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¡¡Uuuuuoooooaaaay!! Dicen que cuando duermes fuera de casa extrañas tu cama y te cuesta conciliar el sueño. Yo lo he hecho en tantas que ya ni me entero, y si además son tan cómodas como la de nuestra habitación en los Glow Studios, pues mejor que mejor. Antes de desayunar probamos el Wifi y vimos que ya funcionaba, por lo que ahora sí, nos pusimos al día con todo lo que teníamos pendiente: en mi caso, consultar si había sucedido algo digno de mención con respecto a las dichosas inundaciones (aparentemente estábamos a salvo, pero nunca está de más estar al tanto de las últimas novedades) por twitter y también por la edición digital de dos periódicos locales que había estado curioseando el último mes, Bangkok Post y The Nation. Hablando de estos diarios, resulta curioso comprobar que a fuerza de leerlos todos los días durante varias semanas, uno se entera de muchas cosas del país que va a visitar, especialmente las trifulcas políticas entre el partido del gobierno central y el de la región metropolitana de Bangkok que cada vez tengo más claro fueron el principal causante de que las inundaciones pasaran de ser “una más” a las más graves sufridas por el país en los últimos ochenta años.

Imaginaos que en la España de Zapatero y el Madrid de Aguirre hay una gran inundación que amenaza con afectar a la capital, y el gobierno central toma unas medidas mientras que el regional decide aplicar con otras distintas y entre ellos no se ponen de acuerdo, consiguiendo con ello entorpecerse mutuamente y no solucionar apenas nada. Pues más o menos esa es la explicación, de lo que pasó (pasa) en Bangkok, un choque de partidos políticos, que habría que unir a la verdadera causa de la crisis que fue la decisión de no aligerar las presas del país antes de que llegaran las habituales lluvias monzónicas los pasados meses de verano-otoño. No sigo con el tema porque podríamos tirar hasta las lluvias del año que viene y tampoco me considero tan bien informado como para arriesgarme a echarle la culpa a nadie (bueno sí, como siempre, la culpa la tiene Zapatero, eso es una verdad como un templo aquí y allá xD). Si os podéis permitir perder cinco minutos de vuestro tiempo, os recomiendo este vídeo subtitulado en inglés que ha causado furor en la red y explica perfectamente el qué, cómo y por qué.

(si os animáis a seguir la historia, hay más capítulos en el canal youtube de roosuflood).

Todo el mundo se hacía eco de que Hillary Clinton estaba de visita oficial en Tailandia, lo curioso es que aterrizó en Suvarnabhumi un par de horas más tarde que nosotros, vamos, que de haberse demorado nuestro vuelo nos hubiésemos comido todo el pastel de aguantar lo que traería detrás (seguridad, prensa, etc). Por otro lado, en twitter pude leer que Ayutthaya ya se podía empezar a visitar, pero que llegar hasta allí era una odisea (en tren imposible, y por carretera se tardaban unas cuatro horas en recorrer los menos de 100 Km que separaban la ciudad de Bangkok), así que descartamos ir ese día y lo dejamos como posible visita para nuestro regreso. Aproveché la coyuntura para ponerme en contacto vía e-mail con nuestro tuktukero de Camboya y así reconfirmar los servicios que nos iba a prestar a partir del día siguiente que ya volábamos para allá.

Nos fuimos a desayunar. La selección no era abrumadora, pero había un poco de todo: huevos, bacon, tostadas, fruta (lo mejor, especialmente la piña), yogur, cereales, tostadas, tortitas… Vamos, que quien saliese de allí con hambre, muy tiquismiquis tenía que ser. También había cosillas más tradicionalmente asiáticas, como arroz y noodles; yo me atreví con estos últimos y estaban muy ricos, con un sabor ligeramente dulzón. Mientras llenábamos la panza, acordamos dar una vuelta por el barrio para cambiar dinero, y luego irnos a visitar la principal atracción turística de la ciudad, el Palacio Real.

Antes de salir del hotel, preguntamos en recepción si al día siguiente que nos íbamos a Camboya podrían guardarnos el equipaje que no necesitásemos (los maletones, la ropa de invierno, etc) durante los doce días que estaríamos de tour hasta que volviésemos ya al final de nuestro viaje, y con su habitual sonrisa y buen rollito, nos dijeron que por supuesto nos hacían el favor y sin ningún tipo de cargo.

Nos fuimos de paseo hacia la Sathorn Road, teniendo que subir a otros skywalk que la empresa del BTS había colocado por allí porque lo de cruzar las calles bangkokianas lo llevábamos un poco bastante mal (ríase usted de los deportes de alto riesgo) y desde lo alto pudimos ver otra vez más lo altamente transitadas que estaban las calles de la capital, con atascos por doquier, y cuando no, vehículos de toda clase circulando sin parar.

 Preparados…. listos…… ¡YA!

Otra vez nos nos chocó el contraste que producían los relucientes rascacielos que eran las sedes de poderosos bancos y conocidas multinacionales frente a las destartaladas calles donde se ubicaban. Poco tardamos en llegar a la Bank of Asia Tower, que es uno de los edificios más conocidos de la ciudad por la curiosa forma de robot que le caracteriza. Se nos ocurrió que igual allí pudiéramos cambiar nuestros euros a moneda local, aunque al llegar al lujoso hall nos dio un poco de corte preguntar. Como ya estábamos allí, me dirigí a una de las impecables señoritas que había en el mostrador central y nos remitió a otra compañera suya que nos pidió los pasaportes y finalmente nos cambió la moneda, a unos 41฿ por euro, es decir, casi lo mismo que la cotización real. Al salir tomamos fotos del rascacielos, pero al estar tan cerca, nos resultó imposible conseguir que se intuyese el robot que intentaba representar.

Tocaba irnos ya para el Palacio Real. Como no se puede llegar hasta allí en BTS o en metro, teníamos que plantearnos el ir en barco siguiendo el curso del Chao Phraya río arriba (el palacio quedaba junto a él, con embarcadero propio) o bien usar un tuk-tuk o taxi. A mí la verdad es que no me apetecía nada tenerme que pelear con ningún tuktukero para negociar el traslado a la otra punta de la ciudad “sin sorpresas” (de todos es sabido que en Bangkok los tuk-tuks abusan de los turistas inflando los precios o llevándoles a sitios que no son el solicitado) o con el consabido taxista de turno para que encendiese el taxímetro y nos cobrase lo que justamente correspondiese con la carrera. Por otro lado, según mi mapa, estábamos bastante cerca del Chao Phraya, pero no teníamos ninguna certeza de que los barcos operasen, ya que muchos de ellos (incluidos los municipales, los más fiables y baratos) cancelaron su operativa ante la crecida del río, pero como ya nos pillaba cerca, decidimos ir a investigar. O bueno, nosotros pensábamos que estaba cerca al ver frente a nosotros la torre del Hotel Shangri-la, ubicado en la orilla, pero por mucho que andábamos nunca terminábamos de llegar, qué paliza, y con el sol picando de lo lindo; es el error que muchas veces se comete al tomar como referencia un edificio alto.

Poco a poco nos fuimos internando en unos barrios de Bangkok más tradicionales que los que ya conocíamos; allí vimos pasar varios autobuses, unos del tipo EMT (más pachangueros eso sí) de los que estamos acostumbrados a ver en las capitales, y otros más curiosos que eran camionetas con asientos habilitados en su trasera; muy posiblemente alguno de ellos conduciría al Palacio Real y por muy poco dinero, pero entre que no teníamos ni idea, y que las indicaciones en la calle eran prácticamente nulas, a ver quién era el guapo que se aventuraba.

Por fin llegamos al embarcadero, y aquí tuvimos nuestra primera toma de contacto con las inundaciones: el río se había desbordado, y tuvimos que andar sobre unos tablones de madera para no mojarnos los pies. Justo en la entrada un sonriente personaje aguardaba nuestra llegada como el Lobo Feroz esperaría a Caperucita Roja deseoso por devorarla: Mmmm, turistas fresquitos y sabrosos, bien, bien, ¡ya era hora de qué llegarais!

El tipo aquel nos preguntó por nuestro destino, y le dijimos que el Palacio Real. Con otra gran sonrisa, nos informó de que habíamos llegado justo a tiempo de embarcar y que el viaje nos íba a costar el módico precio de 150฿. Yo saqué cuentas mentalmente y cuando deduje que al cambio eran 3,75€ pensé “qué caroooooooo” (el barco oficial cuesta muchísimo menos), pero claro, ponte a discutir con una persona que sabe que no tienes otra y cuando te planteas dar media vuelta y volver por dónde viniste, pues vale, reconoces que los barquitos turísticos en otras partes del mundo son mucho más caros, y si no pillas el barco, te va a tocar pelearte con el tuktukero o taxista de marras. Así que en menos de una décima de segundo dije que OK y los demás asintieron también.

Nos montaron rápidamente en una curiosa nave con forma rectangular, era algo así como una plataforma flotante donde viajaba gente que parecía local, pero cuando nos dirigimos a ocupar nuestra butaca, nos dijeron nosequé en thai y nos hicieron gestos para que abandonásemos la nave. Cuando el barco aquel extraño partió, apareció inmediatamente un longtail.

¡Hey! Espera un poco, ¿long… qué? Dejadme que os explique: un longtail es un tipo de barco muy común en Tailandia, que en el fondo no es más que un alargado cascarón de madera rancia cuyo ruidoso motor reciclado de un amotillo, furgoneta o cualquier otro tipo de vehículo impulsa una hélice que hay al final de una larga vara metálica que da la sensación de ser una cola larga que pende de la embarcación (de ahí deducimos nosotros que venía el nombre, longtail = cola larga). Normalmente suelen estar decorados de vivos colores, y a lo largo de nuestro viaje lo veríamos bastante no sólo en Bangkok, también en las playas del Mar de Andamán. Y en (casi)todas las ocasiones, llevando turistas de un lado a otro. A mí me recordó mucho a las pateras de toda la vida, a mis amigos también, pero no lo dijimos muy alto por si alguna modelna se ofendía. Así que bueno, le seguimos llamando longtail y tod@s content@s.

Amarraron la embarcación al muelle y subimos como buenamente pudimos, porque el río iba que daba gusto, a tope de agua y bajando con una gran fuerza (¡por no mencionar las olas!). Sólo íbamos los cuatro, así que ya no nos pareció tan caro el precio. Finalmente salimos con dirección río arriba, pero a los pocos segundos pasó algo que hizo que nos cagásemos patas abajo. ¡Se nos llevaba la corriente! Qué mal trago pasamos, y más cuando oíamos cómo carraspeaba el motor intentando inútilmente que quedásemos a merced de la fuerza del río; nos acordamos del desayuno que nos habíamos zampado, por no hablar de todo lo que tragamos el día anterior. ¿Como se llama el que lleva un longtail? ¿Lo dejamos en longtailero? Pues eso, el longtailero se las apañó para regresar al muelle, y cuando ya pensábamos que nos iban a hacer bajar, montaron a cuatro personas más. Yo no daba crédito a lo que estaba pasando, porque, vamos a ver, si con cuatro no puede…. ¿cómo se supone que lo hará con ocho? Pues bien, ¡resulta que fue una falsa alarma! Lo que parecía que era que el barco no podía seguir, fue más bien que les hicieron volver para pescar a otros incautos turistas que habían llegado al muelle justo mientras nosotros salíamos.

¡Ahora sí! Nuestro longtailero le metió caña al motor y salimos disparados río arriba sin que la corriente tuviese opción alguna en influir sobre nuestra ruta. Desde el agua seríamos testigos una vez más de los contrastes de Bangkok que ya he mencionado antes: los impresionantes hoteles 5***** Gran Lujo que tenían incluso embarcadero propio, compartían orilla con construcciones cochambrosas hechas polvo por el paso del tiempo y la humedad. A pesar de la cancelación de las líneas del Chao Phraya Express (pudimos atestiguarlo al ver sus muelles, inundados y cerrados), había toda clase de embarcaciones yendo de un lado a otro; para ellas, el río seguía siendo su particular autopista a pesar de las crecidas.

Desconozco qué se sentirá al pasear por el río con otro tipo de barco, pero nosotros disfrutamos de lo lindo con la pater…. perdón, con el longtail en el que nos acoplaron. Además había una brisa muy agradable. Prestamos especial atención a los templos que iban asomando a la orilla contraria del río, aquella zona de la ciudad fue la más castigada con las inundaciones y las crecidas del Chao Phraya y para esta ocasión no teníamos previsto visitarla; una lástima porque se veía todo muy interesante, especialmente el templo Wat Arun, que siempre se ha considerado uno de los must de la ciudad y que no teníamos del todo claro si llegaríamos a ver de cerca.

Según nos acercábamos al Palacio Real, pudimos ver las hileras de sacos de arena que habían colocado en la orilla del río para impedir que el agua se saliese del cauce; a nosotros nos vino fenomenal para no dificultarnos la visita, para qué lo vamos a negar. Lo que ya no nos vino tan bien fue ver que pasábamos de largo el embarcadero que había enfrente y seguíamos navegando. Yo empecé a pensar qué tal vez nos habían engañado o que no me había enterado bien cuando negociamos el viaje, pero poco me duró porque nos metieron entre una hilera de barquitas que ocultaban otro muelle (y que además protegían del oleaje). ¿Habéis subido/bajado alguna vez de un longtail? Es una embarcación muy propensa a pendular en esos momentos, y más cuando el que está manos a la obra es tan pesado como un servidor; encima para colmo el muelle estaba bastante alto (lo habían sobreelevado expresamente para que no se anegara), así que entre pitos y flautas no sé qué gaitas hice que con las ansias de pisar tierra firme salí volando, pero por suerte no hacia el agua, sino hacia el duro suelo del embarcadero.

Cuando ya estábamos listos para salir, pasamos por un mostrador muy cutre donde ponía nosequé de 20฿, nosotros no hicimos ni caso, pero en seguida nos vino un individuo muy maleducado a decirnos chillando que estábamos en un muelle privado y que le teníamos que pagar por el privilegio de desembarcar allí; a mí me sonó más a cuento que a otra cosa, pero la verdad es que entre la incertidumbre, y las pocas ganas de discutir (aparte de que 20฿ no son ni cincuenta céntimos de euro) le pagué lo mío mientras mis amigos aprovechaban la coyuntura para escabullirse y librarse de pagar su parte los muy jodíos, grrrr! ¡Me debéis 5฿ cada uno! Al salir la calle nos encontramos con lo mismo que cuando fuimos a embarcar: el río desbordado y tablones de madera improvisando pasarelas para que la gente no se mojase los pies; como dirían Zipi y Zape, “a grandes males, grandes remedios”. Allí además había un montón de puestos de comida y souvenirs.

Lo que se ve en los platos de la foto no son bichos fritos, aunque lo parezca. No los vimos ni una sola vez en todo el viaje, y si tengo que ser sincero, tampoco es que los fuésemos buscando. Lo estrecho de las pasarelas hacía que tuviésemos que poner especial cuidado en sortear a la gente, además de los “relaciones públicas” que venían a ofrecernos toda clase de tours; aquí veníamos los cuatro ya resabiados y no les hicimos ni caso. Al llegar frente a los blancos muros del palacio, sufrimos el ataque indiscriminado de los tuktukeros y otros tíos jeta que intentan hacer lo imposible para que en lugar de visitar lo que planeas te vayas con ellos de excursión y/o de tiendas. ¿Alguna vez habéis oído / leído el testimonio de alguien a quien le intentaron timar asegurándole que los templos o palacios estaban cerrados y que no abrían hasta las cuatro (hora a la que precisamente cierran)? ¡Pues con nosotros también lo intentaron! Ja, ja, ja, a mí me dio por reírme, je, je, je, ninguna visita a Bangkok es completa sin haber pasado por este circo, pero vamos, que con la sonrisita en la boca ignoramos al tipo como si nada y seguimos a nuestro rollo.

Otro timo que suelen intentar es el de las prendas cortas: al Palacio Real no se puede entrar con pantalones cortos, escote ni tirantes o camisetas sin mangas (y por nuestra indumentaria nosotros éramos unos buenos candidatos para quedarnos fuera). Lo que no todo el mundo sabe, es que al cruzar el muro hay una caseta donde te prestan las prendas que necesites previo depósito de 200฿ por pieza que más tarde te reembolsan cuando las devuelves. Así me lo aprendí yo (como diría la japonesa aquella del programa de Eva Hache xD) y gracias a eso que no caímos en la trampa que nos tendieron; pero hay que reconocerles el ingenio, te aparecen saliendo del portal con una hoja plastificada con dibujos del cómo y cómo no para que luego te dejes enredar, ya sea comprándoles o alquilándoles a ellos ropa a precios astronómcos, o bien compensando que no vas a poder entrar yéndote con un tuk-tuk que pasaba por ahí vete tú a saber dónde. Nosotros pasamos de él como de comer mierda, y una vez dentro, nos dejamos aconsejar por los guías oficiales que ofrecen sus servicios y fuimos a la oficina dedicada al préstamo de prendas. Si no tenéis cambio, os dan la oportunidad de dejar un billete más grande, sólo tenéis que fijaros en que escriban en el recibo la cantidad que habéis entregado, así os lo devolverán íntegramente. También podéis hacer como nosotros, que dimos un billete de 1000฿ para el depósito de cuatro prendas juntas (da igual que las cuatro no sean para la misma persona, tan sólo hay que tener cuidado de recogerlas y devolverlas juntas).

Cuando ya estábamos listos, vimos un cartel que no nos hizo ni pizca de gracia. Anunciaba que el templo del Buda Esmeralda se cerraría al público tras las diez de la mañana, y el Gran Palacio al mediodía; según indicaba, a causa de la celebración de actos oficiales, algo que nosotros interpretamos como que le iban a preparar el sarao pelotero a Hillary y no nos querían por allí deambulando. Fuera esa o no la razón, la pobre fue nuestro Zapatero particular y cada vez que nos pasaba algo le echábamos siempre la culpa a ella xD. Eran casi las once, por lo que teníamos el tiempo muy justo para la visita y encima nos quedaríamos sin conocer el Buda más venerado de Bangkok. Como ya era demasiado tarde para cambiar de idea, decidimos apretar las tuercas y seguir con nuestros planes. Pagamos 400฿ por la entrada (casi 10€) y entramos en el recinto principal (el que cerraría a las doce, el resto permanecería abierto) dispuestos a amortizar el viaje y el gasto.

Por un momento creí viajar atrás en el tiempo unos veinte años, y (ustedes perdonen la frivolidad), me acordé de aquellas interminables partidas al Street Fighter II en los salones recreativos…

Dejando de lado aficiones noventeras, tengo que decir que hasta el momento estuve conteniéndome en lo que al tema fotográfico se refiere, es decir, que intenté refrenar ese impulso que me caracteriza cuando viajo de fotografiar cualquier detalle que llame mi atención, pero aquí el mecanismo de seguridad cedió y llené la tarjeta de memoria con gigas y más gigas de la maravilla que tenía ante mis ojos. Y me consta que mis amigos también sufrieron del mismo ataque.

¿Qué os ha parecido? La visita fue una gozada, lástima del bochorno que hacía. Había bastante gente, pero tampoco se puede decir que las hordas de visitantes hubiesen tomado el lugar, se podía ver sin liarnos a codazos con la gente. ¿Os habéis quedado con las ganas de más? Ahí van unas cuántas.

El templo que alberga el Buda Esmeralda lo teníamos allí mismo, y como he comentado antes, a causa de actos oficiales no se podía visitar. Por lo menos tuvieron el detalle de no cerrar la puerta, por lo que pudimos ver algo desde fuera. Nos constaba que dentro no se podía hacer fotos, pero nadie nos impidió que lo hiciésemos desde fuera y ajustando el zoom, así que….

Borrachos de tanta belleza y color terminamos abandonando la zona sacro-real o como quiera que se denomine cuando estarían a punto de empezar a echar a la gente, y seguimos deambulando por las inmensas dependencias del complejo, que por suerte y como he dicho antes no iban a cerrar al mediodía. Todo muy bonito, grande y majestuoso, pero cuando sales de un sitio tan especial como el que dejamos atrás, ya nada impresiona. Vimos tantas cosas que ya casi ni me acuerdo de la mitad. Recuerdo ciertos museos de armas que, aunque curiosos, nos dejaron bastante indiferentes. Hacía tantísimo calor que un puesto de avituallamiento que había se quedó sin existencias de agua. Por otro lado, de tanto en tanto veíamos a chambelanes reales portando varios objetos, además de bebida y comida, hacia la zona que habíamos visitado antes. Por lo visto le estaban preparando a Hillary una bien gorda, y nosotros sin invitación, claro.

También era muy habitual ver a la Guardia Real en sus tareas de custodia y otros menesteres típicos de su oficio (yo de esos temas no entiendo mucho, la verdad, ¿será porque no hice la mili?). No faltaban los típicos soldados que posaban totalmente quietos e inmutables, ignorando cuanto sucediese a su alrededor. Desconozco la razón práctica de esto (aparte de la imagen para la postalita, claro), pero no pude evitar robarles una discreta foto sacada desde un lateral.

Tengo que confesar que al principio me sentí un poco culpable con mi acción, aunque en ningún momento pretendí faltarle al respeto al soldado, más bien todo lo contrario. Lo que sí que me pareció bochornoso fue lo que sucedió justo después, llegó una familia de europeos (paso de decir el país porque no quiero que nadie se sienta ofendido) y se pusieron a hacerse fotos con el soldado como el que se las hace con un payaso de Ronald Mc Donald, porque no contentos con ello, además se estaban riendo burlonamente. ¡En fin! Cuando ya lo habíamos visto todo, nos encontramos con un local que era tienda-restaurante-bar con terracita para sentarse y como vimos que allí sí que tenían agua, decidimos hacer un alto. Nos bebimos dos botellas de medio litro cada uno ;)

Echamos un último vistazo y nos fuimos a devolver las prendas que nos habían prestado. Bordeamos el Palacio Real por el lado que da al río, esquivando a los pesados tuktukeros y a sus amigos los tout (tout es como llaman en inglés a los “ganchos” o “liantes”). Nos habían dicho que por aquella zona se vendían interesantes amuletos budistas, de hecho vimos a varios monjes examinándolos, pero a nosotros no nos llamaron particularmente la atención, a mi en particular me recordaron las típicas moneditas y estampitas que se venden en las iglesias cristianas o en sus alrededores. Una pena que no tuviesen nada tan bonito como las pulseras que vendían en los templos budistas japoneses :)

La entrada que habíamos pagado nos incluía la visita de la Mansión Vimanmek, un espectacular edificio hecho de dorada madera de teca, pero nos pillaba bastante lejos y de nuevo nos horrorizaba el tener que contratar un tuk-tuk o un taxi para llegar hasta allí. Teníamos dos opciones: o cruzar el río con el transbordador especial que conducía al Wat Arun, o seguir hacia el vecino templo Wat Pho. La mala experiencia que habíamos tenido al desembarcar del longtail, y el estado en el que vimos los muelles con los que nos topamos (aparte de no saber exactamente dónde teníamos que pillar el barco) nos hizo descartar el Wat Arun.

Cuando alcanzamos lo que creíamos que era el Wat Pho, unas lonas y andamios casi nos hacen desistir de entrar, menos mal que había un cartel enorme donde se daba la bienvenida a los visitantes. El Wat Pho es uno de los principales templos de Bangkok, que es principalmente conocido por su grandísimo Buda Recostado (y también dorado), además de albergar una de las más importantes escuelas de masaje tailandés.

Pagamos poquísimo por entrar. No recuerdo ahora si fueron 20฿, 40฿ o 60฿ (creo que fueron 20฿, ¡medio euro!), pero en cualquier caso, muy poco y más después de la clavada que nos dieron en el Palacio Real. Como la puerta por la que entramos colindaba con el edificio donde estaba el Buda Recostado, fue lo primero que visitamos, no sin antes descalzarnos.

Decir que es espectacular y sobrecogedor sería quedarse cortos ante la imagen que teníamos delante nuestro. No sé (ni me importa) su tamaño, lo único que os puedo contar es que representa a Buda a punto de morir, pero de un modo muy placentero, ya que realmente a lo que se dispone es a abandonar el mundo terrenal y acceder al Paranirvana. El hecho de estar en un recinto cerrado, de madera y con poca luz, ayudaba a darle un gran toque de serenidad y misticismo. Aunque sean dos cosas muy diferentes, a mí me recordó muchas de las sensaciones que tuve en el Sanjusangen-do de Kyoto, no sé, quizá por el tipo de visita (un edificio alargado que había que recorrer en ambos sentidos, y por supuesto siendo ambos budistas).

Una vez fuera, nos dispusimos a ver el resto del templo. Cuanto más nos internábamos en él…. ¡más grande se hacía! La verdad es que supuso una grata sorpresa, ya que era un continúo ir y venir viendo cosas. En cuanto a dimensiones competía con el mismísimo Palacio Real :) .

Llamaron mucho nuestra atención los remates y apliques dorados que destelleaban mágicamente bajo la luz del potente sol que había en el cielo y otorgaban al conjunto una (si cabe) mayor riqueza. De tanto en tanto, se podía entrar en alguno de los edificios, donde había dispuestas imágenes de Buda a modo de altar para poder rezar ante ellas, pero también en interminables hileras decorando las paredes de los patios.

Entramos en una capilla presidida por un enorme Buda sentado, y donde todos los visitantes (fieles o no) se encontraban sentados. Nosotros nos ubicamos en un rinconcito y la verdad es que disfrutamos mucho el momento, allí sentados, en aquel ambiente tan sereno, con el olor a incienso y por qué no decirlo, el fresquito del ventilador que teníamos encima. Además teníamos al lado un grupo de monjes inmersos en sus oraciones. Al final nos relajamos tanto, que tuvimos un pequeño despiste del cual nos percatamos cuando oímos un silbato y al vigilante de seguridad señalando hacia nuestras extremidades inferiores: en Tailandia, es un acto de malísima educación dirigir los pies o apuntar con ellos hacia alguien o hacia algo sagrado como pueda ser una imagen de Buda, y en nuestro desahogo, descuidamos nuestra postura acomodándonos demasiado y adoptando una posición muy poco respetuosa en base a lo que os acabo de contar. No pasó nada, un excuse-me colorados de la vergüenza y por supuesto sentarnos cruzando las piernas lo arreglaron.

Salimos a la calle aún más borrachos de sensaciones de lo que lo hicimos del Palacio Real, pero estábamos en una barriada tan fea que tuvimos que acostumbrarnos (una vez más, y ya van…) al contraste entre lo que habíamos visto unos momentos antes, y lo que teníamos ante nuestra retina. Decidimos seguir por la misma calle por la que habíamos venido del Palacio Real, paralela al río, en dirección hacia el Sureste de la ciudad. Estábamos ya muy cansados y hambrientos, pero no encontrábamos ningún sitio que nos llamase a entrar y sentarnos a comer. Donde sí que entramos fue a un 7 Eleven a comprar bebidas, yo me fijé especialmente en la sección de agua embotellada porque cuando empezó la crisis de las inundaciones hubo problemas de suministro (aparte de que la gente la compraba en masa), pero allí parecía haber de sobra. Eduefe y yo nos atrevimos con un peculiar potingue: se trataba de la versión local de Red Bull (desconozco si legal o plagiada), en un pequeño frasco de cristal, muy barato y que sabía igual pero no tenía gas. Parecía un mejunje mágico, y por lo menos nos dio algo de vidilla, que buena falta nos hacía, ja, ja, ja.

Al rato ya se nos empezó a alegrar la vista con la aparición de puestecillos que vendían guirnaldas de flores para ofrendas, así como otros de comida que tampoco se hicieron mucho de rogar; hablando de los puestos de comida, como bien diría mi amiga Mandy en cierta ocasión, por muy abiertos que estuviésemos a nuevos sabores y sensaciones, había ciertos olores que nos producían bastante asco. Dejando ese molesto detalle al margen, lo cierto es que entre que nos apetecía sentarnos en algún sitio más o menos fresco, y que lo que veíamos tampoco es que nos apeteciese mucho, decidimos seguir adelante sin cambiar nunca de dirección.

Esa era nuestra intención, hasta que llegamos a un gran canal que nos cortó el paso, y nos vimos forzados a girar por una calle que teníamos a nuestra izquierda. Estábamos los cuatro cansados y hambrientos, y cuando alguien sugirió irnos al hotel a darnos una ducha, no nos lo pensamos dos veces y decidimos parar el primer taxi o tuk-tuk que viésemos. Entonces fue cuando ese señor llamado Murphy quiso gastarnos una de sus habituales bromitas, y decidió que mejor seguíamos andando, porque no os podéis imaginar lo frustrante que es llevar veinticuatro horas en una ciudad en la que te están acosando continuamente para llevarte a algún sitio, y cuando por fin claudicas y te decides a usar sus servicios, resulta que o bien no aparecen, o bien están ocupados. En resumen: ¡que no había manera de conseguir un dichoso taxi! ¿Os lo podéis creer? Por lo tanto, seguimos andando por la calle Thanon Chakphet, donde pudimos ver que se concentraba una importante comunidad Hindú de la ciudad, hasta llegar al cruce con Thanon Yaowarat, torciendo allí a la derecha y recuperando nuestra dirección original, internándonos en Chinatown.

Todos coincidimos en que el barrio chino de Bangkok era más interesante que el de Nueva York. La pena es que estábamos un poco hasta el gorro de tanto andar buscando un sitio decente donde comer, por lo que no nos animamos a internarnos por las estrechas callejuelas comerciales que asomaban de tanto en tanto. Encima para colmo, en en el tramo de la avenida por el que íbamos no había ni un solo restaurante, casi todo eran tiendas donde se exponía (y vendía) oro. Finalmente, entre toda la maraña de carteles, vi el careto del Coronel Sanders (el del Kentucky Fried Chicken) asomando tímidamente y grité: ¡STOP! Se acabó el seguir buscando.

El KFC era un local minúsculo dentro de un supermercado de la cadena Tesco Lotus, tanto que lo pasamos de largo, tuvimos que salir a la calle y volver a entrar para encontrarlo, pero nos hizo bien el apaño. Por 96฿ nos dieron un menú (menos de dos euros y medio…) que devoramos en un suspiro, pero aprovechamos nuestro cómodo asiento bajo el aire acondicionado para descansar y comentar lo que había sido la mañana. Cuando nos íbamos a ir, aprovechamos para curiosear en el Tesco Lotus y comprar artículos de higiene y otras cosillas que íbamos a necesitar durante el viaje (por no mencionar unos donut de fresa que estaban de muerte y que nos costaron cuatro perras), pero el descubrimiento fue la minitienda de telefonía móvil. Eduefe y VHS se hicieron con dos terminales libres de Samsung muy básicos (pero que llevaban linterna y todo) que si mal no me salen las cuentas, les salieron al cambio a unos 15€ cada uno. Aprovecharon la coyuntura para pillarse también la misma tarjeta prepago de True que estaba usando yo, y ya tenían el set completo. Para terminar de rematar la sobremesa, nos tomamos unos megacafés en una cafetería muy mona que había allí mismo.

Al salir a la calle ya estaba atardeciendo…. normal, entre comer, comprar y el café nos tiramos por lo menos dos horas allí dentro, pero la verdad es que a todos nos sentaron de fábula porque salimos a la calle con las pilas puestas y con ganas de volver a patear la ciudad. Ahora ya se empezaba a ver restaurantes….. ¡A buenas horas, mangas verdes!

Quiero aprovechar la ocasión para hablar de los sacos de arena de contención. La noche anterior, en Silom vimos unos cuantos protegiendo cajeros automáticos y entidades bancarias, aunque por suerte en aquella zona nunca fueron necesarios. En Chinatown había unos cuántos más, ya que el barrio se encuentra a orillas del Chao Phraya y durante los días de marea alta, éste se desbordaba aún más y afectaba a parte de esta zona de la ciudad. Pero por lo que vimos, ya se estaban empezando a deshacer de ellos.

Pasamos por la típica puerta de acceso a los Chinatown que se puede ver también en otras ciudades, y desde allí desviamos ligeramente la ruta ya que nuestra meta era la cercana estación de Hua Lamphong. Fuimos hasta allí para coger el metro (este sí que era subterráneo, como los de toda la vida), ya que como era ya bastante tarde, nuestra intención era volver al MBK ahora que ya lo teníamos controlado, para comprarnos varias cosas que necesitaríamos para el viaje.

Ya estábamos hechos unos “pofesionales” del transporte público de Bangkok, y sin ninguna dificultad nos las apañamos con el subterráneo (conocido allí como MRT) y en la estación Silom nos bajamos para acceder a nuestra ya conocida Sala Daeng del BTS y con éste llegar al National Stadium. En el centro comercial nos lo montamos muy bien al tener claro lo que queríamos y cómo funcionaba el tema del regateo, así que sin grandes dificultades compramos ropa que usaríamos durante nuestro tour, chanclas para ir a la playa, una mochila falsificada de North Face (en mi caso mi primera mochila de viaje) por unos 15 € al cambio, algunas camisetas para regalar (ya empezábamos con los souvenirs…. ¡y mira que  era nuestro segundo día!). Estaban ya cerrando y vimos un restaurante japonés que llamó nuestra atención; como los precios eran bastante razonables, y los esfuerzos del día bien lo merecieron, tiramos la casa por la ventana y pedimos de todo, incluida una maxi-bandeja de sushi bien surtida. Salimos a unos 12€ por persona al cambio, muy caro cuando piensas que estás en Bangkok, pero aún así nos pareció barato para todo lo que comimos y bebimos (porque de Singhas también nos pusimos morados, ja, ja, ja).

Yo no me quería quedar sin las zapatillas Tiger que vi la noche anterior en el Patpong, así que volvimos a pillar el BTS hasta Sala Daeng, bajar del mismo frente a lo que bautizamos como Japantown y buscar el puesto. Por el camino picamos un par de chorraditas más con la tranquilidad de que las podríamos tener guardadas en el hotel y así no cargar con ellas durante el viaje. También piqué con un reloj digital marca Adidas (o al menos eso pretendía) que tras el consabido regateo me salió a unos 10€; ¿qué os parece? ¿caro? ¿barato? A mí carísimo, porque me lo puse nada más comprarlo y se me rompió la correa al llegar al hotel. Con respecto a las Tiger, tuvimos que buscar bien pero finalmente las encontré. Me quedaban como un guante (tanto que ahora mismo las llevo puestas), pero me tocó pelear duro para sacarlas a buen precio. Me las dejaron finalmente a unos 30€ al cambio. Ahora necesitaba calcetines tobilleros para acompañarlas, y en uno de los últimos puestos justo antes del cruce con Naratiwas (donde nos desvíabamos para ir al hotel) los encontramos baratísimos y sin necesidad alguna de regatear; eran de talla única, que más o menos eran un 42, pero aunque yo uso 44-45 me sirvieron estupendísimamente el resto del viaje, mejores incluso que los que traía de casa.

Esta vez no nos fuimos de birras, nos largamos al hotel a componer nuestros dos equipajes, el que nos íbamos a llevar en la mochila, y el que meteríamos en la maleta para que nos lo guardase el personal del hotel. Entre lo que no me iba a llevar, metí obviamente la ropa de invierno, las compras que no fuese a utilizar durante el tour, un mudas para los dos últimos días, las zapatillas que había estado llevando hasta ese momento (un par de mastodontes ideales para cuando llueve y hace frío, pero no tanto para el destino caluroso donde estábamos) y la guía de Tailandia de El País Aguilar que no sé para qué gaitas me la llevé pero allí la tenía, y servidor no estaba dispuesto a cargar con ella durante dos semanas. Hablando de la guía, pocos viajes he hecho con menos preparación y que me haya llevado menos material de apoyo que éste, y creo que la tónica va a ser la misma en los siguientes ;)

En Bangkok no tuvimos problemas con los mosquitos, pero en Camboya sí que nos iban a acribillar, así que rociamos las mochilas y toda nuestra ropa con un spray especial repelente que nos recomendaron en Sanidad Exterior. Ya estaba todo listo; ya sólo me faltaba revisar que llevaba a punto los dólares americanos (la divisa que usaríamos en Camboya), los billetes de avión, los bonos de los hoteles, el pasaporte, la foto de carnet que necesitaba para el visado camboyan…. ¡un momento! ¿Dónde estaba mi foto de carnet? Debería estar junto al pasaporte en mi portabonos pero allí no había nada.  Tenía perfectamente claro que la cogí porque en Zürich le guardé el pasaporte a Eduefe y cuando lo hice me cercioré que la foto estaba allí, pero ahora no había ni rastro de ella. Tras examinarlo todo de arriba a abajo me di por vencido, y aprovechando que el Wifi funcionaba correctamente, cogí el móvil y busqué en internet información al respecto. Lo poco que encontré fue el testimonio de un par de personas que se presentaron sin ella y que les hicieron pagar una multa de tan sólo dos dólares. Aunque ya lo tenía más o menos claro, eché un vistazo de todos modos para averiguar si entre el hotel y el aeropuerto de Suvarnabhumi pasando por el BTS había algún fotomatón, pero no fui capaz de encontrar ninguno. Era ya muy tarde y estaba cansado, así que me dejé llevar por el sueño y dejé mis preocupaciones para el día siguiente.