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¿Donde me había quedado? ¡Ah sí! Estabamos en el aeropuerto de Zürich, ya cenados, cagados y meados (aunque luego visitaríamos otra vez los WC, no sé esa manía que nos da siempre de pensar que en el avión no nos dejarán ir). Pues el caso es que era ya bastante tarde para los estándares suizos (pasaban de las nueve de la noche, vamos) y la terminal se veía muy tranquila, de hecho algunas de las tiendas del dutifrí ya estaban cerrando. Como volábamos a un destino extraeuropeo, teníamos que dirigirnos a la zona internacional (llamada Gates E) previo paso del control de seguridad y pasaportes. Además, al igual que en la T4S de Madrid, para ir de un módulo al otro teníamos que utilizar un tren subterráneo sin conductor que resultó ser una simpática experiencia porque durante el recorrido se dejaban oír sonidos típicos y tópicos de los Alpes Suizos (ya sabéis, mugidos, cencerros, pajaritos, etc, etc) por no mencionar que en las paredes del túnel se podía ver una proyección de un individuo blandiendo la bandera suiza.

Otra curiosidad: al pasar el escanner, el personal, que era mucho más agradable de lo que se suele ver en otros aeropuertos, a la pregunta de si llevábamos un ordenador portátil añadían también la coletilla ¿y un iPad?. Eduefe no sé qué gaitas hizo que se lo llevaron al cuartito, pero mira tú que le tocó un agente colombiano con el que terminamos haciendo amistad y todo, ja, ja, ja, imaginaos la cara que se me quedó cuando me veo un calvo enorme que me dice en perfecto castellano “Oye Punky, coge las cosas de tu amigo que está en el box de ahí al lado”. La zona de embarque estaba muy muy tranquila ya que había muy pocos vuelos programados a esas horas. Embarcamos en el A340-300 a su debido momento, y una vez acomodados en el avión, nos deshicimos de chaquetas y jerseys para colocarlos en una mochila hasta el final del viaje, porque sí…. ¡en pocas horas estaríamos a más de 30º a la sombra!

Cogimos los asientos en la primera fila de la clase turista, que por un lado fue algo bueno y por otro lado algo malo. Lo bueno era que al tener delante la pared de separación con la clase business, teníamos un generoso espacio para estirar las piernas, pero por contra, nos sentíamos embutidos de caderas porque los laterales del asiento eran más gruesos para albergar en un alarde de aprovechamiento de espacio las bandejas de servicio y las pantallas interactivas. Y no te cuento ya el drama una vez lo desplegábamos todo…. sí, con unos centímetros menos de michelines habríamos ido más cómodos, ya lo sé, hay que estar más en forma T_T. Hablando de las pantallas de entretenimiento, a mí me terminan siempre por poner de los nervios; entre que apenas hay casi nada en castellano (tampoco es algo que me moleste mucho), que se bloquean cada dos por tres, los auriculares van cuando les dan la gana… en fin, algún día les pillaré el truco. ¿Recordáis de la entrada anterior que nos habíamos pasado todo el día zampando? Pues a la cena del avión tampoco le hicimos ascos. Nos ofrecieron para beber entre otras cosas cerveza y vino, pero declinamos tan generosa oferta porque nuestras fieles amigas las pastillas para dormir estaban a punto de entrar en acción. Así que caímos como moscas en nada y el trayecto se nos pasó volando (y nunca mejor dicho). Cuando faltaba poco para llegar a Bangkok, las amables y serviciales azafatas nos dieron de desayunar para poder aterrizar con las pilas puestas.

Tras el desayuno/brunch/comida o lo que fuera aquello, se inició el aterrizaje y claro, según bajas puedes ver las cosas con más claridad, tanto como para darte cuenta que bajo nuestro avión había agua por todas partes. Hectáreas y más hectáreas de terrenos anegados esperando un drenaje que a saber cuándo llegaría. Según nuestros cálculos, estaríamos a unos kilómetros al Norte de Bangkok. Al irnos acercando más, perdimos de vista dichas imágenes para sobrevolar otros terrenos más secos (aunque seguía viéndose agua cada dos por tres). Y así fue que tomamos tierra en el inmenso aeropuerto de Suvarnabhumi, aparcando nuestro mastodonte frente a otro de la nórdica SAS, algo que nos reconfortó porque los países escandinavos fueron los primeros en desaconsejar todo viaje no esencial a Bangkok y sus aerolíneas de las pocas que cancelaron vuelos a la capital de Tailandia.

Quedaos con el dato de que para bajar del avión, de nuevo usamos finger y…. ¡Ay cómo me enrollo! Y encima sin una triste foto propia para adornar (menos mal que tomo prestada alguna por ahí, je, je, je). Intentaré ser breve: el aeropuerto, como he dicho, muy grande, enooooooooooorme, muy bonito, muy limpio y muy modelno.

En el avión nos dieron los típicos papeles infernales para rellenar y entregar en inmigración (los odio) y los entregamos sin tener que esperar grandes colas como las que me comí en Nagoya o en Nueva York para que nos pusieran el sellito de “puede ustez quedarse un mes”. Mientras esperábamos la salida de nuestras maletas, fui al baño y aquello parecía la filarmónica de Pedoven, madre mía la de sonidos flatulentos que salían de uno de los váteres, ja, ja, ja, el pobre hombre supongo que se aguantó las ganas a bordo por no provocar un accidente de aviación, o peor, que no le acusasen de intento de sabotaje xD. Pues eso, que el equipaje intacto y aprovechamos que allí mismo había mostradores de un banco que luego veríamos por toda la ciudad (si lo veo lo recuerdo, pero no me preguntéis ahora cuál) para cambiar algo de dinerillo y tener bahts para ese día; aunque luego en la capital nos darían mejor cambio, para ser un aeropuerto tampoco fue tan malo, nos lo dieron a 40,20฿ por euro cuando el oficial estaba a unos 41,50฿ aproximadamente.

Cosas que llamaron nuestra atención (aparte de los carteles y anuncios en Thai, claro está): ver a uno de los funcionarios del aeropuerto sentado durmiendo la siesta a pierna suelta y tan ricamente; que la chica que nos dio el cambio estuviese de cháchara con su teléfono móvil de color rosa con purpurina mientras nos atendía; la aparición de enormes e impactantes elementos propios del budismo y el bramanismo que contrastaban con los propios aires high-tech del aeropuerto….

Eduefe profestó porque los agentes de inmigración ni se molestaron en saludarnos, y claro, te venden Tailandia como el país de las sonrisas, y te dan una recepción tan fría… aunque digo yo, estos personajes yo creo que son igual de secos en todos los países del mundo, ja, ja, ja!

¿Por dónde iba? Pues resulta que ya estábamos listos para irnos a chapotear entre las inundadas calles de Bangkok, así que no tuvimos más que pillar un carrito y dejarnos llevar por unas cintas transportadoras que igual iban en llano como que se convertían en una cuesta abajo la mar de divertidas (parecía que estuviésemos en un parque de atracciones) siguiendo las señales que indicaban con dibujitos algo así como “pa la ciudad, tirad pallá”. Según los carteles, básicamente tendríamos que elegir el desplazarnos en taxi, bus o en tren (de tuk-tuks no ponía nada, aunque si llego a ver un cartelito o icono con uno me muero del ataque de risa). La primera y segunda opción las descartamos por varias razones: nos constaba que las carreteras de acceso a Bangkok estaban siempre colapsadas, estábamos aturdidos del vuelo y no nos apetecía regatear ni pelear con el(los) conductor(es), y por último…. ¡me moría de ganas de montar en el trenecito! Así que nos fuimos hacia el Rail Link tal y como estaba debidamente indicado, y de nuevo tuvimos que tomar una decisión. Me voy a explicar para que no os perdáis: el Airport Rail Link es un tren muy chulo que circula elevado sobre unas vías altísimas y que comunica el aeropuerto de Suvarnabhumi con el centro de Bangkok, ¿OK? Pues bien, te ofrecen dos líneas que en el fondo es la misma pero con distinto servicio: SA City Line y SA Express Line. Como se puede deducir por sus nombres, la primera es tipo metropolitano o tren de cercanías, parando en todas las estaciones, con bastante frecuencia y billetes con un precio más bajo; la segunda, por otro lado, es un tren directo sin paradas intermedias con vagones preparados para quien viaja con equipaje y que por supuesto cuesta más caro que el anterior.

El sistema es muy similar a los trenes de acceso a los aeropuertos japoneses, especialmente a las líneas Keisei de Narita. Nosotros nos hubiésemos decantado por la City Line, pero había una promoción especial en la que los billetes del Express costaban algo así como la mitad de lo normal, así que finalmente viajamos con la segunda pagando 150฿ (menos de 4€) por un billete de ida y vuelta. Hay que tener en cuenta que los billetes de la City Line se adquieren en expendedoras automáticas, y los de la Express Line en taquillas (están juntas), y también que no todos los Express son iguales, unos van a Makkasan y otros a Phaya Thai, siendo esta última nuestro destino (y el de casi todo el mundo, pero vamos, ellos sabrán…).

Nota: a partir de aquí voy a intentar no abusar de las fotos que gentilmente proveen las webs de aerolíneas, aeropuertos y demás entes, y para muestra…

Soltado el rollo… ¡seguimos! El tren nos gustó mucho, iba rapidísimo y tardamos sólo quince minutos en llegar. Al ir tan alto, nos ofrecía una visión panorámica de lo que había entre Suvarnabhumi y Bangkok. Agua vimos bastante, pero en canales, balsas, riachuelos, charcos…. barrios inundados ninguno. Según nos acercábamos a la ciudad, cada vez se iba haciendo más latente el caos arquitéctonico que es Bangkok: altos rascacielos entre arrozales, chabolas entre ricas viviendas ultramodernos, palacios tradicionales y templos entre todo lo anterior…. una de cal por otra de arena, todo entremezclado y sin que aparentemente nadie protestase por ello.

Ahora quiero que os fijéis en la foto que hay bajo estas líneas para que entendáis un par de cosas. La primera, es el cielo: completamente azul (el color chapucero que veis es debido a los cristales polarizados del tren) y con una despistada nube que no sabe ande paran el resto de sus amigas. Esto desmiente la leyenda urbana de que en Bangkok estaba lloviendo perennemente desde hacía meses. ¡No nos llovió ni un sólo día! (bueno, sí que llovió pero no en Bangkok que es a lo que vamos). Luego está el detalle de los coches que se ven en el arcén y que tienen su significado: cuando se empezó a inundar la periferia de la capital, las autoridades permitieron a los ciudadanos afectados aparcar en las autopistas elevadas para ayudarles a conservar su vehículo. Antes había muchos más, pero cuando estuvimos nosotros ya los estaban retirando según se iba volviendo a la normalidad.

PD: premio para el que sea capaz de ver agua en el suelo (y además de verdad porque sí que había, bajo los pilares de la autopista ya que se asienta sobre un canal de desagüe)

Llegamos por fin a Phaya Thai y…… ¡ZAAAAS! Tarde o temprano nos tenía que suceder. Haced memoria: estábamos el día anterior en Zürich con plumíferos, corros, guantes y bufandas (igual exagero un poco) y desde que montamos en el Intercity allí mismo hasta que bajamos del tren en el centro de Bangkok, nunca estuvimos expuestos a las inclemencias del aire libre, es decir, que llevábamos horas y horas al cobijo de aires acondicionados varios, y claro, sales a la calle después de  tren-aeropuerto-finger-avión-finger-aeropuerto-tren y hay como ya mencioné más de 30º, pues claro, el subidón térmico es cuanto menos digno de mención. A mí me recordó cuando fui a la Riviera Maya en Diciembre de 2007, la salida del aeropuerto de Cancún y el hostión que me dio el calor en toda la frente, y tengo que decir nos reconfortó mucho la sensación (luego nos cagaríamos en el calor que hacía, pero por unos momentos fuimos felices). Bajo nuestros pies de repente sonó un estruendo indescriptible y empezó a salir humo. Nos asomamos a las barandillas de la plataforma en la que estábamos (os recuerdo que el Rail Link es una estructura elevada de gran altura) y pudimos ver que muy inteligentemente, habían colocado nuestras vías sobre las del tren diesel que hacía la ruta ferroviaria hacia el Este del país y éste era el que había llamado nuestra atención al pasar bajo nosotros. Y allí estábamos nosotros, compuestos, sin novio, con todos los trastos y con ganas de llegar a nuestro hotel que eran ya casi las cuatro de la tarde y el sol empezaba a esconderse. Para ello, recurrimos al BTS Skytrain. ¿Y qué gaitas es el BTS, me diréis?

Pues lo mismo que lo anterior, un tren que va por unas vías altísimas sólo que en esta ocasión circula por la ciudad, como el metro de toda la vida (que también lo hay en Bangkok, por cierto, pero esa os la cuento mañana). De nuevo remito a Japón y sus líneas Yamanote, Chuo-Sobu o la Osaka Loop Line. En Phaya Thai el BTS también tiene parada, por lo que el transbordo fue poco traumático, aunque eso sí, en el BTS hay muy pocas escaleras mecánicas, son muy difíciles de encontrar, y encima no siempre están donde te viene bien; ese detallito, cuando vas con las maletas a cuestas, hay que tenerlo muy en cuenta. Menos mal que para salir del Rail Link una mujer nos indicó que había ascensor…. (buscadlo bien cuando vayáis). Las estaciones del BTS son entretenidísimas, con toda clase de puestos de comida y tiendas. Los billetes se pueden comprar en taquillas o unas sencillas máquinas de pantalla táctil que se pueden poner en inglés. El trayecto hasta nuestra estación, Chong Nonsi, nos costó 25฿ por persona, unos 50 céntimos de euro. Nada mal, ¿verdad? Luego como en todos lados, para saber qué andén toca hay que fijarse en la estación fin de línea, todo está perfectamente indicado en thai y en inglés (no temáis), y tenemos que tener especial cuidado de no olvidarnos que en Tailandia se conduce “a la inglesa”, y los trenes también circulan “al revés”.

El único problemilla con el que nos íbamos a encontrar fue que la línea del BTS que pasa por Phaya Thai es la Sukhumvit, y por la estación del hotel la Silom, o lo que es lo mismo: transbordo al canto. Dentro del tren me sentí como en Japón: pantallitas por doquier con anuncios e información del recorrido, clara indicación de las paradas y transbordos por megafonía en tailandés y en inglés…. y todo el mundo jugando con el móvil, léase iPhone la mayoría, seguido por Blackberries decoradas con toda clase de calcomanías y pedrerías varias, y por último, en menor medida, Samung Galaxy o HTC con Andrdoid. Eso sí, el ambiente a bordo era más ruidoso y relajado que en un tren japonés, aunque igual de petado de gente. En Siam teníamos el cambio de línea, y para nuestra suerte, no teníamos más que cruzar el andén central: quien diseñó el tránsito de la estación sin duda lo hizo con mucha inteligencia, a ver si aprendemos en otros sitios que es más coherente que compartan andén trenes de dos líneas distinas que sentidos opuestos de una misma (si alguien no lo ha entendido, que me lo pregunte y se lo explico). Tres paraditas más y ya estábamos “en casa”.

Nada más salir del BTS, pudimos degustar otra porción del Bangkok que estábamos empezando a vivir: nuestro barrio, Silom, era una zona que podríamos tildar de canalla, mezclando modernos rascacielos y exclusivas tiendas con tenderetes de comida de los de toda la vida y feas calles sin apenas luz y los cables de alta tensión a la vista. Quien conozca Bangkok reconocerá en este otros muchos barrios de la ciudad. Antes de bajar a tierra firme, pudimos vivir nuestro primer atasco urbano, donde destacaban los taxis en llamativos colores (los rosas, nuestros preferidos) por no mencionar los icónicos tuk-tuk…. ¡¡TUK-TUK!! Era nuestros primer contacto con las famosas motillos-taxi tan divertidas que salen en todas las fotos y cuyos conductores nos darían la tabarra cada vez que nos viesen a ver si picábamos y nos llevaban de tournée. No montamos ni una vez, tal vez para un próximo viaje. Nos vimos entre los típicos puestos orientales de comida, algunos más apetitosos que otros, donde el olor a lemongrass y jengibre se adueñaban del ambiente (en algunos casos llegaba a revolvernos las entrañas su intensidad), y nos metimos por un feo callejón sin aceras para llegar al complejo Trinity, donde se encontraba nuestro hotel, el Glow Studios.

De este hotel no hicimos fotos, así que de nuevo me veo obligado a tomarlas prestadas de su web. Tengo que decir que se corresponden al 100% con lo que hay, por lo que ilustrarán perfectamente nuestra experiencia allí, y si encima tenemos en cuenta las 5***** y la favorable crítica que le pusimos en Tripadvisor, dudo mucho que se vayan a quejar, je, je, je. ¡Ay qué recuerdos! Cuando estábamos asustados por las inundaciones que nunca llegaron respiramos aliviados al ver en una foto del hotel la escalera de entrada que dejaba claro que hasta la recepción estaba en alto…. ¡pero luego qué putada es llegar con las maletas y tenerlas que subir por allí, ja, ja, ja! Menos mal que los del hotel nos vieron llegar y nos echaron una manita.

Una vez dentro, una plantilla juvenil y modelna como ella sola, a la par que alegre y amable se encargaron de hacernos el check-in mientras nos invitaban a una copita y sonaba lounge y….. ¡funky house! Así es como a mí me gusta que me reciban. La recepción, no muy grande, minimalista, pero efectiva y estilosa. Las habitaciones le iban a la par, muy modernas, nuevas, limpias y además perfectamente equipadas: caja de seguridad, agua gratis en la neverita, televisión con canales vía satélite y lector de DVD, equipo de música con dock para iPod/iPhone…. vamos, que no faltaba de nada. Las vistas sosas como el callejón donde estábamos (nada que nos preocupase en exceso, la verdad), y una gruesa y enorme cortina se encargaba de que no pasara ni un rayo de sol (algo muy útil en lugares como Bangkok, donde amanece muy temprano).

Nos dieron un sobre con los vales para el desayuno (que estaba incluido en el precio) y los códigos para el Wifi gratuito. Tras nosecuantas horas dando tumbos por el Mundo, nos dimos una merecida y reparadora ducha que nos puso las pilas a los cuatro y nos animó a descubrir la ciudad, en la que ya había terminado de anochecer. La avenida que teníamos cerca, la Naratiwas, aparecía aún más caótica y colapsada que cuando la vimos al llegar escasamente una hora antes, algo que nos animó a volver a montar en el BTS y huir por las alturas del mundanal caos.

¿Dónde podíamos ir? Pues dado que estábamos con la vena futurista, nos pusimos como destino la zona de Rama I / National Stadium / Siam. Antes de comprar los billetes, Eduefe me preguntó si no había bonos de descuento. Yo sólo conocía los pases de un día, cuyo precio obligaban a hacer al menos seis viajes para salir a cuenta (algo que no entraba en nuestras previsiones), pero fuimos a preguntar y en taquillas nos informaron acerca de un bono especial de 15 viajes con el que nos ahorrábamos algo de dinero, y que además al ir en tarjeta de estas modernas de contacto, pues nos facilitaría el paso por los tornos, así que nos lo compramos todos. Nos bajamos en la última estación de la línea Silom, National Stadium, y de repente nos sentimos como protagonizando una futurista película. Sinuosos ramales del BTS iban y venían de por aquí y por allá, y bajo sus vías, largos pasillos también suspendidos y llamados Skywalk aprovechaban su estructura para que los peatones no tuviesen que enfrentarse al demencial tráfico rodado de las calles más abajo.

La zona estaba reventar de gente, hay que tener en cuenta que es uno de los principales núcleos comerciales y de ocio de la ciudad. También se encuentra allí el museo Bangkok Art and Culture Centre. Mientras deambulábamos por el Skywalk, vimos como la gente se apiñaba contra las barandillas para ver algo que sucedía abajo, a ras de calle. Como buenos españoles que somos, el sentimiento de cotilla nos empujó a ver qué estaba pasando, y nos llevamos una agradable sorpresa: se estaban disputando unos combates de Muay Thai, y desde nuestra situación de veían de maravilla.

Cuando nos cansamos del espectáculo, nos fijamos que justo enfrente teníamos el MBK, ese engendro de centro comercial del cual todo el mundo habla y que llamaba poderosamente nuestra atención, así que aprovechamos la coyuntura y entramos en su interior. Lo que vimos nos dejó un poco patidifusos: galerías comerciales en torno a un gran atrio central en las que se apiñaban puestos al más puro estilo mercadillo, combinándose con tiendas de baratillo, imitaciones cutres e incluso marcas auténticas de productos caros a precios por supuesto (y valga la redundancia) nada baratos. Vamos, todo un poupurrí para todos los gustos y bolsillos. A nosotros nos despistó mucho, así que lo recorrimos de arriba a abajo por encima para hacernos una idea de qué iba el rollo y así orientarnos por si volvíamos en otro momento a comprar algo. Los Angry Birds parecían haber tomado el complejo: camisetas, fundas para iPhone, cojines, peluches y toda clase de inimaginable merchandising por todas partes.

Eduefe y VHS se fijaron a ver si veían algún teléfono móvil libre para instalarle una tarjeta tailandesa de prepago y así tener un modo conveniente de localizarnos entre nosotros si nos separábamos y también de que la familia nos pudiese encontrar (por no mencionar el hecho de poder llamar a casa por muy poco dinero), pero todos los que veían eran muy caros. Yo ese tema lo llevaba resuelto desde casa, porque antes del viaje liberé mi Galaxy y le instalé una SIM de True Move que me trajeron mis amigos Pedro y Bárbara de su reciente luna de miel en Phuket. Aprovechamos que estábamos en el MBK para cenar allí, ya que teníamos entendido que había restaurantes muy baratos, y efectivamente, encontramos uno donde tuvimos que preguntar dos veces el precio porque nos pareció demasiado irrisorio (menos de 2€ al cambio, bebida aparte). El local era curiosísimo, se trataba de una especie de buffet en el que te ponías unos gruesos fideos en el plato (creo que de arroz) y luego había unas cuántas cacerolas con las salsas. Aquello estaba muy bueno, y además se podía repetir, pero….. ¡¡AY!! Todo picaba como un demonio. Incluso yo pase un mal rato, y mira que me gusta el picante. En un momento de sofoco me sorprendió una de las camareras, y la pobre tuvo que hacer esfuerzos para no partirse el ojete de risa (al final me reí yo también para que la chica dejara de contenerse). ¡Ozú qué dolor! A la segunda ronda nos pusimos una salsa que había con leche de coco y cacahuetes muy suave que nos entró mejor. Y el zumo de piña natural que nos bebimos, ya ni os cuento, una maravilla.

Cuando nos hubimos repuesto del fuego puro y duro que supuso nuestra cena, salimos al BTS (la mayoría de los centros comerciales de la zona tienen acceso directo al mismo o al menos vía el Skywalk) con la intención de volver al hotel, no sin antes hacer un alto en el camino. Nos bajamos una estación antes de la nuestra, en Sala Daeng, y aterrizamos en Blade Runner. Se dice que la película de Ridley Scott se inspiró en el Dotombori de Osaka y en Kabukicho de Tokyo, pero a mí, que he estado en ambos sitios, no me hicieron sentirme tan dentro del film como en el tramo de la avenida Silom donde nos encontrábamos en aquel momento: la mezcla de elementos futuristas con los puestos callejeros y las decadentes calles actualmente tiene más que ver con Bangkok que con Japón. Al menos desde mi punto de vista.

Hablando de Japón y decadencia… bajando del BTS nos encontramos con una bocacalle llena de neones escritos en Japonés igualitos igualitos a los bares de alterne del barrio de Shinjuku. Estábamos muy cerca del Patpong y sabíamos que por la zona se concentraban locales de muy dudosa reputación, pero esto no dejó de llamar nuestra atención. Ya en la avenida, lo que se nos hizo muy agradable fueron los puestos que vendían toda clase de recuerdos a precios más o menos razonables, pero al igual que en el MBK (y que por cierto no he comentado) no estaban marcados; cuando nos interesábamos por algo, el comerciante daba un precio (si hablaba inglés lo hacía verbalmente, en caso contrario lo escribía en una calculadora) que por lo general estaba muy inflado, y luego había que regatear. Los cuatro odiamos este tipo de compras, qué queréis que os diga. Quizá por eso no nos llevamos nada.

 

Con la emoción de estar recién llegados, nos apetecía tomar algo, y los muchachos sugirieron hacerlo en un callejón peatonal que tenía mejor aspecto que los otros que habíamos visto; por lo menos se veía gente más joven y con aspecto menos sórdido. En un agradable local con terraza en la misma calle, nos estrenamos por fin con las cervezas locales: cayeron una Chang, una Singha y una Tiger. Buenísimas y baratísimas las tres. Al rato de estar allí nos dimos cuenta que no pasaban más que chicos por la calle. Además la mayoría muy modelnos ellos. Al ver que el bar de al lado del nuestro se llamaba Bearbie, fue cuando llegamos a la conclusión de que estábamos en el barrio gay de Bangkok o al menos uno de ellos ;)

Tras las cervecitas de turno, seguimos nuestro camino y nos dimos de bruces con el famoso Patpong. Era una calle muy ancha donde se concentraban bares de Go-Go’s (jóvenes señoritas bailando en paños menores) en los laterales, y un mercadillo nocturno en el centro donde se vendía todo tipo de ropa y accesorios. Tengo que decir que hasta el momento habíamos visto muy pocos occidentales, pero daba la sensación de que estaban todos reunidos en la zona. Luego recordé que en los foros de internet la gente comenta mucho las compras que ha hecho allí, por lo general comparan entre ellos quién ha conseguido mejor o peor imitación, aparte de claro estar presumir de haber raspado los mejores precios; en especial hablamos de relojes de superlujo como los Rolex. Nosotros la verdad es que ni lo intentamos, no estábamos en absoluto interesados en aquel tipo de mercancía, ni mucho menos presumir de ella al volver a casa. En cambio sí que me gustaron unas zapatillas Tiger que supongo que serían falsificadas también, pero que me dejaron con las ganas de catarlas. ¿Tal vez otro día? La verdad es que el paseo nos vino muy bien para saber el qué / cómo / cuándo / por qué y muy especialmente por cuánto del shopping.

En el cruce de Silom con Naratiwas, justo cuando íbamos a cruzar para dirigirnos ya al hotel, pudimos presentar nuestros respetos a uno de los muchísimos santuarios que encontraríamos dispuestos por toda la ciudad, siendo este para nosotros el primero. Llegando al hotel, teníamos un 7-Eleven, que al igual que los que había por aquí antes y como siguen teniendo en Japón, son tiendas que también abren por la noche y venden de todo. Aparte de unas cuantas guarrerías que nos compramos (¡tenían Fanta de Uva!), aproveché para pedir que me cargaran el móvil con 200฿ y así poder llamar a la familia para tranquilizarles y informarles de la situación en la ciudad: es decir, que no estábamos chapoteando en aguas estancadas ni llovía torrencialmente. Quisimos aprovechar el Wifi del hotel para dejar los típicos mensajes a los amigos por e-mail y por el feisbus, pero por lo visto aquella noche no funcionaba bien, así que nos fuimos a dormir y lo dejamos para otro momento. Concluía así nuestra doble jornada y por fin veíamos una cama tras nuestra salida de Valencia hacía ya muuuuuuuuuuuuuuuuchas horas.