entendiéndose el campo no como bosque o naturaleza sino como explotación agrícola, pero a pesar de ello, me sentí muy a gusto por donde nos llevó Norea.

Y finalmente llegamos. Teníamos ante nostros un monte que resaltaba entre las planas llanuras, y en cuya cima se vislumbraban un templo y una inmensa antena, no sabría decir si de TV, radio, telefonía o todo a la vez. Bordeando el monte, vimos una gran figura de Buda esculpida en la roca pero que por desgracia habían abandonado al poco de empezar (creo recordar que nos contaron que por falta de fondos, corregidme si me equivoco) y apenas se intuían sus facciones. Era ya bastante tarde, y nuestros estomágos pedían a gritos una buena comilona, así que nada más se detuvo el tuk-tuk en el parking asaltamos el primer kiosko que vimos. De no haber llevado ya un par de días en la zona, tal vez nos hubiese dado algo de reparo comer en un sitio tan sumamente cutre, pero en su defensa tengo que decir que la comida estaba muy rica, y aprovechando una visita a lo que ellos llamaban WC (no comments), pasé por la improvisada cocina que había al aire libre y puedo dar fe que estaba impoluta. Además el trato que nos brindó la dueña muy camboyano, es decir, maravilloso.

Con el tuk-tuk no se podía ascender a la cima del monte, y nos daban a elegir entre dos opciones:  o bien usábamos un largo e interminable camino compuesto de escalones, o bien nos dejábamos llevar por unos mozos locales a lomos de su moto previo pago de $5. La visita de la mañana nos había dejado sin ganas de subir más escaleras, así que todos decidimos hacer uso de las motos; además, estaba empezando a ponerse el sol y no era cuestión de que nos anocheciese por allí arriba. Así que pagamos por el servicio (a la dueña del “restaurante”, resulta que el negocio de las mototaxis también lo gestionaba ella) y nos dejamos llevar. ¡Qué divertido! Juasjuasjuas, nos lo pasamos pipa con los amotillos subiendo las cuestas del monte.

Nos llevaron primero a un templo cuya decoración interior nos recordó al de Ek Phnom (el nuevo, no el viejo), y uno de los motoristas nos empezó a contar cosas muy interesantes. Era un chico muy joven, tendría unos 16 o 17, y su dominio del inglés era excepcional. Y eso es mucho decir teniendo en cuenta que hasta el momento casi todo el mundo con el que nos habíamos topado lo hablaba. Nos puso al día de la historia del monte y las cosas que allí sucedieron, para a continuación dar la orden a sus compañeros para que siguiésemos con las motos hacia más arriba.

Entonces ya fue cuando llegamos a las famosas Killing Caves.  Por unos escalones descendimos a una caverna de notables dimensiones, desde donde nos condujero a un lateral donde se podía ver un agujero situado a una grandísima altura; desde dicho agujero, los jemeres rojos lanzaban a los condenados a muerte con el fin de acabar con su vida y ahorrarse de paso una bala. Se nos erizó el vello cuando nos contaron que se dieron muchos casos de personas que sobrevivían al impacto y a las que abandonaban allí mismo para que muriesen con una gran agonía y dolor.

La misma caverna se consagró posteriormente como templo budista dedicado a las víctimas que allí perdieron la vida, y al igual que en el Wat Somrong Knong que visitamos el día anterior, también había una gran urna de cristal conteniendo los huesos de las víctimas. Además colocaron un Buda yaciente. Vimos a un hombre custodiando el recinto, y nuestro improvisado guía nos comentó que era un huérfano que perdió a sus padres allí mismo, y que cuando los jemeres rojos se fueron de Battambang decidió él mismo hacerse cargo de aquello. Le dimos una pequeña ofrenda monetaria, y a cambio nos colocó una pulsera roja hecha de lana que veríamos más adelante en otros templos budistas camboyanos. Tengo que decir que la llevamos puesta durante  varios meses hasta que finalmente con el desgaste se nos cayó.

Al salir de las cuevas la visita no había concluido, ya que aún quedaba monte por ascender. Con las motos no tardamos nada, es más, el último tramo circulamos por estrechos y empinados senderos a toda velocidad dándole más emoción al asunto. Una vez arriba, nos dejamos maravillar por las fantásticas vistas que teníamos desde un pequeño mirador que había enfocado hacia el Este (supongo que los amaneceres desde allí tienen que ser increíbles) y que de nuevo nos hacía sentir como hormiguitas en medio de una gran inmensidad. Allí charlamos más tiempo con el chico que nos estaba explicando todo, y nos mostró a lo lejos cuál era su colegio, además de contarnos lo difícil que es para una familia camboyana que sus hijos estudien ya que la educación es de pago a partir de cierta edad. Él trabajaba con las motos durante sus vacaciones y los fines de semana (aquel día era Domingo) para así poder pagarse la escuela.

Como faltaba muy poco para la puesta del Sol, decidimos dejar el mirador para continuar hasta el templo de la parte superior, donde nos recreamos con sus policromadas esculturas que seguían la tradición hindú. Desde allí pudimos ver de cerca a los monos que poblaban el monte, y quienes se paseaban por las dependencias como Pedro por su casa. Tampoco nos acercamos mucho, ya que nos habían prevenido contra ellos porque se podían poner agresivos con los visitantes. Visto todo, decidimos irnos, no sin antes darle al muchacho unos merecidísimos dólares de propina pero con gran discreción para que no lo viesen los otros motoristas.

Al llegar a la zona de los tuk-tuk, Norea nos comentó que aún teníamos que esperar un poco para poder ver los murciélagos. ¿Cómo? ¿Que no los habíamos visto ya? Pues no, resulta que lo del mediodía fue una especie de bonus, y lo que había condicionado el trazado del tour aún estaba por ocurrir. Así que aprovechamos el rato para subir el primer tramo de las escaleras de acceso (muy interesante, por cierto) y curiosear entre los puestos de souvenirs.

Llegado el momento, nos desplazamos con el tuk-tuk unos poco metros hacia el Buda inacabado que he comentado antes, y allí nos detuvimos junto a un pequeño grupo de excursionistas locales. Una cueva se abría en lo alto de momento a gran altura sobre nuestras cabezas , y tan pronto se puso el sol, empezó el espectáculo: de la cueva salió una bandada de murciélagos, que por lo visto se acababan de despertar y se dirigían a sus quehaceres diarios (o más bien habría que decir nocturnos). Lo que nos dejó con la boca abierta fue comprobar que la bandada no tenía fin, es decir, que pasados unos minutos los murciélagos seguían saliendo, a toda velocidad, y siempre siguiendo a los de delante, como si existiese una autopista aérea invisible para el ojo humano. Es una pena que mis conocimientos fotográficos no me diesen para ajustar los parámetros de la cámara y que así los pudiese captar mejor; también eché de menos un zoom con más alcance. El caso es que en fotografía no impresiona ni tan siquiera una mínima fracción de lo que era verlo en vivo.

Cuando aún seguían saliendo, Norea nos hizo subir al tuk-tuk porque aún quedaba una sorpresa más. Nos llevó a la highway, y tan pronto encontró un lugar donde podernos detener en condiciones de seguridad (de nuevo donde había más gente de excursión) se paró para que pudiésemos ver la magnitud de lo que salía de la cueva: una interminable y alargada nube negra aparecía en el cielo discurriendo en paralelo a la carretera en la que nos encontrábamos. Norea se lamentó de que los murciélagos no hubiesen seguido el patrón que por lo visto recorren habitualmente, ya que según nos contó, lo normal es que vuelen justo por encima de la carretera, creando una especie de cortinilla o toldo entre esta y el cielo. Yo lo que lamenté fue no estar a la altura en cuanto a técnica fotográfica se refiere, porque aún así lo que veíamos era espectacular y algo que en ningún momento nos hubiésemos imaginado.

Y sí, ya se había terminado la visita. Llegó la hora de volver al hotel, y nos montamos en el tuk-tuk contentísimos. Lo que Norea llamaba la highway, sería algo así como lo que nosotros denominaríamos como “la carretera general”, aunque claro, mucho más modesta en cuanto a dimensiones y estado (por no mencionar la total ausencia de señales de trafico e iluminación. Transcurridos unos pocos minutos, con el cielo ya a oscuras, nos vimos otra vez rodeados por el habitual tráfico rodado a dos ruedas tan típico de la zona: motos y bicis por doquier, con sus conductores yendo de un lado para otro tan contentos, y con sus luces en movimiento dando un alegre tono al camino.

¿Dije alegre? ¡Ay! Cuando más contentos íbamos oímos un golpe detrás nuestro. Al parar, vimos que dos motos de aquellas que llevaban toda la familia a cuestas habían chocado entre ellas. A  simple vista, el único daño que hubo que lamentar fueron unos rasguños y quemaduras superficiales que una chica se hizo en la pierna al rasparse contra el asfalto. Así, cuando Norea comprobó que ya otras personas la estaban socorriendo, decidió reanudar la marcha. Mientras comentábamos entre nosotros lo habitual que tenían que ser dichos accidentes por aquellas carreteras (una pena), Norea aminoró mucho la marcha y nos llamó la atención advirtiéndonos que delante nuestro nos íbamos a encontrar con un siniestro. Dada la oscuridad de la carretera y el jaleo que se había armado, era muy difícil averiguar lo que pasaba según nos acercábamos. De repente nos encontramos a nuestra derecha con una furgoneta que se había salido de la carretera y empantanado en un arrozal. En eso que el conductor de la furgoneta nos dijo algo en lengua jemer que por supuesto no entendimos, y tras pasarla de largo, vimos algo para lo que no estábamos preparados.

A día de hoy, seis meses más tarde aún se me eriza el vello al escribir sobre ello. Puedo dar gracias a la oscuridad y a mis rápidos reflejos que tan sólo lo vi de reojo. Tal vez lo vi pero mi mente se negó a recibir la imagen que le enviaba el nervio óptico. Tan sólo puedo decir que era un cuerpo humano mutilado y reventado. Sin más detalles. Tardamos unos veinte minutos en llegar al hotel, y nadie fue capaz de articular palabra. No sacamos el tema hasta incluso varias semanas después de haber concluido el viaje. No soy una persona a la que le guste exteriorizar sus sentimientos a través de un frío blog, pero me gustaría relatar que me sentí tan mal como si le hubiese sucedido a un familiar o alguien muy cercano. Y tengo muy claro que me afectó mucho más que si lo hubiese visto al lado de mi casa (entre otras cosas porque desgraciadamente no es el primer accidente grave que veo en mi vida).

Llegamos al hotel y reconfirmamos con Norea la hora a la que nos iba a recoger el día siguiente (¡a las 06:30, nada menos!) para ir a tomar el barco.  Yo aproveché un rato que me quedé solo en la habitación para desahogarme del mal trago (muchas gracias Cris y Sil por vuestra inestimable ayuda) y reflexionar en el motivo por el que me había afectado tanto. Y creo que fue el siguiente: después de estar un par de días relacionándonos con unas personas que a nuestro juicio eran tan entrañables, y creer verles que a su manera eran felices en su duro y difícil modo de vida, darme de bruces con la realidad de estar en un lugar con gravísimas carencias de infraestructuras, por no mencionar en sus limitados recursos sanitarios que difícilmente podrían hacer nada por salvar la vida de personas que casi seguro estarían sufriendo aquel tipo de accidentes a diario, me hizo sentir una inmensa pena por aquella gente a la que tanto cariño le había cogido. Más adelante, cuando por fin nos animamos a hablar del tema entre nosotros (como he dicho antes, después de haber concluido el viaje), me di cuenta que mis amigos habían experimentado exactamente lo mismo que yo.

Una vez me hube repuesto del disgusto (a pesar de que no me lo pude sacar de la cabeza durante varios días), salí a la piscina, donde estaban mis amigos tomándose un relajante bañito a ver si así se les abría el apetito. Me dirigí a la ducha exterior que había cerca de las mesas  para quitarme el polvo acumulado a lo largo del día y así unirme a ellos, pero lo hice con mucha delicadeza y cuidado porque ya había gente cenando y no les quería molestar, máxima cuando otros clientes nos habían tachado de vándalos.  Y entonces es cuando te das cuenta de que, la vida sigue, y por muy terrible que sea lo que acabas de ver (que no vivir), hay detallitos que te arrancarán una sonrisa. En mi caso fue algo más, puesto que cuando iba a meterme en el agua oí  un gran estruendo: “SPLASH!!!” seguido por una voz de giliflauta maldicioendo: “OOOHHH! SHIIIIIITT!”. ¿Qué pasó? Pues que alguien tropezó y cayó dentro de un estanque con musgo y aguas verdosas que había en recepción, al cual sólo le faltaban las ranas para ser una charca en toda regla. ¿Y quién fue el que se cayó? ¡EL PIJOMIERDA! Sí, ese que se atrevía a levantarle la voz al personal del hotel y además de llamarnos vándalos a nosotros. ¡Ja! El problema es que justo cuando sucedió a mi me pilló muy cerca, a punto de entrar en la piscina, y claro, no veas el esfuerzo de aguantarme la risa porque una cosa es burlarse de la desgracia ajena, y otra muy distinta… ¡es descojonarse cuando un imbécil recibe lo que se merece!

Me metí en el agua y mis amigos no paraban de preguntarme “¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado?”. Yo no podía articular palabra porque se me escaba la risa, y me limitaba a hacer ademán de silencio. Cuando por fin iba a decir “Ahora os lo cuento pero no os riais” se encontraron al maromo, plantado como un pino en la zona de las mesas chorreando que daba gusto y con un semblante que recordaba al típico villano patoso de las pelis de antes. Y su mujer, por cierto, como si no hubiese ocurrido nada, ella siguió cenando mientras el otro la miraba con ojos de cordero degollado. Vaya pareja más extraña… Pero para extraños nuestro amigo el francés. Se metió en la piscina y vino directo con ánimos de taladarnos un rato. Resulta que él también iba a Siem Reap en barco al día siguiente, así que nos iba a tocar aguantarle durante un porrón de horas; hablando de la duración de la travesía, según mis cálculos eran entre 6/7 horas para la época en la que nos encontrábamos (justo después de la estación de las lluvias), pero él insistía erre que erre que no, que mínimo iban a ser 9 horas. No contento con eso empezó a hacer bromas en plan “más os vale salir cagados y meados del hotel porque el barco es tan cutre que no tiene ni váter”; yo estuve a punto de replicarle que me constaba que a bordo había unas instalaciones muy básicas para el aseo pero me lo pensé mejor y me fui a darme una ducha. ¿Qué ganaba discutiendo con un listillo? Pues nada.

Al rato nos fuimos a cenar, y a pesar del disgusto que nos habíamos llevado en el camino de regreso al hotel, disfrutamos de nuestra última noche en el Phka Villa, de nuevo bajo el encanto de un maravilloso cielo estrellado casi libre de contaminación lumínica (lástima del hotel de al lado). Avisamos a nuestros anfitriones que al día siguiente nos iríamos a las 06:30 con motivo de ir a tomar el barco, y nos retiramos a terminar de preparar los bártulos. ¡Buenas noches!

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