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Hay que reconocer que las cosas cambian de prisma tras una merecida noche de descanso. Dormí diez horas de un tirón, y me levanté con ganas de comerme al mundo, no sin antes haber desayunado, claro xD

Lo primero de todo: la operación que repetiría todas las mañanas, es decir, aplicarme el protector solar de factor treinta, y cuando éste hubo penetrado bien en mi piel, rociarme con el Relec para evitar las picaduras de mosquitos. El repelente además me lo pondría otra vez todas las tardes tras la reparadora ducha reglamentaria ;)

Nos reunimos los cuatro y nos fuimos a desayunar a las mismas mesitas junto a la piscina donde comimos y cenamos el día anterior. Nos dieron un impreso donde señalar lo que queríamos que nos sirviesen. Al igual que la carta del restaurante, la selección era muy escasa, y de nuevo vimos cómo nos lo hacían todo expresamente, demorándose por lo tanto algo de tiempo, pero…. ¿quién dijo prisa? Estábamos de vacaciones, ¿no? Creo que no lo he comentado, pero al igual que en GLOW y en los demás hoteles a los que iríamos, el desayuno estaba incluido en el precio. A pesar de su simpleza nos gustó bastante, pedimos lo típico que desayuna en los viajes: huevos revueltos, bacon, fruta, tostadas con mantequilla y mermelada, café o té, zumo y algo llamado khmer croissant que más bien parecía la porra de los churros. Todo muy rico ;)

A la hora que habíamos quedado (no recuerdo bien, entre las ocho y las nueve) Norea ya estaba allí para recogernos. Llegó el momento de comprobar si finalmente había merecido la pena ir a Battambang. ¿Queréis averiguarlo? Seguid leyendo ;)

En el día anterior os hablé del tipo de plazas con enormes esculturas de corte hindú por las que se caracteriza Battambang y que son reconocibles nada más verlas en fotografías. Tenéis que saber que aunque Camboya es un país budista, el hinduísmo también fue muy importante en sus momentos; tal vez esta comparación sea muy inexacta y desafortunada, pero los españoles podríamos entenderlo de un modo similar al hablar del cristianismo y el islam en la Península Ibérica. Pues bien, de entre todas las esculturas que os comento, hay una que suele ser la más fotografiada, Dambang Kranhun (espero haberlo escrito bien). Como nos pillaba de paso, Norea nos llevó hasta allí para empezar con el tour.

Aprovechando la parada, nos pusimos a charlar y nos preguntó de dónde éramos. Al decirle que veníamos de España, se puso muy contento porque ahí dónde lo veis, en la otra punta del Mundo, resulta que Norea es tan culé como los que festejan los triunfos del Barça en Canalejas. A nosotros que el fútbol ni fu ni fa, igual nos daba que fuera del Barcelona, del Real Madrid o del Betis, pero la anécdota nos pareció muy simpática.

Norea nos indicó que lo próximo que íbamos a visitar sería el norrie o tren de bambú. Los asiduos a los programas de viajes de la teúve tal vez lo vierais en un par de monográficos de Camboya emitidos en TVE un par de semanas antes de ir nosotros para allá. Básicamente se trata de una plataforma de madera, generalmente de bambú (de ahí su nombre), dispuesta sobre dos ejes con sus cuatro ruedas de vagoneta y que funciona con un motor acoplado procedente de una motocicleta, lancha o vaya usted a saber lo qué. Este original medio de transporte surgió en los ochenta a raíz de la necesidad de buscar una alternativa al transporte por carretera ya que éstas estaban en muy mal estado, y también al escaso servicio ferroviario oficial (que por cierto hoy en día está suspendido). Actualmente, y que yo sepa, existen dos líneas de tren de bambú: una en Pursat, donde es de vital importancia para el transporte de personas, animales y otros tipos de mercancía, mientras que la otra, en Battambang, ha quedado relegada a su explotación turística. La de Pursat es más auténtica y supongo que recomendable, pero a nosotros nos venía muy mal ir hasta allí. En cualquier caso, era cuestión de aprovechar uno de sus últimos viajes, ya que se dice que en breve el ferrocarril volverá a reclamar sus vías y el norrie desaparecerá.

Cuando te dicen que vas a viajar en tren, pues lo primero que piensas es en ir a tomarlo a la estación, ¿no? Pero claro, el nuestro no era un tren convencional, así que tampoco nos extrañó que nos sacaran de la ciudad. Nos dirigimos hacia el Sur por una alegre carretera, y digo alegre porque por lo menos a nosotros nos dio muy buena onda: gente en moto y bici que iban de un lado para otro tan felices. Tan pronto establecíamos contacto visual con alguien, su rostro se le iluminaba con una gran sonrisa y nos saludaban.

Yo tenía mis dudas acerca de viajar cuatro personas en un mismo tuk-tuk, pero desde el primer momento nos las apañamos a las mil maravillas, dos delante y dos detrás. Además, yendo una, dos, tres o cuatro personas, si no se tiene prisa, y el clima acompaña, creo que es uno de los medios de transporte más placenteros que existen. Por lo menos nosotros lo disfrutamos un montón, pero que conste que hablo del modelo camboyano, el de Bangkok (limitado a dos plazas) no lo probamos nunca.

En determinado momento dimos un giro de noventa grados y nos metimos por un camino de tierra que me hizo acordarme del relato del viaje de Guillermo y Diana, en el cual contaban cómo a pesar de haber abandonado el asfalto aquello parecía una autopista y…. ¡tenían toda la razón! Gente y vehículos de dos ruedas (además de carros y tractores) por todas partes. Pasamos por arrozales y varias aldeas, hasta que nos detuvimos en una. Allí Norea nos informó que ya estábamos en la “estación” y que el paseo de más o menos una hora nos iba a costar cinco dólares por cabeza. Pagamos a una mujer mientras nos montaban la vagoneta, y Calvin compró sombreros de paja para todos (menos VHS que llevaba gorra) y que le costaron tan sólo a un dólar cada uno. Como íbamos cuatro, nos colocaron en una vagoneta sólo para nosotros. ¡Pasajeros al treeeeeeeeeeeeeeeen!

Lo he comentado antes, el tren de bambú de Pursat tiene que ser una experiencia más interesante y enriquecedora por aquello de ser una línea real en uso y a compartir con la población local, pero creo que en aquel momento nosotros fue lo último en lo que pensamos… ¡Qué gozada! Con una gran velocidad para ser un tren de juguete, ante nosotros desfilaba una sucesión de verdes paisajes compuestos de arrozales, arroyos, charcas con gente chapoteando y pescando en ellas, verdes llanuras, pequeñas aldeas con niños portando el uniforme del cole….. y mucha, mucha vegetación. Y además tengo que decir, que a mayor traqueteo (las vías estaban fatal), ¡más disfrute!

Tras unos momentos de felicidad (yo creo que están entre mis preferidos de todo el viaje) aminoramos la marcha y vimos al fondo un pequeño grupo de personas de pie junto a las vías. Estábamos a punto de ser testigos del principal tópico del tren de bambú: el cruce entre dos vagonetas que circulaban en sentido contrario. ¿Lo habéis visto en la tele? ¿No? Pues mirad las fotos y veréis qué divertido.

La teoría es muy sencilla, y la práctica casi más: se decide qué vagon cede el paso (en el tren de Pursat el que vaya más ligero, en el de Battambang es siempre el que está de regreso), se bajan los pasajeros, y entre los conductores de ambos trenes se ayudan para desmontar y volver a montar en un periquete el tren que “estorba”. Al ser materiales tan ligeros, y la construcción tan sencilla, el quita y pon apenas cuesta perder un par de minutos.

Había varias vagonetas esperando nuestro paso, y entre los ocupantes de una de ellas reconocimos al joven francés de nuestro hotel. Le saludamos alegremente al pasar, y el chico se lo tuvo que pensar dos veces si decirnos algo o no, desconozco si porque no nos reconoció con los sombreros y las gafas de sol, o bien si porque le dimos vergüenza ajena con nuestras pintas de guiri; el caso es que finalmente sí nos saludó (sale en la foto de abajo, pero no os voy a decir quién es ¡adivinadlo!).

Llegamos a una aldea y el conductor nos dijo que era el final de la línea y que podíamos quedarnos allí el tiempo que quisiéramos antes de emprender el camino de regreso. Allí había un puesto de bebidas, comida, souvenirs y enseres varios donde compramos unos botellines de agua porque estábamos sedientos. La señora que trabajaba allí hablaba poco inglés pero era muy agradable. También había un señor más mayor (que supongo que sería el dueño) al que no se le entendía nada; luego resultó que lo que hablaba era francés, así que al darme cuenta charlé un poco con él y me contó que había vivido una temporada en Marsella.

Imitando a otros turistas que había por allí, nos dirigimos a un sendero que nos llevó a unas peculiares construcciones. Allí vimos un destartalado camión sin apenas carrocería que parecía sacado del rodaje de Mad Max o algo por el estilo; a tener en cuenta que luego veríamos por las carreteras otros iguales. Nuestros pies se hundían ligeramente al pisar el suelo, ya que estaba alfombrado por salvado y paja de arroz. Al fondo vimos unas cúpulas de ladrillo con chimenea que resultaron ser hornos, y cuando nos pusimos a curiosearlos, apareció de repente una niña adorable que aparentaba no tener más de seis años. Se puso a hablar con nosotros en un perfecto inglés (!). Aprovecho para hacer un breve inciso que viene a cuento y seguro que le interesa a alguien: ni en Bangkok ni en Battambang tuvimos apenas problemas para entendernos con la gente en la lengua de Shakespeare, como tampoco los tendríamos durante el resto del viaje.

La niña, que si mal no recuerdo se llamaba Juo, nos explicó que los hornos que habíamos visto eran para cocer ladrillos, y su fuego se alimentaba de los restos de paja y salvado de arroz que habíamos visto en el suelo. Luego nos hizo ademán para que la siguiésemos, y nos mostró una zona fangosa cerca del arrozal que había justo detrás y de donde sacaban el barro al que posteriormente darían forma con una sencilla máquina que también nos enseñó para finalmente acabarse convirtiendo en ladrillos en el horno que os acabo de comentar. En resumen, del arrozal lo sacaban todo: grano para comer o vender, barro para los ladrillos, y combustible para el horno que los iba a cocer.

Luego Juo arrancó unas hojas, y con gran pericia nos hizo con ellas un anillo a cada uno y nos lo regaló; a mí me dio mucha pena no haber hecho como Guillermo y Diana que en su viaje llevaron regalitos para los niños Camboyanos, por lo que le dimos un billete de un dólar; luego nos asaltó el remordimiento de no saber si habíamos hecho lo correcto. Le preguntamos su edad y nos dijo que tenía nueve años; ante nuestra cara de sorpresa respondió que ya estaba acostumbrada a que la gente se pensara que era más pequeña.

Nos despedimos de la niña y seguimos paseando por el sendero, lo que nos vino muy bien para ver de cerca las típicas casas camboyanas. Como ya dije en la entrada anterior,  había muchas en cuya planta baja no tenían paredes, desconozco si para soportar mejor las altas temperaturas, o si por el contrario era una medida preventiva contra las inundaciones. Resultaba muy simpático ver la ropa colgada en perchas como si estuviese en un armario invisible, je, je, je. También había otras de una sola planta y también elevadas, como la de la foto que veis sobre estas líneas. La gente de la aldea y otros locales que pasaban por allí, nos miraban con curiosidad, nos sonreían y luego seguían con sus cosas como si nada.

Cuando ya tuvimos suficiente, dimos marcha atrás para regresar a las vías, y al llegar me di cuenta que me había hecho un rasguño importante en el gemelo derecho. De no haber estado vacunado contra el tétanos puede que me hubiese preocupado. El señor que había vivido en Marsella, se sacó de la manga un frasco de alcohol (no me preguntéis dónde lo llevaba porque apareció de la nada) muy curioso que a mí me recordó a los que contenían ungüentos milagrosos chinos en las pelis chinas ambientadas en China (o en algún barrio chino de cualquier gran ciudad de fuera de China). Me dio unas friegas en la herida y… ¡a correr! En agradecimiento les compré más botellines de agua (así teníamos para el camino) y un pañuelo de los tipicos que se suele atar al cuello la gente de Camboya.

Aprovechando que nuestro conductor estaba ocupado volviendo a colocar nuestro vagón sobre las vías, la señora de la tienda se nos acercó y nos dijo al oído que era un buen chico y que no olvidásemos darle propina al final del viaje. El camino de vuelta fue tan placentero como el de ida, pero tardamos algo más ya que como he explicado antes, al estar de regreso, perdíamos preferencia y la pobre de nuestra vagoneta tuvo que ser desarmada y rearmada lo menos doce veces antes de llegar al final; ahora éramos nosotros los que nos dejábamos ver de pie junto a las vías esperando nuestro turno. Otra cosa que también nos demoró fue que la correa que ponía en marcha el motor se encasquillaba y a veces precisábamos la ayuda de los conductores de otros vagones con los que nos habíamos cruzado. Pero vamos, detalles como aquellos, más que empañar la ruta la hacían más amena, no teníamos ninguna prisa.

Mientras regresábamos, VHS se quejó de que la tupida vegetación que flanqueaba las vías durante casi todo el recorrido hacía muy difícil disfrutar del paisaje (o por lo menos hacerle unas buenas fotos), pero aunque le di la razón, a mí me pareció que también tenía su encanto. En una de las aldeas aminoramos la velocidad, y con el tren en marcha se montó y se sentó junto al conductor un niño (supusimos que su hijo) portando una bolsa con comida; el ratito que nos acompañó, se comió tan ricamente un cuenco de arroz. Finalmente llegamos al punto de partida, muy satisfechos con la experiencia, y cumplimos con los deseos de la señora de la tienda dando una propinilla al conductor, aunque tengo que decir que de todos modos se la hubiésemos dado igualmente :)

Norea nos estaba esperando, y antes de montar en el tuk-tuk, nos explicó un poquito la ruta del día. Como nos encontrábamos al Sur de Battambang y lo que nos faltaba por ver estaba en el Norte de la ciudad, había planeado que al atravesarla viésemos un par de sitios curiosos de la capital y de paso hacer así algo de city-tour. Siempre y cuando estuviésemos de acuerdo, claro. A nosotros nos pareció una excelente idea, yo a Norea ya se lo dije en varias ocasiones, que el profesional era él y que estábamos abiertos a todas las propuestas y sugerencias que se le ocurriesen.

Cada vez que pasábamos por alguna aldea, era raro que no apareciese ningún niño a saludar nada más vernos pasar. Algunos hasta daban saltos y cabriolas, je, je, je. También vimos otros chavales en bici, más mayorcitos, que supusimos estaban saliendo del cole. Una vez en el casco urbano de Battambang, nos detuvimos en una fábrica. El logotipo que había en su pared no daba lugar a equívocos: era de Pepsi. Nos enteramos de una historia muy curiosa relacionada con la factoría, resulta que en Camboya Coca Cola tenía acordado un monopolio con el gobierno y no se podía comercializar otro marca; aquello no supuso ninguna traba para que Pepsi construyese una fábrica en Battambang donde embotellar la bebida que vendería a otros países de la zona como por ejemplo Tailandia. Cuando llegaron los jemeres rojos, Pepsi abortó la producción, huyó el país y obviamente abandonó la factoría. Dicen que aún hoy se puede ver parte de la maquinaria y los envases tal y como los dejaron en los 70, lástima no haberlo sabido antes porque igual hubiésemos entrado a husmear.

La sensación que nos estaba dejando Battambang por el momento, difería mucho de la que nos llevamos el día anterior. En ningún momento vimos nada que nos dejara con la boca abierta o que recomendásemos visitar encarecidamente, pero el paseo nos estaba encantando. No sé, quizá fue la mezcla de varios factores, pero empezábamos a alegrarnos de haber ido hasta allí. Norea nos mostró un estrecho y antiguo puente sobre el río Sangker por el que sólo podían pasar bicis y peatones. También nos acercó a un palacio protegido por un alto muro rojizo cuya única puerta estaba cerrada a cal y canto y apenas dejaba ver lo que había tras de sí, aunque algo pudimos captar.

El edificio amarillo que veis en la foto es lo que había detrás. Creo que era el Palacio del Gobierno Provincial, pero si no estoy en lo cierto por favor indicadlo en los comentarios ;) Lo que sí que pudimos ver y fotografiar sin problemas fueron los cañones y esculturas mitológicas protectoras que había fuera, así como los relieves que decoraban el frontón de la puerta del muro.

A lo largo del día íbamos entendiendo por qué Battambang es la segunda capital del país; no importa que su centro urbano sea en apariencia más insignificante que el de mi pueblo que ya es decir, ya que al vivir casi todo el mundo en el campo, su población total es muchísimo mayor de lo que cabría esperar. Eso sin mencionar que la ciudad es bastante más grande de lo que parece a primera vista, puesto que cuando te crees que se ha terminado, vuelve a empezar una y otra vez. En resumen, bonita y armónica no; interesante sí. Por lo menos para mi gusto y el de mis amigos.

Como bien sugieren las fotos que hay sobre estas líneas, olvidaos de la idea que nos llevamos al llegar acerca de una población con sucias calles de tierra sin aceras. Cuando comparo nuestra primera impresión con esta segunda, a veces pienso en dos ciudades diferentes (eso, o que el taxista nos llevó a la calle más cutre de Battambang xD). Lo que no se puede decir es que hubiese una unidad arquitectónica en la ciudad, puesto que convivían en ella las casas propias del estilo colonial francés (muy deterioradas en la mayoría de los casos) con otras más nuevas que intentaban imitarlas sin éxito. Y eso sin mencionar las viviendas de madera que proliferaban a las orillas del río y por supuesto en el campo.

¿Veis los cables de alta tensión? Fueron una constante en todos los sitios donde estuvimos en Camboya, y también en Bangkok. Mucha gente se escandaliza al verlos, aparte de por estropearles la foto, por razones de seguridad y esas cosas. Yo no voy a discutir ninguno de los dos motivos, pero me hace gracia el tema porque en un país tan al día con es Japón, te los encuentras exactamente igual, a la vista y por todas partes. Supongo que será algo muy habitual en Asia.

También llamó mucho nuestra atención ver por todas partes recintos dedicados al culto o al menos es lo que aparentaban. Normalmente los pasábamos de largo, pero cuando ya estábamos saliendo de la ciudad por su lado Noreste, nos paramos en uno llamado Wat Somrong Knong. A simple vista, su aspecto no llamó nuestra atención más que los otros templos que habíamos pasado de largo esa misma mañana, pero el lugar en el que nos encontrábamos fue un importante escenario de la historia reciente de Battambang y sólo por esa razón su visita ya estaba más que justificada.

Nuestro primer impulso fue dirigir nuestra mirada hacia un llamativo edificio que estaban construyendo sobre un promontorio (como podéis ver en la foto ya estaba casi acabado). Pero Norea reclamó nuestra atención, y por primera vez durante el tiempo que compartiríamos con él, dejó de limitarse a ser un tuktukero para convertirse en un excelente guía, explicándonos de un modo muy ameno la historia del templo. Nos contó que el edificio de escasa altura que había frente al que estaban construyendo (la primera de las fotos que veis abajo de estas líneas) era el templo original. Durante la revolución Khmer Rouge se clausuraron los templos, y el Wat Somrong Knong se convirtió en una improvisada cárcel para los enemigos del régimen, que no eran criminales ni prisioneros de guerra, sino simples ciudadanos sospechosos de haber cometido crímenes tan atroces como pretender leer y escribir.

Los terrenos del templo a su vez fueron utilizados como campos de exterminio donde murieron más de diez mil personas de modos tan espeluznantes como la mordedura de serpientes venenosas. Es por eso que hoy en día el lugar se está rehabilitando como homenaje a las víctimas. Lo que nosotros vimos fue una heterogénea mezcla de dispares elementos, algunos antiguos, otros más o menos nuevos. Allí tuvimos nuestra primera toma de contacto con las naga, mitológicas serpientes de origen hindú y que veríamos una y otra vez en las barandillas de muchos templos camboyanos.

Mientras mis amigos se recreaban por los rincones del recinto (estábamos completamente solos, por cierto), Norea me recomendó seguir un caminito que aparecía entre el templo principal y el nuevo que estaban construyendo. No le entendí muy bien que se supone que había al otro lado, pero confiando en su buen criterio, acepté su recomendación y fui a echar un vistazo. 

Me encontré una charca con marrones aguas estancadas rodeada de exuberante vegetación, y al fondo del camino pude ver unos monjes paseando. Iba a ir tras ellos, pero de repente apareció ladrando un perro pulgoso que no tenía pinta de ser muy fiero, pero a mí la verdad es que no me apetecía nada probar si las mordeduras de perro khmer dolían o no, así que volví sobre mis pasos. Al contarle a Norea que no había pasado de la charca por culpa del perro, se empezó a reír simpáticamente y nos hizo montar en el tuk-tuk para llevarnos él mismo hasta allí.

Un par de vacas custodiaban plácidamente el monumento conocido como The Well of Shadows. Se trata de una estructura conmemorativa rellena de cráneos y huesos de las víctimas de los jemeres rojos similar a otras que hay en el país (como la que veríamos al día siguiente), siendo éstos visibles a través de una vitrina de cristal. Además, en su base, sobre dos frisos se sucedía una serie de relieves y textos (en inglés) que mostraban de un modo muy claro cómo la población de Battambang fue expulsada de la ciudad para establecerse en el campo y una vez allí obligada a trabajar cultivando arroz hasta desfallecer; eso como introducción, porque el verdadero tema a reflejar fueron las torturas y asesinatos sufridos por los que se consideraban peligrosos o poco útiles al régimen. Nos quedamos todos sin palabras ante las aberraciones que fueron capaces de cometer contra su misma gente a finales del mismísimo siglo veinte. Huelga decir que a quien vaya a estar por la zona le recomiendo ir a ver el monumento; además la visita es gratuita.

Como detalle simpático, me gustaría comentar que las vacas habían dejado varios regalitos por el suelo; Norea estuvo a punto de pisar con sus chanclas una caca enorme, y le advertí con el ánimo de evitarlo. Entonces, con una sonrisa pícara, me dijo que gracias pero que no había problema y me invitó a pisar la inmensa mierda que había en el suelo. Yo que como he dicho antes confiaba mucho en él, lo hice no sin ciertas dudas (¡llevaba mis zapatillas nuevas!) y ante mi asombro, mi pie rebotó como si intentase pisar una rueda de caucho. Que alguien me lo explique por favor ;)

Nos fuimos de allí muy agradecidos con Norea por haberse desviado de la ruta y llevarnos a conocer Wat Somrong Knong. Nos metimos otra vez en el tuk-tuk dispuestos a seguir viendo cosas, pero al poco rato nos volvimos a parar otra vez. Bajo el típico tejado de paja al que ya nos estábamos acostumbrado, un hombre y una mujer manipulaban unos tubos cortos hechos de caña de bambú. Norea les compró uno y nos lo regaló. Según nos explicó, era un tentempié muy típico de allí compuesto de una pasta dulce de arroz y judías con leche de coco. La pasta se prensaba bien dentro del tubo, y se ponía junto al fuego para terminarse de cocinar.

Luego el tubo había que deshojarlo, para poder liberar su contenido. Aunque no nos pareció algo sublime, a los cuatro nos gustó bastante su curioso sabor ahumado; al que más, a Calvin, que se zampó medio él solo. Antes de arrancar otra vez, Norea nos advirtió que en breve haría muy mal olor porque estábamos a punto de llegar al la lonja del pescado. Menos mal que lo hizo porque como ya sabe la gente que me conoce, yo no puedo con su olor ni con su sabor, así que me fui mentalizando antes de llegar.

Una vez llegamos al río, vimos una barquita de pescadores que nos advertía que ya casi estábamos; y efectivamente, así fue, en el acto cruzamos un puente y nos vimos envueltos de un nauseabundo olor (Eduefe tenía ganas de almorzar, para mí que se le quitaron xD). Es una pena a mí me de tanto asco el pescado, porque era muy interesante ver el modo tan poco austero con el que lo trabajaban. Por lo que pudimos apreciar, en el sitio donde estábamos lo que principalmente hacían era desecarlo al sol.

A Norea tampoco le gustaba mucho el pestuzo, así que él mismo, con una mueca en la cara, fue el que nos invitó a irnos y volvió a poner el tuk-tuk en marcha. Vimos un cartel que entendimos como el límite de la ciudad de Battambang, pero fue girar la curva, y se llamase como se llamase, la ciudad seguía. Vale que no eran casas de ladrillo, pero seguía habiendo vecindarios con sus comercios y por supuesto gente yendo de un lado a otro con sus vehículos de dos ruedas. Nos bastó esa mañana para empezar a ver normal que la gente hablase por el móvil mientras montaba en bicicleta, o que fueran tres o cuatro personas en una misma moto.

Cuanto más nos alejábamos del centro de Battambang, más exótico se volvía todo, pero las casas no dejaban de aparecer continuamente. A partir de cierto momento, la carretera se estrechó y empezó a discurrir junto al curso de un río más modesto que el Sangker; resultaba muy curioso fijarse en las aldeas que aparecían en su ribera y las que preferían en cambio asentarse junto al camino. De tanto en tanto, un rudimentario puentecillo unía unas con otras.

Finalmente, llegamos a nuestro destino, Prasat Ek Phnom. Teníamos entendido que era un templo de estilo Angkor (preludio de los que visitaríamos unos días más tarde en Siem Reap). Pero el colorido edificio que teníamos delante nuestro distaba mucho de ser unas ruinas con mil años de antigüedad. Norea nos lo aclaró rápidamente, ya que al igual que sucedía en Wat Somrong Knong, se había construído un templo nuevo reciente al margen del antiguo. También nos comentó que si queríamos rodear las ruinas no se pagaba entrada, pero en caso de acceder a ellas, tendríamos que abonar dos dólares por persona.

Decidimos ir directamente hacia las ruinas y dejar para después tanto el templo nuevo, como una gran estatua de Buda que había a un lado y cuya base invitaba a entrar en su interior. En un tenderete pagamos el derecho a entrar, y tomaron nota de nuestro nombre y nacionalidad. Al final del camino, por fin apareció aquello que estábamos esperando y que suponía el primer aperitivo de la razón principal por la que estábamos en Camboya: sería nuestro primer contacto con Angkor, aún estando a casi doscientos kilómetros de distancia . Y no nos defraudó en absoluto ;)

Sííííííííí, vale que estaba todo muy hecho polvo, pero… ¿y qué? A veces merece más la pena ver un edificio parcialmente derruido que otro vuelto a levantar artificialmente. Como todo el mundo que haya estado en Siem Reap y Battambang os dirá, es muy importante empezar por aquí la visita y acabarla en el mismo Angkor, ya que en caso contrario ejemplares como el que ahora nos ocupa se pueden quedar en muy poquita cosa. Pero como para nosotros era el primero, no teníamos nada con qué compararlo y estábamos encantados. Como es habitual en los templos khmer, tenía una charca al lado; en su cultura era muy importante el agua y lo veríamos elevado a su máxima expresión más avanzado el viaje.

No había más turistas que nosotros; estábamos a solas ante una maravilla que tan sólo tuvimos que compartir con los tendederos de un par de puestos, con las vacas, y un grupo de encantadores pilletes de los que os voy a hablar a continuación. De entrada no sabíamos cómo acceder a las ruinas, puesto que en ningún momento vimos ninguna puerta de acceso, así que las tuvimos que rodear. Al llegar al otro extremo, un portal hecho pedazos adornado con banderas ya nos invitaba a hacerlo, eso sí, saltando por encima de los cascotes que había en el suelo. Y en eso que aparecieron de la nada nuestros nuevos amiguitos.

Un grupo de sonrientes niños de varias edades vinieron a darnos la bienvenida, y ya de paso, a quedarse con nosotros durante toda la visita. Hay que reconocer que su presencia, además de simpática, venía muy bien para saber que estábamos pisando por donde debíamos, pero, por otro lado, se hacía muy incómodo tenerlos revoloteando todo el rato a nuestro alrededor. Con gran pena por mi parte le di un manotazo involuntario a uno de los más pequeños en un momento en el que perdí ligeramente el equilibrio y me giré bruscamente mientras el pobre pasaba a mi lado; menos mal que para mi alivio el pobre ni se inmutó.

A los dos minutos ya empezaron a hablarnos. El que más el que menos, casi todos chapurreaban algo de inglés, y a los sencillos “hello!” acompañaban algunos “where are you from?”. Entonces, uno de ellos, me dijo algo así como “plisuandolaaaa!”. Yo le sonreí y seguí a mi rollo sin imaginarme qué me había dicho, en eso pude ver cómo a mis amigos les estaban cantando lo mismo: “plisuandolaaaa!” “plisuandolaaaa!” con carita de angelitos que nunca habían roto un plato. Entonces llegó una niña, con pintas de ser la jefecilla (o al menos la más espabilada) y dijo bien claro con un semblante menos inocente: “Please one dollar!”. ¡¡¡Demonio!!! Los niños nos estaban pidiendo dinero. Nos miramos entre nosotros y negamos con la cabeza. Una cosa era gratificar del único modo que supimos a la niña que se había tomado las molestias de enseñarnos las fábricas de ladrillo y aún así tuvimos nuestras dudas, pero esto era mendicidad y nos negamos en rendondo a seguirles el juego. A partir de ahí, cada vez que nos pedían el dichoso dólar, les decíamos “No, I’m sorry” con la mejor de nuestras sonrisas.

Nota: a raíz de enterarnos que querían dinero intentamos evitar enfocarlos con la cámara, pero como siempre los teníamos en medio, resultaba muy difícil sacar fotografías sin que saliesen ellos. No sé si nuestra actitud fue la más correcta, era la primera vez que nos encontrábamos ante una situación así y nos hubiese venido muy bien saber qué es lo que hay que hacer en este tipo de casos.

¡Hay que ver lo que dio de sí la visita a pesar del deterioro en el que se encontraba sumido el templo! Entre el altar budista en activo que había dentro, la gatita que nos encontramos, las columnas que componían los barrotes de las ventanas, y los fantásticos relieves que seguían casi intactos a pesar del paso del tiempo, nuestras cámaras tuvieron que hacer horas extras. ¡Pero si hasta les hicimos fotos a los añadidos posteriores! ¡¡Y a los cubos de basura!! (creo que a estas alturas ya es inútil decir que nos encantó).

 Cuando hubimos amortizado hasta el último céntimo (¿o se dice centavo?) de los míseros dos dólares que habíamos pagado por entrar para ver cuatro piedras, nos fuimos por fin a visitar los dos edificios más modernos (y con los niños detrás, parecíamos flautistas de Hamelin). Aunque también nos gustaron, casi mejor que los hubiésemos visto al principio, porque claro, después de la maravilla que habíamos dejado atrás, no nos sorprendieron nada. Así que si vais ya sabéis, entrad primero en los nuevos y dejaos el antiguo para el final. Como eran recintos budistas en activo, para entrar nos tuvimos que descalzar.

Tengo que comentar que el anillo de hoja que me había regalado Juo por la mañana se me desmontaba cada dos por tres y me molestaba. No sabía qué hacer con él, hasta que vi a mi lado a la niña con la que más había tenido trato (por lo menos no se limitaba al “plisuandola” que ya nos estaba sacando de quicio) y se me ocurrió regalárselo. La cara se le iluminó, se lo puso y se fue no sin antes soltar un tímido “Thank you!”. Fuimos a buscar a Norea y le dijimos que ya estábamos listos para volver. Le preguntamos si la vuelta iba a ser por el mismo camino que tanto nos había gustado a la ida, y cuando nos dijo que sí, preparamos las cámaras para no perdernos detalle.

Pero (por suerte) no terminó la excursión ahí. El bueno de Norea nos pidió permiso para hacer una parada a medio camino, y por supuesto se lo concedimos. Lo que vimos tal vez nos lo hubiésemos esperado de haber leído antes alguna guía de viaje, pero como íbamos a pelo, fue una agradable sorpresa. Entramos en una casa donde estaban secando al sol como una especie de obleas. En el porche una mujer que terminaba de tener un bebé, estaba tumbada en una tarima y columpiaba a su hijo que estaba durmiendo sobre la típica hamaca de las que se cuelgan entre dos árboles o postes, tirando para ello de una cuerda. ¡Ay! ¡que me voy por las ramas! Nos llevaron a la cocina y nos mostraron esto que veis en las fotos.

La interpretación es muy sencilla: calentando al vapor una fina pasta de arroz, preparaban unas tortitas que luego se colocaban en una rejilla de bambú; una vez secas, se convertían en las obleas que he comentado antes y que se utilizaban principalmente para confeccionar los rollitos de primavera. Curioso, ¿verdad? Pues al igual que vimos con la fábrica de ladrillos, como combustible usaban salvado y paja de arroz, para luego arrojar las cenizas resultantes al arrozal con el fin de abonarlo. Es decir, que se aprovechaba absolutamente todo.

Como ya habíamos terminado con las visitas y era la hora de comer, le dijimos a Norea que nos dejase en algún restaurante bueno, bonito y barato del centro de Battambang que luego ya volveríamos al hotel a pie. Primero nos llevó a los embarcaderos de donde salían los barcos a Siem Reap para comprar los billetes que nos costaron $20 por barba; allí nos dijeron que el río estaba muy alto y el barco no cabía debajo de los puentes, por lo que tendríamos que tomarlo al Norte de la ciudad, cerca de la pequeña lonja aquella del pescado que olía tan mal. Como Norea nos iba a llevar igualmente, no le dimos mucha importancia; lo que sí que nos dolió fue cuando nos confirmaron que el barco salía a las siete de la mañana. Ya en el centro, Norea se despidió de nosotros recordándonos que al día siguiente nos recogería tarde, a las once y media, y nos dejó en un local muy modesto llamado Smokin’ Pot. No era el colmo de la pulcritud, pero tampoco se puede decir que fuese sucio, y además la cocina estaba perfectamente visible para que nadie sospechase cosas raras. Nos dio por ponernos a pedir Fantas de sabores raros, pero para raro su color….

Por lo visto el control de colorantes en Camboya es inexistente…. Lo gracioso es que las bebidas las trajeron de la tienda de al lado. La comida estaba bastante rica, además Eduefe y yo probamos por primera vez el lemongrass en un plato de pollo (que luego había que mezclar con arroz blanco, algo que se estila mucho en Camboya) y aunque al principio se nos hacía un poco raro, la verdad es que nos lo comimos a gusto. Aunque el verdadero triunfador fue Calvin, que se metió entre pecho y espalda un Lok-Lak de pollo que ojalá nos hubiésemos pedido nosotros también porque fue una de las cosas más ricas que probamos por allí. A pesar de las tropecientasmil bebidas que nos trajeron, la comida nos salió por poco dinero, así que nos fuimos a un sitio que había cerca a celebrarlo tomándonos unos cafés y tés que nos diesen algo de vidilla.

Al salir a la calle el sol ya se estaba empezando a ocultar, pero el tráfico rodado no decrecía lo más mínimo, al contrario. Estuvimos deambulando por las calles comerciales del barrio francés, que sin parecernos exageradamente atractivas, constituyeron al menos un agradable paseo. En una tienda de móviles que tenía pinta de cutre no, lo siguiente, nos dio por entrar a ver si pillábamos alguna tarjeta prepago para llamar a la familia. Mientras Eduefe y VHS se peleaban con las dependientas para conseguirlo (la que hablaba inglés apenas se enteraba del rollo, y las que sí que tenían más dominio, el problema lo tenían con el idioma), Calvin y yo estábamos maravillados de ver cómo era posible que en semejante cuchitril vendiesen terminales tan avanzados como el último modelo del Sony Ericcson Arc, el Samsung Galaxy Nexus, el ya cansino iPhone 4S…. incluso el Nokia N9, que a día de hoy ni tan siquiera se vende en España. Además, al cambio salían a buen precio ;)

Finalmente consiguieron las tarjetas que querían, aprovecharon para meterles algo de saldo, y nos fuimos de paseo otra vez. Oímos un gran estruendo, que venía de un restaurante semicubierto, y al ver las banderolas y guirnaldas de colorines junto a una gran foto de un chico y una chica que había fuera, deducimos que estaban celebrando una boda. Cada vez nos sorprendía menos ver motos por doquier, pero eso sí, seguíamos sin pillarle el truco a cruzar aquellas transitadas calles sin semáforos ni señales de tráfico.

Tan pronto anocheció nos fuimos al hotel, y cuando estábamos llegando, nos cruzamos con nuestro vecino el francés. Antes de que abriésemos la boca, nos dijo en perfecto castellano y con acento andaluz: “¡¡Holaaaa!! ¿Qué tal todo? Yo estoy muerto de tanto subir y bajar escaleras, luego nos vemos”. El estaría muerto de subir y bajar, pero muertos nos quedamos nosotros al oírle, ja, ja, ja, ja…. ¡Un momento! Entonces eso quiere decir que las burradas que soltamos el día anterior  cuando lo tuvimos al lado las entendió todas…. ay, ay, ay, eso nos pasa por confiados.

¿Qué podíamos hacer más que reírnos ante la anécdota? Cuando llegamos al hotel el dueño nos recibió con una gran alegría, interesándose por nuestra actividad del día como lo haría un familiar querido. En las mesas que había junto a la piscina pudimos ver que mucha actividad, estaba casi todo el mundo cenando, incluida una pareja de recién llegados. A mí me dieron un poco de grima, iban vestidos de un rollo aventurero-enrollado-perosoymáspijoquesnoopy que a sus cuarentaymuchos no les pegaba ni con cola. Especialmente a él, con aquel turbante apretándole los rizos que le sobresalían por encima y aquella cada de todomedaasco. No suelo criticar a nadie por su apariencia, pero esta vez me permito el lujo de hacerlo por algo que ya leeréis.

Otra vez nos pasó que el padre del dueño insistía en acompañarnos a nuestras casitas con la linterna, y otra vez le tuvimos que decir que por favor se ahorrase la molestia. Era un amor de hombre. La piscina nos llamaba a gritos, así que poco tardamos en ponernos los trajes de baño y entrar en acción. Serían como las siete de la tarde más o menos. Una vez en el agua, nos abstuvimos de hacer el ganso, o al menos en voz alta, primera por respeto a quienes estaban cenando, y segunda porque ahora que sabíamos que por lo menos uno nos entendía…. mejor dejarnos de gracias. En eso se fue la luz.

Como ya os comenté, la iluminación del hotel era muy tenue, por no decir que casi inexistente, por lo que tampoco fue un drama; al contrario, a la gente que estaba cenando les pusieron velas y puede que hasta salieran ganando. Nosotros, por nuestra cuenta, pudimos disfrutar de un cielo estrellado alucinante mientras estábamos a remojo. La pena fue cuando a los del hotel de al lado les dio por enchufar el generador; entre la luz de su fachada y el ruído que hacía éste nos arruinaron el momento, así que volvimos a nuestras gracias de siempre aunque sin levantar la voz ni hacernos notar en ningún momento. Bueno sí, a VHS se le escaparon unas risotadas porque Eduefe conoce su punto débil y sabe cómo hacerle reír, pero vamos, nada que se pudiese catalogar de escandaloso.

¿Recordáis a la pareja aquella de enrollados que os comentaba antes hacían su debut en el hotel? Pues el “señor” del turbante y los rizos estaba en recepción quejándose enérgicamente por el corte de luz. Entiendo que a cualquiera le pudiera fastidiar más o menos, pero en fin…. ¡estábamos en Camboya! ¿qué gaitas se esperaba? Y más sabiendo que el apagón era general, no solamente nuestro… ¿Acaso no habían visto el hotel de al lado y la calle? Comentamos lo desproporcionado de su reacción, y cuando estábamos hablando de que a nosotros no nos afectaría apenas que no volviese la luz en toda la noche, alguien tuvo que soltar la gracia: “Chicos, más os vale tener la batería de la cámara cargada, porque la mía está agonizando ya…”. ¡Ay! que no habíamos contado con aquel detalle… ¿y ahora qué?

Justo cuando ya nos estábamos cansando de estar a remojo, volvió la luz, así que corrimos a cargar nuestras cámaras (por lo que pudiera pasar) y nos dimos una ducha. Luego nos fuimos a la zona de las mesas y cenamos tan plácidamente como sucediese con el resto de comidas que estábamos teniendo en aquel hotel. Después de cenar, nos quedamos un rato donde las hamacas charlando en voz baja a la luz de las velas que nos trajo el entrañable padre, y a eso de las diez ya nos estábamos acostando muy felices con la vida, y sobre todo, muy satisfechos de haber ido a Battambang. Porque sí, mereció la pena ir.

PD: apuntaos el enlace del blog del Battambang Buzz. Es la típica revista gratuita del qué, cómo y cuándo que siempre nos hace el apaño cuando estamos de vacaciones y que se podía obtener en algunos puntos de la ciudad.