Operación Apsara (V): ¡chuchúúúú! ¡pasajeros al treeeeen! (please, one dollar!)

Etiquetas

, , , , ,

Hay que reconocer que las cosas cambian de prisma tras una merecida noche de descanso. Dormí diez horas de un tirón, y me levanté con ganas de comerme al mundo, no sin antes haber desayunado, claro xD

Lo primero de todo: la operación que repetiría todas las mañanas, es decir, aplicarme el protector solar de factor treinta, y cuando éste hubo penetrado bien en mi piel, rociarme con el Relec para evitar las picaduras de mosquitos. El repelente además me lo pondría otra vez todas las tardes tras la reparadora ducha reglamentaria ;)

Nos reunimos los cuatro y nos fuimos a desayunar a las mismas mesitas junto a la piscina donde comimos y cenamos el día anterior. Nos dieron un impreso donde señalar lo que queríamos que nos sirviesen. Al igual que la carta del restaurante, la selección era muy escasa, y de nuevo vimos cómo nos lo hacían todo expresamente, demorándose por lo tanto algo de tiempo, pero…. ¿quién dijo prisa? Estábamos de vacaciones, ¿no? Creo que no lo he comentado, pero al igual que en GLOW y en los demás hoteles a los que iríamos, el desayuno estaba incluido en el precio. A pesar de su simpleza nos gustó bastante, pedimos lo típico que desayuna en los viajes: huevos revueltos, bacon, fruta, tostadas con mantequilla y mermelada, café o té, zumo y algo llamado khmer croissant que más bien parecía la porra de los churros. Todo muy rico ;)

A la hora que habíamos quedado (no recuerdo bien, entre las ocho y las nueve) Norea ya estaba allí para recogernos. Llegó el momento de comprobar si finalmente había merecido la pena ir a Battambang. ¿Queréis averiguarlo? Seguid leyendo ;)

En el día anterior os hablé del tipo de plazas con enormes esculturas de corte hindú por las que se caracteriza Battambang y que son reconocibles nada más verlas en fotografías. Tenéis que saber que aunque Camboya es un país budista, el hinduísmo también fue muy importante en sus momentos; tal vez esta comparación sea muy inexacta y desafortunada, pero los españoles podríamos entenderlo de un modo similar al hablar del cristianismo y el islam en la Península Ibérica. Pues bien, de entre todas las esculturas que os comento, hay una que suele ser la más fotografiada, Dambang Kranhun (espero haberlo escrito bien). Como nos pillaba de paso, Norea nos llevó hasta allí para empezar con el tour.

Aprovechando la parada, nos pusimos a charlar y nos preguntó de dónde éramos. Al decirle que veníamos de España, se puso muy contento porque ahí dónde lo veis, en la otra punta del Mundo, resulta que Norea es tan culé como los que festejan los triunfos del Barça en Canalejas. A nosotros que el fútbol ni fu ni fa, igual nos daba que fuera del Barcelona, del Real Madrid o del Betis, pero la anécdota nos pareció muy simpática.

Norea nos indicó que lo próximo que íbamos a visitar sería el norrie o tren de bambú. Los asiduos a los programas de viajes de la teúve tal vez lo vierais en un par de monográficos de Camboya emitidos en TVE un par de semanas antes de ir nosotros para allá. Básicamente se trata de una plataforma de madera, generalmente de bambú (de ahí su nombre), dispuesta sobre dos ejes con sus cuatro ruedas de vagoneta y que funciona con un motor acoplado procedente de una motocicleta, lancha o vaya usted a saber lo qué. Este original medio de transporte surgió en los ochenta a raíz de la necesidad de buscar una alternativa al transporte por carretera ya que éstas estaban en muy mal estado, y también al escaso servicio ferroviario oficial (que por cierto hoy en día está suspendido). Actualmente, y que yo sepa, existen dos líneas de tren de bambú: una en Pursat, donde es de vital importancia para el transporte de personas, animales y otros tipos de mercancía, mientras que la otra, en Battambang, ha quedado relegada a su explotación turística. La de Pursat es más auténtica y supongo que recomendable, pero a nosotros nos venía muy mal ir hasta allí. En cualquier caso, era cuestión de aprovechar uno de sus últimos viajes, ya que se dice que en breve el ferrocarril volverá a reclamar sus vías y el norrie desaparecerá.

Cuando te dicen que vas a viajar en tren, pues lo primero que piensas es en ir a tomarlo a la estación, ¿no? Pero claro, el nuestro no era un tren convencional, así que tampoco nos extrañó que nos sacaran de la ciudad. Nos dirigimos hacia el Sur por una alegre carretera, y digo alegre porque por lo menos a nosotros nos dio muy buena onda: gente en moto y bici que iban de un lado para otro tan felices. Tan pronto establecíamos contacto visual con alguien, su rostro se le iluminaba con una gran sonrisa y nos saludaban.

Yo tenía mis dudas acerca de viajar cuatro personas en un mismo tuk-tuk, pero desde el primer momento nos las apañamos a las mil maravillas, dos delante y dos detrás. Además, yendo una, dos, tres o cuatro personas, si no se tiene prisa, y el clima acompaña, creo que es uno de los medios de transporte más placenteros que existen. Por lo menos nosotros lo disfrutamos un montón, pero que conste que hablo del modelo camboyano, el de Bangkok (limitado a dos plazas) no lo probamos nunca.

En determinado momento dimos un giro de noventa grados y nos metimos por un camino de tierra que me hizo acordarme del relato del viaje de Guillermo y Diana, en el cual contaban cómo a pesar de haber abandonado el asfalto aquello parecía una autopista y…. ¡tenían toda la razón! Gente y vehículos de dos ruedas (además de carros y tractores) por todas partes. Pasamos por arrozales y varias aldeas, hasta que nos detuvimos en una. Allí Norea nos informó que ya estábamos en la “estación” y que el paseo de más o menos una hora nos iba a costar cinco dólares por cabeza. Pagamos a una mujer mientras nos montaban la vagoneta, y Calvin compró sombreros de paja para todos (menos VHS que llevaba gorra) y que le costaron tan sólo a un dólar cada uno. Como íbamos cuatro, nos colocaron en una vagoneta sólo para nosotros. ¡Pasajeros al treeeeeeeeeeeeeeeen!

Lo he comentado antes, el tren de bambú de Pursat tiene que ser una experiencia más interesante y enriquecedora por aquello de ser una línea real en uso y a compartir con la población local, pero creo que en aquel momento nosotros fue lo último en lo que pensamos… ¡Qué gozada! Con una gran velocidad para ser un tren de juguete, ante nosotros desfilaba una sucesión de verdes paisajes compuestos de arrozales, arroyos, charcas con gente chapoteando y pescando en ellas, verdes llanuras, pequeñas aldeas con niños portando el uniforme del cole….. y mucha, mucha vegetación. Y además tengo que decir, que a mayor traqueteo (las vías estaban fatal), ¡más disfrute!

Tras unos momentos de felicidad (yo creo que están entre mis preferidos de todo el viaje) aminoramos la marcha y vimos al fondo un pequeño grupo de personas de pie junto a las vías. Estábamos a punto de ser testigos del principal tópico del tren de bambú: el cruce entre dos vagonetas que circulaban en sentido contrario. ¿Lo habéis visto en la tele? ¿No? Pues mirad las fotos y veréis qué divertido.

La teoría es muy sencilla, y la práctica casi más: se decide qué vagon cede el paso (en el tren de Pursat el que vaya más ligero, en el de Battambang es siempre el que está de regreso), se bajan los pasajeros, y entre los conductores de ambos trenes se ayudan para desmontar y volver a montar en un periquete el tren que “estorba”. Al ser materiales tan ligeros, y la construcción tan sencilla, el quita y pon apenas cuesta perder un par de minutos.

Había varias vagonetas esperando nuestro paso, y entre los ocupantes de una de ellas reconocimos al joven francés de nuestro hotel. Le saludamos alegremente al pasar, y el chico se lo tuvo que pensar dos veces si decirnos algo o no, desconozco si porque no nos reconoció con los sombreros y las gafas de sol, o bien si porque le dimos vergüenza ajena con nuestras pintas de guiri; el caso es que finalmente sí nos saludó (sale en la foto de abajo, pero no os voy a decir quién es ¡adivinadlo!).

Llegamos a una aldea y el conductor nos dijo que era el final de la línea y que podíamos quedarnos allí el tiempo que quisiéramos antes de emprender el camino de regreso. Allí había un puesto de bebidas, comida, souvenirs y enseres varios donde compramos unos botellines de agua porque estábamos sedientos. La señora que trabajaba allí hablaba poco inglés pero era muy agradable. También había un señor más mayor (que supongo que sería el dueño) al que no se le entendía nada; luego resultó que lo que hablaba era francés, así que al darme cuenta charlé un poco con él y me contó que había vivido una temporada en Marsella.

Imitando a otros turistas que había por allí, nos dirigimos a un sendero que nos llevó a unas peculiares construcciones. Allí vimos un destartalado camión sin apenas carrocería que parecía sacado del rodaje de Mad Max o algo por el estilo; a tener en cuenta que luego veríamos por las carreteras otros iguales. Nuestros pies se hundían ligeramente al pisar el suelo, ya que estaba alfombrado por salvado y paja de arroz. Al fondo vimos unas cúpulas de ladrillo con chimenea que resultaron ser hornos, y cuando nos pusimos a curiosearlos, apareció de repente una niña adorable que aparentaba no tener más de seis años. Se puso a hablar con nosotros en un perfecto inglés (!). Aprovecho para hacer un breve inciso que viene a cuento y seguro que le interesa a alguien: ni en Bangkok ni en Battambang tuvimos apenas problemas para entendernos con la gente en la lengua de Shakespeare, como tampoco los tendríamos durante el resto del viaje.

La niña, que si mal no recuerdo se llamaba Juo, nos explicó que los hornos que habíamos visto eran para cocer ladrillos, y su fuego se alimentaba de los restos de paja y salvado de arroz que habíamos visto en el suelo. Luego nos hizo ademán para que la siguiésemos, y nos mostró una zona fangosa cerca del arrozal que había justo detrás y de donde sacaban el barro al que posteriormente darían forma con una sencilla máquina que también nos enseñó para finalmente acabarse convirtiendo en ladrillos en el horno que os acabo de comentar. En resumen, del arrozal lo sacaban todo: grano para comer o vender, barro para los ladrillos, y combustible para el horno que los iba a cocer.

Luego Juo arrancó unas hojas, y con gran pericia nos hizo con ellas un anillo a cada uno y nos lo regaló; a mí me dio mucha pena no haber hecho como Guillermo y Diana que en su viaje llevaron regalitos para los niños Camboyanos, por lo que le dimos un billete de un dólar; luego nos asaltó el remordimiento de no saber si habíamos hecho lo correcto. Le preguntamos su edad y nos dijo que tenía nueve años; ante nuestra cara de sorpresa respondió que ya estaba acostumbrada a que la gente se pensara que era más pequeña.

Nos despedimos de la niña y seguimos paseando por el sendero, lo que nos vino muy bien para ver de cerca las típicas casas camboyanas. Como ya dije en la entrada anterior,  había muchas en cuya planta baja no tenían paredes, desconozco si para soportar mejor las altas temperaturas, o si por el contrario era una medida preventiva contra las inundaciones. Resultaba muy simpático ver la ropa colgada en perchas como si estuviese en un armario invisible, je, je, je. También había otras de una sola planta y también elevadas, como la de la foto que veis sobre estas líneas. La gente de la aldea y otros locales que pasaban por allí, nos miraban con curiosidad, nos sonreían y luego seguían con sus cosas como si nada.

Cuando ya tuvimos suficiente, dimos marcha atrás para regresar a las vías, y al llegar me di cuenta que me había hecho un rasguño importante en el gemelo derecho. De no haber estado vacunado contra el tétanos puede que me hubiese preocupado. El señor que había vivido en Marsella, se sacó de la manga un frasco de alcohol (no me preguntéis dónde lo llevaba porque apareció de la nada) muy curioso que a mí me recordó a los que contenían ungüentos milagrosos chinos en las pelis chinas ambientadas en China (o en algún barrio chino de cualquier gran ciudad de fuera de China). Me dio unas friegas en la herida y… ¡a correr! En agradecimiento les compré más botellines de agua (así teníamos para el camino) y un pañuelo de los tipicos que se suele atar al cuello la gente de Camboya.

Aprovechando que nuestro conductor estaba ocupado volviendo a colocar nuestro vagón sobre las vías, la señora de la tienda se nos acercó y nos dijo al oído que era un buen chico y que no olvidásemos darle propina al final del viaje. El camino de vuelta fue tan placentero como el de ida, pero tardamos algo más ya que como he explicado antes, al estar de regreso, perdíamos preferencia y la pobre de nuestra vagoneta tuvo que ser desarmada y rearmada lo menos doce veces antes de llegar al final; ahora éramos nosotros los que nos dejábamos ver de pie junto a las vías esperando nuestro turno. Otra cosa que también nos demoró fue que la correa que ponía en marcha el motor se encasquillaba y a veces precisábamos la ayuda de los conductores de otros vagones con los que nos habíamos cruzado. Pero vamos, detalles como aquellos, más que empañar la ruta la hacían más amena, no teníamos ninguna prisa.

Mientras regresábamos, VHS se quejó de que la tupida vegetación que flanqueaba las vías durante casi todo el recorrido hacía muy difícil disfrutar del paisaje (o por lo menos hacerle unas buenas fotos), pero aunque le di la razón, a mí me pareció que también tenía su encanto. En una de las aldeas aminoramos la velocidad, y con el tren en marcha se montó y se sentó junto al conductor un niño (supusimos que su hijo) portando una bolsa con comida; el ratito que nos acompañó, se comió tan ricamente un cuenco de arroz. Finalmente llegamos al punto de partida, muy satisfechos con la experiencia, y cumplimos con los deseos de la señora de la tienda dando una propinilla al conductor, aunque tengo que decir que de todos modos se la hubiésemos dado igualmente :)

Norea nos estaba esperando, y antes de montar en el tuk-tuk, nos explicó un poquito la ruta del día. Como nos encontrábamos al Sur de Battambang y lo que nos faltaba por ver estaba en el Norte de la ciudad, había planeado que al atravesarla viésemos un par de sitios curiosos de la capital y de paso hacer así algo de city-tour. Siempre y cuando estuviésemos de acuerdo, claro. A nosotros nos pareció una excelente idea, yo a Norea ya se lo dije en varias ocasiones, que el profesional era él y que estábamos abiertos a todas las propuestas y sugerencias que se le ocurriesen.

Cada vez que pasábamos por alguna aldea, era raro que no apareciese ningún niño a saludar nada más vernos pasar. Algunos hasta daban saltos y cabriolas, je, je, je. También vimos otros chavales en bici, más mayorcitos, que supusimos estaban saliendo del cole. Una vez en el casco urbano de Battambang, nos detuvimos en una fábrica. El logotipo que había en su pared no daba lugar a equívocos: era de Pepsi. Nos enteramos de una historia muy curiosa relacionada con la factoría, resulta que en Camboya Coca Cola tenía acordado un monopolio con el gobierno y no se podía comercializar otro marca; aquello no supuso ninguna traba para que Pepsi construyese una fábrica en Battambang donde embotellar la bebida que vendería a otros países de la zona como por ejemplo Tailandia. Cuando llegaron los jemeres rojos, Pepsi abortó la producción, huyó el país y obviamente abandonó la factoría. Dicen que aún hoy se puede ver parte de la maquinaria y los envases tal y como los dejaron en los 70, lástima no haberlo sabido antes porque igual hubiésemos entrado a husmear.

La sensación que nos estaba dejando Battambang por el momento, difería mucho de la que nos llevamos el día anterior. En ningún momento vimos nada que nos dejara con la boca abierta o que recomendásemos visitar encarecidamente, pero el paseo nos estaba encantando. No sé, quizá fue la mezcla de varios factores, pero empezábamos a alegrarnos de haber ido hasta allí. Norea nos mostró un estrecho y antiguo puente sobre el río Sangker por el que sólo podían pasar bicis y peatones. También nos acercó a un palacio protegido por un alto muro rojizo cuya única puerta estaba cerrada a cal y canto y apenas dejaba ver lo que había tras de sí, aunque algo pudimos captar.

El edificio amarillo que veis en la foto es lo que había detrás. Creo que era el Palacio del Gobierno Provincial, pero si no estoy en lo cierto por favor indicadlo en los comentarios ;) Lo que sí que pudimos ver y fotografiar sin problemas fueron los cañones y esculturas mitológicas protectoras que había fuera, así como los relieves que decoraban el frontón de la puerta del muro.

A lo largo del día íbamos entendiendo por qué Battambang es la segunda capital del país; no importa que su centro urbano sea en apariencia más insignificante que el de mi pueblo que ya es decir, ya que al vivir casi todo el mundo en el campo, su población total es muchísimo mayor de lo que cabría esperar. Eso sin mencionar que la ciudad es bastante más grande de lo que parece a primera vista, puesto que cuando te crees que se ha terminado, vuelve a empezar una y otra vez. En resumen, bonita y armónica no; interesante sí. Por lo menos para mi gusto y el de mis amigos.

Como bien sugieren las fotos que hay sobre estas líneas, olvidaos de la idea que nos llevamos al llegar acerca de una población con sucias calles de tierra sin aceras. Cuando comparo nuestra primera impresión con esta segunda, a veces pienso en dos ciudades diferentes (eso, o que el taxista nos llevó a la calle más cutre de Battambang xD). Lo que no se puede decir es que hubiese una unidad arquitectónica en la ciudad, puesto que convivían en ella las casas propias del estilo colonial francés (muy deterioradas en la mayoría de los casos) con otras más nuevas que intentaban imitarlas sin éxito. Y eso sin mencionar las viviendas de madera que proliferaban a las orillas del río y por supuesto en el campo.

¿Veis los cables de alta tensión? Fueron una constante en todos los sitios donde estuvimos en Camboya, y también en Bangkok. Mucha gente se escandaliza al verlos, aparte de por estropearles la foto, por razones de seguridad y esas cosas. Yo no voy a discutir ninguno de los dos motivos, pero me hace gracia el tema porque en un país tan al día con es Japón, te los encuentras exactamente igual, a la vista y por todas partes. Supongo que será algo muy habitual en Asia.

También llamó mucho nuestra atención ver por todas partes recintos dedicados al culto o al menos es lo que aparentaban. Normalmente los pasábamos de largo, pero cuando ya estábamos saliendo de la ciudad por su lado Noreste, nos paramos en uno llamado Wat Somrong Knong. A simple vista, su aspecto no llamó nuestra atención más que los otros templos que habíamos pasado de largo esa misma mañana, pero el lugar en el que nos encontrábamos fue un importante escenario de la historia reciente de Battambang y sólo por esa razón su visita ya estaba más que justificada.

Nuestro primer impulso fue dirigir nuestra mirada hacia un llamativo edificio que estaban construyendo sobre un promontorio (como podéis ver en la foto ya estaba casi acabado). Pero Norea reclamó nuestra atención, y por primera vez durante el tiempo que compartiríamos con él, dejó de limitarse a ser un tuktukero para convertirse en un excelente guía, explicándonos de un modo muy ameno la historia del templo. Nos contó que el edificio de escasa altura que había frente al que estaban construyendo (la primera de las fotos que veis abajo de estas líneas) era el templo original. Durante la revolución Khmer Rouge se clausuraron los templos, y el Wat Somrong Knong se convirtió en una improvisada cárcel para los enemigos del régimen, que no eran criminales ni prisioneros de guerra, sino simples ciudadanos sospechosos de haber cometido crímenes tan atroces como pretender leer y escribir.

Los terrenos del templo a su vez fueron utilizados como campos de exterminio donde murieron más de diez mil personas de modos tan espeluznantes como la mordedura de serpientes venenosas. Es por eso que hoy en día el lugar se está rehabilitando como homenaje a las víctimas. Lo que nosotros vimos fue una heterogénea mezcla de dispares elementos, algunos antiguos, otros más o menos nuevos. Allí tuvimos nuestra primera toma de contacto con las naga, mitológicas serpientes de origen hindú y que veríamos una y otra vez en las barandillas de muchos templos camboyanos.

Mientras mis amigos se recreaban por los rincones del recinto (estábamos completamente solos, por cierto), Norea me recomendó seguir un caminito que aparecía entre el templo principal y el nuevo que estaban construyendo. No le entendí muy bien que se supone que había al otro lado, pero confiando en su buen criterio, acepté su recomendación y fui a echar un vistazo. 

Me encontré una charca con marrones aguas estancadas rodeada de exuberante vegetación, y al fondo del camino pude ver unos monjes paseando. Iba a ir tras ellos, pero de repente apareció ladrando un perro pulgoso que no tenía pinta de ser muy fiero, pero a mí la verdad es que no me apetecía nada probar si las mordeduras de perro khmer dolían o no, así que volví sobre mis pasos. Al contarle a Norea que no había pasado de la charca por culpa del perro, se empezó a reír simpáticamente y nos hizo montar en el tuk-tuk para llevarnos él mismo hasta allí.

Un par de vacas custodiaban plácidamente el monumento conocido como The Well of Shadows. Se trata de una estructura conmemorativa rellena de cráneos y huesos de las víctimas de los jemeres rojos similar a otras que hay en el país (como la que veríamos al día siguiente), siendo éstos visibles a través de una vitrina de cristal. Además, en su base, sobre dos frisos se sucedía una serie de relieves y textos (en inglés) que mostraban de un modo muy claro cómo la población de Battambang fue expulsada de la ciudad para establecerse en el campo y una vez allí obligada a trabajar cultivando arroz hasta desfallecer; eso como introducción, porque el verdadero tema a reflejar fueron las torturas y asesinatos sufridos por los que se consideraban peligrosos o poco útiles al régimen. Nos quedamos todos sin palabras ante las aberraciones que fueron capaces de cometer contra su misma gente a finales del mismísimo siglo veinte. Huelga decir que a quien vaya a estar por la zona le recomiendo ir a ver el monumento; además la visita es gratuita.

Como detalle simpático, me gustaría comentar que las vacas habían dejado varios regalitos por el suelo; Norea estuvo a punto de pisar con sus chanclas una caca enorme, y le advertí con el ánimo de evitarlo. Entonces, con una sonrisa pícara, me dijo que gracias pero que no había problema y me invitó a pisar la inmensa mierda que había en el suelo. Yo que como he dicho antes confiaba mucho en él, lo hice no sin ciertas dudas (¡llevaba mis zapatillas nuevas!) y ante mi asombro, mi pie rebotó como si intentase pisar una rueda de caucho. Que alguien me lo explique por favor ;)

Nos fuimos de allí muy agradecidos con Norea por haberse desviado de la ruta y llevarnos a conocer Wat Somrong Knong. Nos metimos otra vez en el tuk-tuk dispuestos a seguir viendo cosas, pero al poco rato nos volvimos a parar otra vez. Bajo el típico tejado de paja al que ya nos estábamos acostumbrado, un hombre y una mujer manipulaban unos tubos cortos hechos de caña de bambú. Norea les compró uno y nos lo regaló. Según nos explicó, era un tentempié muy típico de allí compuesto de una pasta dulce de arroz y judías con leche de coco. La pasta se prensaba bien dentro del tubo, y se ponía junto al fuego para terminarse de cocinar.

Luego el tubo había que deshojarlo, para poder liberar su contenido. Aunque no nos pareció algo sublime, a los cuatro nos gustó bastante su curioso sabor ahumado; al que más, a Calvin, que se zampó medio él solo. Antes de arrancar otra vez, Norea nos advirtió que en breve haría muy mal olor porque estábamos a punto de llegar al la lonja del pescado. Menos mal que lo hizo porque como ya sabe la gente que me conoce, yo no puedo con su olor ni con su sabor, así que me fui mentalizando antes de llegar.

Una vez llegamos al río, vimos una barquita de pescadores que nos advertía que ya casi estábamos; y efectivamente, así fue, en el acto cruzamos un puente y nos vimos envueltos de un nauseabundo olor (Eduefe tenía ganas de almorzar, para mí que se le quitaron xD). Es una pena a mí me de tanto asco el pescado, porque era muy interesante ver el modo tan poco austero con el que lo trabajaban. Por lo que pudimos apreciar, en el sitio donde estábamos lo que principalmente hacían era desecarlo al sol.

A Norea tampoco le gustaba mucho el pestuzo, así que él mismo, con una mueca en la cara, fue el que nos invitó a irnos y volvió a poner el tuk-tuk en marcha. Vimos un cartel que entendimos como el límite de la ciudad de Battambang, pero fue girar la curva, y se llamase como se llamase, la ciudad seguía. Vale que no eran casas de ladrillo, pero seguía habiendo vecindarios con sus comercios y por supuesto gente yendo de un lado a otro con sus vehículos de dos ruedas. Nos bastó esa mañana para empezar a ver normal que la gente hablase por el móvil mientras montaba en bicicleta, o que fueran tres o cuatro personas en una misma moto.

Cuanto más nos alejábamos del centro de Battambang, más exótico se volvía todo, pero las casas no dejaban de aparecer continuamente. A partir de cierto momento, la carretera se estrechó y empezó a discurrir junto al curso de un río más modesto que el Sangker; resultaba muy curioso fijarse en las aldeas que aparecían en su ribera y las que preferían en cambio asentarse junto al camino. De tanto en tanto, un rudimentario puentecillo unía unas con otras.

Finalmente, llegamos a nuestro destino, Prasat Ek Phnom. Teníamos entendido que era un templo de estilo Angkor (preludio de los que visitaríamos unos días más tarde en Siem Reap). Pero el colorido edificio que teníamos delante nuestro distaba mucho de ser unas ruinas con mil años de antigüedad. Norea nos lo aclaró rápidamente, ya que al igual que sucedía en Wat Somrong Knong, se había construído un templo nuevo reciente al margen del antiguo. También nos comentó que si queríamos rodear las ruinas no se pagaba entrada, pero en caso de acceder a ellas, tendríamos que abonar dos dólares por persona.

Decidimos ir directamente hacia las ruinas y dejar para después tanto el templo nuevo, como una gran estatua de Buda que había a un lado y cuya base invitaba a entrar en su interior. En un tenderete pagamos el derecho a entrar, y tomaron nota de nuestro nombre y nacionalidad. Al final del camino, por fin apareció aquello que estábamos esperando y que suponía el primer aperitivo de la razón principal por la que estábamos en Camboya: sería nuestro primer contacto con Angkor, aún estando a casi doscientos kilómetros de distancia . Y no nos defraudó en absoluto ;)

Sííííííííí, vale que estaba todo muy hecho polvo, pero… ¿y qué? A veces merece más la pena ver un edificio parcialmente derruido que otro vuelto a levantar artificialmente. Como todo el mundo que haya estado en Siem Reap y Battambang os dirá, es muy importante empezar por aquí la visita y acabarla en el mismo Angkor, ya que en caso contrario ejemplares como el que ahora nos ocupa se pueden quedar en muy poquita cosa. Pero como para nosotros era el primero, no teníamos nada con qué compararlo y estábamos encantados. Como es habitual en los templos khmer, tenía una charca al lado; en su cultura era muy importante el agua y lo veríamos elevado a su máxima expresión más avanzado el viaje.

No había más turistas que nosotros; estábamos a solas ante una maravilla que tan sólo tuvimos que compartir con los tendederos de un par de puestos, con las vacas, y un grupo de encantadores pilletes de los que os voy a hablar a continuación. De entrada no sabíamos cómo acceder a las ruinas, puesto que en ningún momento vimos ninguna puerta de acceso, así que las tuvimos que rodear. Al llegar al otro extremo, un portal hecho pedazos adornado con banderas ya nos invitaba a hacerlo, eso sí, saltando por encima de los cascotes que había en el suelo. Y en eso que aparecieron de la nada nuestros nuevos amiguitos.

Un grupo de sonrientes niños de varias edades vinieron a darnos la bienvenida, y ya de paso, a quedarse con nosotros durante toda la visita. Hay que reconocer que su presencia, además de simpática, venía muy bien para saber que estábamos pisando por donde debíamos, pero, por otro lado, se hacía muy incómodo tenerlos revoloteando todo el rato a nuestro alrededor. Con gran pena por mi parte le di un manotazo involuntario a uno de los más pequeños en un momento en el que perdí ligeramente el equilibrio y me giré bruscamente mientras el pobre pasaba a mi lado; menos mal que para mi alivio el pobre ni se inmutó.

A los dos minutos ya empezaron a hablarnos. El que más el que menos, casi todos chapurreaban algo de inglés, y a los sencillos “hello!” acompañaban algunos “where are you from?”. Entonces, uno de ellos, me dijo algo así como “plisuandolaaaa!”. Yo le sonreí y seguí a mi rollo sin imaginarme qué me había dicho, en eso pude ver cómo a mis amigos les estaban cantando lo mismo: “plisuandolaaaa!” “plisuandolaaaa!” con carita de angelitos que nunca habían roto un plato. Entonces llegó una niña, con pintas de ser la jefecilla (o al menos la más espabilada) y dijo bien claro con un semblante menos inocente: “Please one dollar!”. ¡¡¡Demonio!!! Los niños nos estaban pidiendo dinero. Nos miramos entre nosotros y negamos con la cabeza. Una cosa era gratificar del único modo que supimos a la niña que se había tomado las molestias de enseñarnos las fábricas de ladrillo y aún así tuvimos nuestras dudas, pero esto era mendicidad y nos negamos en rendondo a seguirles el juego. A partir de ahí, cada vez que nos pedían el dichoso dólar, les decíamos “No, I’m sorry” con la mejor de nuestras sonrisas.

Nota: a raíz de enterarnos que querían dinero intentamos evitar enfocarlos con la cámara, pero como siempre los teníamos en medio, resultaba muy difícil sacar fotografías sin que saliesen ellos. No sé si nuestra actitud fue la más correcta, era la primera vez que nos encontrábamos ante una situación así y nos hubiese venido muy bien saber qué es lo que hay que hacer en este tipo de casos.

¡Hay que ver lo que dio de sí la visita a pesar del deterioro en el que se encontraba sumido el templo! Entre el altar budista en activo que había dentro, la gatita que nos encontramos, las columnas que componían los barrotes de las ventanas, y los fantásticos relieves que seguían casi intactos a pesar del paso del tiempo, nuestras cámaras tuvieron que hacer horas extras. ¡Pero si hasta les hicimos fotos a los añadidos posteriores! ¡¡Y a los cubos de basura!! (creo que a estas alturas ya es inútil decir que nos encantó).

 Cuando hubimos amortizado hasta el último céntimo (¿o se dice centavo?) de los míseros dos dólares que habíamos pagado por entrar para ver cuatro piedras, nos fuimos por fin a visitar los dos edificios más modernos (y con los niños detrás, parecíamos flautistas de Hamelin). Aunque también nos gustaron, casi mejor que los hubiésemos visto al principio, porque claro, después de la maravilla que habíamos dejado atrás, no nos sorprendieron nada. Así que si vais ya sabéis, entrad primero en los nuevos y dejaos el antiguo para el final. Como eran recintos budistas en activo, para entrar nos tuvimos que descalzar.

Tengo que comentar que el anillo de hoja que me había regalado Juo por la mañana se me desmontaba cada dos por tres y me molestaba. No sabía qué hacer con él, hasta que vi a mi lado a la niña con la que más había tenido trato (por lo menos no se limitaba al “plisuandola” que ya nos estaba sacando de quicio) y se me ocurrió regalárselo. La cara se le iluminó, se lo puso y se fue no sin antes soltar un tímido “Thank you!”. Fuimos a buscar a Norea y le dijimos que ya estábamos listos para volver. Le preguntamos si la vuelta iba a ser por el mismo camino que tanto nos había gustado a la ida, y cuando nos dijo que sí, preparamos las cámaras para no perdernos detalle.

Pero (por suerte) no terminó la excursión ahí. El bueno de Norea nos pidió permiso para hacer una parada a medio camino, y por supuesto se lo concedimos. Lo que vimos tal vez nos lo hubiésemos esperado de haber leído antes alguna guía de viaje, pero como íbamos a pelo, fue una agradable sorpresa. Entramos en una casa donde estaban secando al sol como una especie de obleas. En el porche una mujer que terminaba de tener un bebé, estaba tumbada en una tarima y columpiaba a su hijo que estaba durmiendo sobre la típica hamaca de las que se cuelgan entre dos árboles o postes, tirando para ello de una cuerda. ¡Ay! ¡que me voy por las ramas! Nos llevaron a la cocina y nos mostraron esto que veis en las fotos.

La interpretación es muy sencilla: calentando al vapor una fina pasta de arroz, preparaban unas tortitas que luego se colocaban en una rejilla de bambú; una vez secas, se convertían en las obleas que he comentado antes y que se utilizaban principalmente para confeccionar los rollitos de primavera. Curioso, ¿verdad? Pues al igual que vimos con la fábrica de ladrillos, como combustible usaban salvado y paja de arroz, para luego arrojar las cenizas resultantes al arrozal con el fin de abonarlo. Es decir, que se aprovechaba absolutamente todo.

Como ya habíamos terminado con las visitas y era la hora de comer, le dijimos a Norea que nos dejase en algún restaurante bueno, bonito y barato del centro de Battambang que luego ya volveríamos al hotel a pie. Primero nos llevó a los embarcaderos de donde salían los barcos a Siem Reap para comprar los billetes que nos costaron $20 por barba; allí nos dijeron que el río estaba muy alto y el barco no cabía debajo de los puentes, por lo que tendríamos que tomarlo al Norte de la ciudad, cerca de la pequeña lonja aquella del pescado que olía tan mal. Como Norea nos iba a llevar igualmente, no le dimos mucha importancia; lo que sí que nos dolió fue cuando nos confirmaron que el barco salía a las siete de la mañana. Ya en el centro, Norea se despidió de nosotros recordándonos que al día siguiente nos recogería tarde, a las once y media, y nos dejó en un local muy modesto llamado Smokin’ Pot. No era el colmo de la pulcritud, pero tampoco se puede decir que fuese sucio, y además la cocina estaba perfectamente visible para que nadie sospechase cosas raras. Nos dio por ponernos a pedir Fantas de sabores raros, pero para raro su color….

Por lo visto el control de colorantes en Camboya es inexistente…. Lo gracioso es que las bebidas las trajeron de la tienda de al lado. La comida estaba bastante rica, además Eduefe y yo probamos por primera vez el lemongrass en un plato de pollo (que luego había que mezclar con arroz blanco, algo que se estila mucho en Camboya) y aunque al principio se nos hacía un poco raro, la verdad es que nos lo comimos a gusto. Aunque el verdadero triunfador fue Calvin, que se metió entre pecho y espalda un Lok-Lak de pollo que ojalá nos hubiésemos pedido nosotros también porque fue una de las cosas más ricas que probamos por allí. A pesar de las tropecientasmil bebidas que nos trajeron, la comida nos salió por poco dinero, así que nos fuimos a un sitio que había cerca a celebrarlo tomándonos unos cafés y tés que nos diesen algo de vidilla.

Al salir a la calle el sol ya se estaba empezando a ocultar, pero el tráfico rodado no decrecía lo más mínimo, al contrario. Estuvimos deambulando por las calles comerciales del barrio francés, que sin parecernos exageradamente atractivas, constituyeron al menos un agradable paseo. En una tienda de móviles que tenía pinta de cutre no, lo siguiente, nos dio por entrar a ver si pillábamos alguna tarjeta prepago para llamar a la familia. Mientras Eduefe y VHS se peleaban con las dependientas para conseguirlo (la que hablaba inglés apenas se enteraba del rollo, y las que sí que tenían más dominio, el problema lo tenían con el idioma), Calvin y yo estábamos maravillados de ver cómo era posible que en semejante cuchitril vendiesen terminales tan avanzados como el último modelo del Sony Ericcson Arc, el Samsung Galaxy Nexus, el ya cansino iPhone 4S…. incluso el Nokia N9, que a día de hoy ni tan siquiera se vende en España. Además, al cambio salían a buen precio ;)

Finalmente consiguieron las tarjetas que querían, aprovecharon para meterles algo de saldo, y nos fuimos de paseo otra vez. Oímos un gran estruendo, que venía de un restaurante semicubierto, y al ver las banderolas y guirnaldas de colorines junto a una gran foto de un chico y una chica que había fuera, deducimos que estaban celebrando una boda. Cada vez nos sorprendía menos ver motos por doquier, pero eso sí, seguíamos sin pillarle el truco a cruzar aquellas transitadas calles sin semáforos ni señales de tráfico.

Tan pronto anocheció nos fuimos al hotel, y cuando estábamos llegando, nos cruzamos con nuestro vecino el francés. Antes de que abriésemos la boca, nos dijo en perfecto castellano y con acento andaluz: “¡¡Holaaaa!! ¿Qué tal todo? Yo estoy muerto de tanto subir y bajar escaleras, luego nos vemos”. El estaría muerto de subir y bajar, pero muertos nos quedamos nosotros al oírle, ja, ja, ja, ja…. ¡Un momento! Entonces eso quiere decir que las burradas que soltamos el día anterior  cuando lo tuvimos al lado las entendió todas…. ay, ay, ay, eso nos pasa por confiados.

¿Qué podíamos hacer más que reírnos ante la anécdota? Cuando llegamos al hotel el dueño nos recibió con una gran alegría, interesándose por nuestra actividad del día como lo haría un familiar querido. En las mesas que había junto a la piscina pudimos ver que mucha actividad, estaba casi todo el mundo cenando, incluida una pareja de recién llegados. A mí me dieron un poco de grima, iban vestidos de un rollo aventurero-enrollado-perosoymáspijoquesnoopy que a sus cuarentaymuchos no les pegaba ni con cola. Especialmente a él, con aquel turbante apretándole los rizos que le sobresalían por encima y aquella cada de todomedaasco. No suelo criticar a nadie por su apariencia, pero esta vez me permito el lujo de hacerlo por algo que ya leeréis.

Otra vez nos pasó que el padre del dueño insistía en acompañarnos a nuestras casitas con la linterna, y otra vez le tuvimos que decir que por favor se ahorrase la molestia. Era un amor de hombre. La piscina nos llamaba a gritos, así que poco tardamos en ponernos los trajes de baño y entrar en acción. Serían como las siete de la tarde más o menos. Una vez en el agua, nos abstuvimos de hacer el ganso, o al menos en voz alta, primera por respeto a quienes estaban cenando, y segunda porque ahora que sabíamos que por lo menos uno nos entendía…. mejor dejarnos de gracias. En eso se fue la luz.

Como ya os comenté, la iluminación del hotel era muy tenue, por no decir que casi inexistente, por lo que tampoco fue un drama; al contrario, a la gente que estaba cenando les pusieron velas y puede que hasta salieran ganando. Nosotros, por nuestra cuenta, pudimos disfrutar de un cielo estrellado alucinante mientras estábamos a remojo. La pena fue cuando a los del hotel de al lado les dio por enchufar el generador; entre la luz de su fachada y el ruído que hacía éste nos arruinaron el momento, así que volvimos a nuestras gracias de siempre aunque sin levantar la voz ni hacernos notar en ningún momento. Bueno sí, a VHS se le escaparon unas risotadas porque Eduefe conoce su punto débil y sabe cómo hacerle reír, pero vamos, nada que se pudiese catalogar de escandaloso.

¿Recordáis a la pareja aquella de enrollados que os comentaba antes hacían su debut en el hotel? Pues el “señor” del turbante y los rizos estaba en recepción quejándose enérgicamente por el corte de luz. Entiendo que a cualquiera le pudiera fastidiar más o menos, pero en fin…. ¡estábamos en Camboya! ¿qué gaitas se esperaba? Y más sabiendo que el apagón era general, no solamente nuestro… ¿Acaso no habían visto el hotel de al lado y la calle? Comentamos lo desproporcionado de su reacción, y cuando estábamos hablando de que a nosotros no nos afectaría apenas que no volviese la luz en toda la noche, alguien tuvo que soltar la gracia: “Chicos, más os vale tener la batería de la cámara cargada, porque la mía está agonizando ya…”. ¡Ay! que no habíamos contado con aquel detalle… ¿y ahora qué?

Justo cuando ya nos estábamos cansando de estar a remojo, volvió la luz, así que corrimos a cargar nuestras cámaras (por lo que pudiera pasar) y nos dimos una ducha. Luego nos fuimos a la zona de las mesas y cenamos tan plácidamente como sucediese con el resto de comidas que estábamos teniendo en aquel hotel. Después de cenar, nos quedamos un rato donde las hamacas charlando en voz baja a la luz de las velas que nos trajo el entrañable padre, y a eso de las diez ya nos estábamos acostando muy felices con la vida, y sobre todo, muy satisfechos de haber ido a Battambang. Porque sí, mereció la pena ir.

PD: apuntaos el enlace del blog del Battambang Buzz. Es la típica revista gratuita del qué, cómo y cuándo que siempre nos hace el apaño cuando estamos de vacaciones y que se podía obtener en algunos puntos de la ciudad.

Operación Apsara (IV): Niñoooooo… ¿dónde nos has traído?

Etiquetas

, , , , , , , , , ,

Me desperté y en el acto se me abrieron los ojos como platos. Miré el reloj y vi que no eran ni las tres de la madrugada. Habría dormido como una o dos horas. Intenté volverme a dormir, pero nada, no había manera. Tal vez los cafés de la tarde, el Red Bull del frasquito, el jet-lag, la preocupación de haber perdido la foto de carnet, o todo junto, yo qué sé, me desvelaron y no me permitieron seguir durmiendo. Tras dar mil vueltas a la cama y pasar el tiempo leeeeentamente, volví a aferrarme a la conexión Wifi de mi smpartphone a ver si aclaraba lo de los fotomatones y me iba más tranquilo. Tras buscar, buscar, buscar, buscar y las horas pasar, lo único que saqué en claro fue que había alguno en el MBK, pero no me servían porque cuando abriesen el centro comercial ya estaríamos en Suvarnabhumi, y en el mismo aeropuerto también, pero ojo, sólo en la zona de llegadas para los pasajeros cuya nacionalidad o plan de viaje les requiriese alguna foto para el visado tailandés; pero en la zona de salidas, no. Así que mis opciones eran dos: o fortuitamente me encontraba con uno, o directamente asumía el riesgo de ver qué pasaría al intentar entrar en Camboya sin la foto a sabiendas de que a otras personas no les había costado más que dos dólares americanos. Lástima que el horario de salida del vuelo no me permitiese ir a cualquier estudio a sacármelas y quedarme más tranquilo.

¿Sabéis que suele suceder al final de una noche de insomnio? Un gallifante para quien pensó que dormirse justo un rato antes de la hora en la que te tienes que levantar, porque eso es lo que me pasó. Os podréis imaginar mi careto durante el desayuno, y las pocas ganas con la que me llevé la comida a la boca. Cuando bajamos con todos los trastos dispuestos a hacer el check-out, el personal del hotel cumplió con su palabra y se hizo cargo de nuestro equipaje. En un cuartito que había frente a recepción, ataron las maletas juntas y les pusieron un número identificatorio, mientras que a nosotros nos dieron un resguardo para poderlas reclamar a nuestro regreso.

Nos fuimos cargados con nuestras mochilas hacia el BTS y le dijimos un hasta luego al que fue nuestro barrio durante dos días. Mientras estábamos en el andén esperando, me dio por echar un vistazo a lo lejos, en dirección hacia donde habíamos estado paseando la mañana anterior, y me llevé la grata sorpresa de que desde allí se divisaba perfectamente la Bank of Asia Tower, así que no dudé en hacerle una foto.

Para poder ver el robot de frente y en todo su esplendor, yo calculo que por situación desde los hoteles Sofitel Silom o Narai habrá una buena vista, siempre y cuando nada se interponga en la perspectiva, claro está ;)

Recorrimos con el BTS el camino inverso al del día en el que llegamos, Chong Nonsi – Siam con la línea Silom y Siam – Phaya Thai con la Sukhumvit. De nuevo, el transbordo lo hicimos saltando de un tren al otro limitándonos a cruzar el andén central; como ya dije es muy ingenioso, la estación Siam está compuesta de dos niveles, y en lugar de disponer la línea Sukhumvit en uno y la Silom en el otro como se suele hacer en casi todas partes, combinaron ambas en los dos para que los transbordos más típicos entre estas fuesen más rápidos. Lo dicho: si alguien quiere que se lo explique más detalladamente, yo encantado ;)

Una vez en el Rail Link, nos metimos en la estación buscando las indicaciones de la Express Line y enseñamos el billete de cartón que nos dieron para justificar la vuelta (que se tiene que completar catorce días después de la ida a más tardar). Calvin había perdido el suyo, por lo que le tocó pagar 90฿ para poder usar el tren. En un rato de nada llegamos al aeropuerto de Suvarnabhumi (aunque hubo tiempo más que suficiente para que Calvin encontrase su billete, a buenas horas…), y nos fuimos a los mostradores de la Bangkok Airways para cerrar el check-in de nuestro vuelo a Siem Reap.

Aunque Siem Reap está muy cerca de Bangkok, teníamos que salir del país y por lo tanto pasar por los farragosos controles de pasaportes donde como me siempre nos tocó un funcionario que no nos dio ni los buenos días. Pero me fijé en la cara de éste, y al menos no me pareció verle ese típico gesto de mala leche que te dice que a la mínima que hagas te deporto.

Dadas las dimensiones del aeropuerto, tardamos bastante en llegar a nuestra zona de embarque, la C, menos mal que había cintas transportadoras cada dos por tres que algo ayudaron. Al llegar allí nos entró curiosidad por la Boutique Room, una sala exclusiva para los pasajeros de Bangkok Airways y a la que pueden acceder incluso quienes viajan(viajamos) en clase turista. Lo malo es que nos dijeron que estaba en la zona A, y tampoco faltaba tanto para la salida del vuelo como para andar trotando de un lado a otro; lo bueno, en compensación, es que descubrimos un pasillo donde había un montón de comodísimos sillones abatibles y Wifi gratis donde por supuesto y sin dudarlo nos quedamos. Creo que esa zona estaba patrocinada por la Thai, pero como era de libre acceso y nadie nos preguntó con quién volábamos, allí nos quedamos hasta la hora de embarcar.

Nos llevaron en jardinera, y aunque salimos a nuestra hora, tardamos mucho en despegar porque había una enorme cola para salir. A mí todavía me impresiona recordar aquella decena o quincena de aeronaves alineadas esperando que les diesen la vez para poder despegar. El avión, de entrada, nos pareció correcto sin más (aunque la colorida decoración del fuselaje nos gustó mucho), pero una vez ocupamos nuestras butacas, nos reconfortó ver que además de cómodas, proporcionaban un generoso espacio entre la nuestra y la anterior.

La diversión la tuvimos ya en el aire, con las azafatas practicando el lanzamiento olímpico de caja de almuerzo. Me explico: resulta que en todos los vuelos de Bangkok Airways se incluye una comida, pero el nuestro era de tan sólo 45 minutos de duración; como se supone que las bandejas auxiliares tenían que estar plegadas durante el despegue y el aterrizaje, imaginaos el poco tiempo del que disponían las pobres para servirnos, ofrecer café y luego recoger. Para que todo fuese más sencillo, todo iba dentro de una caja de cartón, por lo que en el preciso instante en el que se apagaba la luz de los cinturones de seguridad, las azafatas aparecían con el carrito a toda leche dispuestas a entregarlas…. casi se podía oír el ZAS!, ZAS!, ZAS!, ZAS! de los lanzamientos hasta que terminaron (en menos de dos minutos, tiempo record) y así poder empezar a correr con las jarras de café y té en la mano al grito de Coffee?Coffee?Coffee?Coffee?Coffee? y claro, cuando les decías que Yes!  ya las tenías a las pobres en la otra punta del avión, ja, ja, ja!

Aprovecho los escasos minutos de vuelo para hablar de un modo muy breve y superficial de algo que sucedió durante la historia reciente de Camboya y que así quien no la conozca pueda entender lo que vimos y sentimos allí. Allá vamos: tras varios años de dictadura promovida por los Estados Unidos de América (país que además bombardeó la franja oriental del país por durante la Guerra de Vietnam), surgió una guerrilla de corte comunista llamada Khmer Rouge. Su resistencia al régimen provocó una guerra civil y en 1975 los jemeres rojos se hicieron con el control de Phnom Penh, y desde allí el resto del país hasta que el ejército del Vietnam les expulsó del poder a finales de la década. Con una gran violencia y cuestionables medios, expulsaron a la gente de las ciudades obligándoles a establecerse en el campo y trabajar en é hasta desfallecer. El dinero y la cultura fueron abolidos, y además una cuarta parte de la población del país, torturada y asesinada, especialmente todo aquel que fuese intelectual o aparentarse serlo. Hoy, treinta años después, el modo de vida que impera en Camboya sigue siendo una consecuencia de aquello, y casi todo el mundo vive en el campo. Además, no hay que olvidar la que posiblemente sea la más terrible herencia que dejase el régimen, las minas antipersona con las que sembraron casi todo el país y que muchas de ellas siguen sin desactivar hoy en día. Os animo a que leais información más detallada sobre lo que sucedió.

Aclarado el trasfondo histórico y social, también me gustaría hablar de tres factores que condicionaron en mayor o menor medida nuestra estancia en Camboya. Por un lado, el tema de los tuk-tuk. Aunque en Bangkok por lo general no son muy recomendables, una vez se sale de allí (aunque haya de todo y no esté bien generalizar) los tuktukeros suelen ser gente bastante honrada, y según en qué sitios, sus servicios pueden ser la más placentera forma de desplazarse y cumplir con las visitas de turno. Nosotros, no recuerdo ya cómo, cuando sólo teníamos previsto ir a Siem Reap, mucho antes del viaje nos pusimos en contacto con uno de ellos para averiguar precios, y como sus propuestas nos parecieron razonables, decidimos no calentarnos la cabeza y que fuese él quien nos llevase a las ruinas de Angkor. Cuando cambiamos de planes y le dijimos que íbamos a ir primero a Battambang, nuestro contacto se ofreció a conseguirnos un taxi para ir hasta allí, y de paso buscarnos otro tuktukero para que se encargase de nuestras visitas. Por lo visto es un personaje bastante conocido en Siem Reap, se llama Same Sa Vat y si queréis echar un vistazo a su web, os dejo el enlace.

Lo segundo que me gustaría aclarar es que, como ya se explicó en la introducción, nuestra escapada de tres noches a Battambang fue un añadido de última hora y quitando los consejos que me había dado mi amiga Livia (quien estuvo allí justo un mes antes) como los de Guillermo y Diana que fueron hace ya casi tres años, prácticamente íbamos a ciegas y sin saber con qué nos íbamos a encontrar; tan sólo, que la ciudad era la segunda capital del país, que por la zona había un par de sitios interesantes a visitar, y por último, que para volver a Siem Reap desde allí se nos aconsejaba hacerlo en barco por el lago Tonle Sap.

Por último, está el ya manido tema de las inundaciones. Porque sí, en Camboya también las hubo. Además, a diferencia del centro de Bangkok, a Siem Reap sí que llegaron y además sin contemplaciones. De nuevo mi amiga Livia me contó cómo fueron porque ella las vivió en primera persona, con el río desbordado y afectando al centro de la ciudad. Nuestro tuktukero nos aseguró que ya se habían repuesto de ellas, pero a mí me daba muy mala espina no tener apenas información, y finalmente, como acto preventivo, cancelé el agradable hotelito que teníamos confirmado en el centro y junto al río, para reservar otro en las afueras, a medio camino entre la ciudad y el aeropuerto.

¿Todo claro? Pues cuando nos quisimos dar cuenta, el avión empezó a descender, casi ni tuvimos tiempo de rellenar los impresos de inmigración ni yo de dar una muy necesitada cabezadita. VHS se horrorizó ante lo que vio por la ventanilla: otra vez hectáreas y más hectáreas anegadas por el agua. Yo le intenté tranquilizar diciéndole que era el lago Tonle Sap que estaba muy cerca, pero ella insistía en su preocupación porque dentro de las interminables zonas inundadas veía muchos árboles y casas. Yo le repliqué que igual eran arrozales, y además le señalé hacia el horizonte mostrándole el inmenso lago (que más que lago parecía mar al no divisarse su orilla opuesta) que se fusionaba con las zonas empantanadas que habíamos visto. Igual también intentaba tranquilizarme a mí mismo, no lo sé, pero esperaba que el tuktukero no me hubiese mentido.

Cuando faltaban escasos minutos para aterrizar, de repente todo apareció mucho más seco, ¡menos mal! Bueno, tengo que decir que volvimos a ver una gran concentración de agua pero era el Baray Occidental, una balsa que llevaba siglos allí (nada menos que desde los tiempos de esplendor de Angkor) y de la que ya conocíamos su existencia. Aterrizamos en un minúsculo aeropuerto con tan sólo un par de aviones aparcados y cuya terminal era un edificio de pequeñas dimensiones que simulaba la tradicional arquitectura camboyana; desde luego, nada que ver con el gigantesco caos de acero y cristal que habíamos dejado atrás en Suvarnabhumi.

Nada más entrar, nos condujeron a la sala de inmigración donde se preparaban los visados. Puede que nunca olvidemos la curiosa imagen que teníamos ante nosotros: los funcionarios encargados de los trámites, una docena (¿o acaso dos docenas?), estaban sentados uno al lado del otro, y cada vez que alguien les entregaba lo requerido (pasaporte, foto, la tasa y los formularios que se rellenan en el avión) al primer agente, este les pasaba el material a sus compañeros para que lo fueran revisando uno a uno y cada cual añadiendo lo que le correspondiese (la pegatina, el cuño, etc, etc).

Y llegó para mí la temida hora de la verdad. Tengo que decir que entre el no haber dormido apenas y el mal rollo que tenía por haber perdido la foto, estaba más tembloroso que un flan. Además tampoco me ayudaba a tranquilizarme que en la última renovación del pasaporte me hicieran tal chapuza al escanear y luego imprimir la foto que apenas se distinguen mis rasgos (sale muy oscura). Cuando me pidieron “twenty dollars, please”, les dije que no llevaba foto, y me contestaron “twenty-one dollars, please”. En eso que contesto “Excuse-me?”, a lo que me replicaron otra vez “twenty-one dollars, please”. La broma me costó un mísero dólar y la foto supongo que me la hicieron con la web-cam que tenía el último funcionario (en los mostradores de inmigración de Suvarnabhumi las tenían iguales). Y digo supongo porque tampoco es que me dijeran “estese usted quieto y mire al pajarito”, no. Eso sí, hasta que no me devolvieron el pasaporte con el visado debidamente adherido no me quedé tranquilo (y cuando hube pasado por el WC, ¡ya ni os cuento!).

Nos había dicho el tuktukero que al salir a la calle nos esperarían con un cartelito del mismo modo que hacen los touroperadores. Tenía curiosidad por saber qué pondría, y casi me meo de la risa cuando veo “THE FUNKY HOUSE”. Ja, ja, ja, como les di mi dirección de e-mail que empieza por thefunkyhouse, a pesar de conocer mi nombre, igual se pensaron que era una empresa o vaya uno a saber. Mis amigos se rieron bien a gusto.

El chico del cartelito era la mar de salao (como casi todos los tuktukeros que conoceríamos en Camboya) y me dijo que venía de parte de Same. Nos pidió que le acompañásemos, y nos dirigió al que iba a ser nuestro medio de transporte hasta Battambang: un Toyota Camry de un ambiguo color entre gris y marrón. Sí, ese, los que hayáis estado en Camboya lo recordaréis porque es EL COCHE. Ese que tiene todo el mundo.

El que veis en la foto va bien para que os hagáis una idea porque era exactamente igual al nuestro (sólo que íbamos en uno un poco más viejo y sucio). Nos presentaron a nuestro chófer, un hombre más mayor y menos dicharachero que el de antes, y que además apenas hablaba inglés. Cuando le dije cuál era nuestro hotel de Battambang, no pareció reconocerlo, así que tuve que mostrarle el bono para que lo viese escrito pero tras el careto de incomprensión que puso creo que fue peor el remedio que la enfermedad; casi me atrevería a decir que no era capaz de leer caracteres occidentales (lo digo sin ningún tipo de acritud, que conste). Me quedé un tanto intranquilo, ¿llegaríamos de nuestro hotel sin contratiempos?

Nos metimos en el coche no sin albergar ciertas dudas, pero aún así nos dejamos llevar. Eso sí, hay que reconocer que con todos sus achaques nos resultó bastante cómodo. Antes de que nadie me lo pregunte, quisiera aclarar que no se trataba de un taxi ni de un vehículo con licencia para el transporte de personas; es decir, era un turismo vulgar y corriente. El conductor con nosotros no hablaba, pero no se cortaba un duro en sacar el móvil cada dos por tres y hablar (en khmer por supuesto) mientras conducía. No pude evitar acordarme del penúltimo viaje de Livia, ja, ja, ja (mejor que os lo cuente ella misma xD).

Entre Siem Reap y Battambang habrá algo menos de cien kilómetros, pero entre ambas ciudades se suceden toda suerte de terrenos pantanosos alimentados por las aguas del grandísimo lago Tonle Sap y que hacen casi imposible la construcción de una carretera que atraviese la zona en línea recta; pues, en definitiva, tuvimos que tomar la nacional 6 con dirección a Poipet y la frontera con Tailandia, hasta llegar a Sisophon y allí cambiar a la nacional 5 con dirección a Phnom Penh. La broma suponía recorrer unos 170 kilómetros por unas carreteras muy básicas.

Al rato de ir en el coche, caímos en que en Camboya se conduce como en casi todo el mundo, nada de hacerlo a la inglesa como en Tailandia. Otra cosa en la que nos fijamos, era que por lo general, el límite de velocidad estaba fijado en sesenta kilómetros por hora, y nuestro conductor lo respetaba a pesar de que nos daba la sensación de ir más rápido; cuando digo que los respetaba, es porque eso marcaba el salpicadero, pero entonces llegó VHS que siempre pilla esos pequeños detalles que a los demás se nos escapan, y tras ver las reveladoras letras MPH, nos indicó que nuestro coche recorría millas a pesar de que en Camboya se haga sobre kilómetros. Con esa velocidad extra a la que íbamos, obviamente adelantábamos a todo el mundo: camiones, Toyotas Camry, autobuses, carros de bueyes, más Toyotas, bicicletas, motos, otro Toyota Camry más, tractores… y para ello, nuestro chófer, que sin despeinarse lo hacía hasta en las líneas continuas, daba dos toques de claxón para avisar de sus intenciones y quedarse con la conciencia tranquila.

He comentado los carros y tractores, ¿verdad? Se veían por todas partes. El paisaje, indudablemente rural (algo que sería una constante durante casi toda nuestra estancia en el país), se componía de interminables arrozales que estaban alimentados de las aguas del lago Tonle Sap; supusimos que eso era lo que habíamos visto desde el avión y que puso en alerta a VHS, así que alejamos definitivamente de nuestras cabezas la preocupación por las inundaciones. Cuando los cultivos lo permitían, el camino se veía salpicado de casas que aparecían una y otra vez a ambos lados de la carretera.

Por lo general, las viviendas que había junto a la carretera eran de dos pisos, y en la planta baja, que no solía tener paredes, disponían un tenderete para vender mercancía a sus vecinos o a quien pasase por la carretera: hortalizas, frutas, verduras, bebidas, papas, ropa, utensilios, tabaco…. ¡incluso teléfonos móviles! Además llamaban mucho la atención las destartaladas y descoloridas botellas de refresco de dos litros, que siempre estaban colocadas muy cerca de la calzada como si fueran un avituallamiento de la vuelta ciclista; cuando VHS se pudo fijar bien nos sacó (una vez más) de nuestro error: las botellas, lo que contenían era carburante.

¡Claro! Ya decía yo que no veía ninguna gasolinera. Por la carretera apenas había señales de tráfico, además de la mencionada limitación de no sobrepasar los 60 Km/h, tan sólo recuerdo haber visto la que en determinados momentos prohibía el uso del claxon (huelga decir que nuestro chófer se la pasaba por el arco del triunfo) o la que indicaba la presencia de bandas sonoras para invitarnos a reducir nuestra velocidad (sííííííí, ¡también nos daba igual! ¡qué más da un par de saltitos!). La gracia de esta última señal venía cuando había varios resaltos, por lo que indicaban el número de estos acompañado del signo “x” y el dibujo del mismo; visto de aquella manera, daba a entender que iba a aparecer una sucesión de ellos durante unos metros, pero no, en verdad estaban todos juntitos uno al lado del otro y al pasar por encima daba la misma sensación que al cruzarnos con las vías del ferrocarril. Y que conste que le pillamos el gustillo y todo, ¿eh?

Lo que sí se veía muy a menudo eran unos carteles con el lema Cambodia People’s Party, el nombre del partido que actualmente gobierna Camboya, y también uno muy curioso con una vela y algo escrito en khmer que por supuesto no teníamos ni jota de qué podía significar. Alguien (no voy a decir quién) supuso que igual indicaban la proximidad de un templo; claro, eso en España tendría una grandísima lógica, pero… ¿en Camboya? (vaaaale, ¡que allí se usa incienso y no velas!). ¡Por favor que nadie se tire de los pelos, que estábamos recién llegados y mal dormidos! Más adelante preguntaríamos por el cartel y nos aclararían que era el anagrama del principal partido de la oposición al gobierno. Pero que conste que ese alguien no fue nuestro conductor, porque no decía ni mu (para mí mejor porque iba a su lado y me pegué unas buenas y merecidas cabezaditas de tanto en tanto). Lo que sí se le oía a veces era un extraño sonido que hacía entre la lengua y los dientes, algo así como “tttttcccccchhhttt”. Lo repetía a menudo, y resultaba bastante curioso pero no molesto.

De tanto en tanto nos cruzábamos con controles policiales. Sólo los vimos ese día, supongo que serían debidos a que la frontera con Tailandia no quedaba muy lejos. Nosotros en el primero ya nos veíamos bajando del coche, mostrando los pasaportes y entregando el equipaje para que lo revolviesen y tal vez incluso confiscasen algo (creo que hemos visto muchas películas), pero nada de eso nos hizo falta, porque no sé quién pasaba más de quién, si ellos de nosotros o nuestro chófer de ellos. En más de una ocasión nos dieron el alto, y al verle el careto, nos hicieron el gesto de seguir con nuestro camino. Igual lo conocían… o eran primos xD

Llegando a Sisophon vimos uno de los pocos carteles de localización con el que nos toparíamos, indicando las direcciones a seguir para Poipet de frente, y Battambang y Phnom Penh a la izquierda (junto a otros nombres que ni me sonaban). Luego volvería a aparecer el mismo cartel pero sólo en caracteres khmer. Hablando de Sisophon, a mí me dio una sensación muy cutre y nada encantadora. Igual es porque no me gusta el campo ni los pueblos y ciudades (o lo que fuera aquello) de corte agrícola, lo siento, es algo muy cercano a mí y a lo que nunca le he encontrado el menor de atractivo. Para mí el rollo ese de la vida bucólica campestre es un cuento de los aburridos nobles del Rococó que ya no sabían en qué despilfarrarar el dinero del pueblo. ¡Hale, ya lo he dicho, acribilladme con vuestros negativos! Con estos pensamientos, a partir de aquel momento me asaltó una duda, y me vino a la cabeza que igual nos habíamos equivocado añadiendo a nuestra ruta los días que íbamos a pasar en Battambang. Creo que no fui el único que lo pensó, aunque mis amigos tuvieron la delicadeza de esperarse a llegar y ver antes de opinar públicamente.

En la misma población, hicimos una breve parada pero no para vaciar vejigas sino para recoger unos paquetes que nos estaban esperando; por lo visto aprovechaban las idas y venidas con gente de nuestro conductor para encargarle el traslado de varias cosas que no teníamos ni idea de lo que podrían ser. Una vez tomamos la carretera de Battambang y Phnom Penh, la nacional número cinco, se acabaron los arrozales y el paisaje cambió: ahora las casas se sucedían flanqueando la carretera de un modo casi constante, y se veían muchas motos, bicis y niños yendo al (o viniendo del) colegio.

A mí esta segunda mitad del viaje se me hizo más agradable, aunque seguía sin estar del todo convencido de nuestros planes inmediatos. Ya era demasiado tarde para pensar en ello, así que sólo nos quedaba llegar, ver y vence…. digoooo, llegar y pasarlo lo mejor posible, ¡que estábamos de vacaciones, coño! Cuanto más nos acercábamos a Battambang, menos espacio había entre las casas que, como he dicho antes, desde Sisophon nos acompañaron en todo momento; llegamos a comentar que si nos hubiésemos quedado tirados en el camino no habríamos tenido ningún problema en conseguir ayuda (por lo menos gasolina no nos iba a faltar, ja, ja, ja).

Puestecillos de venta y grandes carteles publicitarios dejaban ver que estábamos acercándonos a la ciudad (os recuerdo, la segunda capital de Camboya), pero lo que nosotros desconocíamos, pobres ignorantes, era que ya hacía un buen rato que habíamos entrado en ella. Yo me di cuenta cuando empezamos a ver las famosas rotondas de Battambang cuyo centro lo ocupan unas esculturas de arte hindú y que son uno de sus elementos más fotografiados.

Precisamente frente a una de dichas estatuas, paró el coche y vinieron a recoger aquellos fardos que nos endosaron en Sisophon. El conductor nos pidió que bajásemos (más con gestos que verbalmente), y yo recuerdo que al hacerlo pisé con mis chanclas sobre un suelo cubierto de sucia arena llena de espesas manchas de grasa. Llamadme tiquismiquis, vale, pero igual me había imaginado un suelo de asfalto, adoquines de piedra, o por lo menos con acera para peatones (huelga decir que ésta brillaba por su ausencia). Estábamos en una calle que como bien leí una vez (creo que en la web de mis amigos Guillermo y Diana) parecía la de un pueblo del Oeste, y para mí sin ningún tipo de atractivo. La primera impresión es la que cuenta, dicen, pero yo no me quería dar por vencido aún. A mis amigos mientras tanto se les había comido la lengua el gato, no soltaban prenda.

En eso, se nos acercó un chico joven de aspecto muy agradable luciendo una gran sonrisa en su rostro, y con un perfecto inglés se nos presentó como Norea (pronunciado “Nuria”), el contacto de Same en Battambang y quien nos tenía que llevar al hotel en su tuk-tuk. Creo que toooooooooooooooooodos respiramos aliviados al conocer al relevo de nuestro chófer, aunque hay que decir que al señor también le dimos su propinilla tras pagarle los $40 que nos había costado la carrera (sí, tan sólo cuarenta dólares en total por llevarnos a 170 kilómetros de donde nos había recogido).

Nos metimos los cuatro en el tuk-tuk (dos detrás y dos delante) y con la ayuda de Norea que demostró estar más que acostumbrado en aquellos menesteres, nos las apañamos para que las mochilas cupiesen también sin molestarnos en demasía. Lo primero que le dije a Norea fue preguntarle si conocía nuestro hotel, y él asintió y arrancó el tuk-tuk para ir hacia allá. ¡Bien! Un problema menos.

En un par de minutos salimos otra vez a lo que erróneamente creíamos que eran las afueras y tras cruzar el río, nos metimos por una calle en la que había un par de edificios y poco más. De repente, Norea se giró para indicarnos que estábamos llegando a nuestro alojamiento, y efectivamente, vimos una valla blanca con el cartel que indicaba que aquello era el Phka Villa sobre su puerta principal.

Yo llegué a ver a través de la puerta una destartalada recepción sin pared en el lado opuesto a la valla y que daba hacia una piscina que más bien parecía una charca. Salió un hombre a recibirnos (el dueño), y como tenía que hablar con Norea para planificar nuestra estancia en Battambang, tras saludarle y presentarme como titular de la reserva, le entregué el bono y les pasé a mis amigos el testigo para que se hicieran ellos cargo del resto del check-in.

En un par de minutos teníamos la ruta montada. El día presente no haríamos nada (eran las tres y media de la tarde y nos apetecía descansar de tanto trote). Empezando por el siguiente, el primero nos llevaría al famoso y turístico tren de bambú y a unos templos ubicados al Norte de la ciudad, al otro centraríamos las visitas hacia el Sur, y por último, el tercero nos llevaría a los muelles donde embarcaríamos en el “ferry” (ya entenderéis el uso de las comillas) para ir a Siem Reap; además también me confirmó que nos llevaría a comprar  los billetes del barco. No pude evitar fijarme en el hotel que teníamos al lado, alto y con sus paredes pintadas de un hortera color rosa chicle. No comments… (si os fijáis en la foto de arriba podréis ver algo asomando sobre el Phka Villa).

Justo cuando me despedí de Norea, vino VHS para indicarme cuál era nuestra habitación. Yo, que no había visto aún casi nada, le pregunté acerca de qué tal estaba el hotel, y aunque me temía una respuesta negativa me dijo que le estaba  gustando mucho. Me guió bordeando la piscina, y entonces me di cuenta que las habitaciones eran unas casitas que se disponían alrededor de ella. Había muy pocas, si acaso unas doce, y no faltaban en ningún rincón las plantas y las flores tropicales.

La habitación no desmerecía en absoluto al entorno, muy rústica y sin grandes lujos, pero a mí me pareció muy apañada, así como su espacioso y cómodo cuarto de baño. Para alegrar la estancia, habían cortado unas flores del jardín y nos las pusieron sobre la cama y el lavabo; esta operación la repetirían todos los días ;)

Las camas tenían mosquitera independiente, lo que nos recordó que había llegado la hora de protegerse contra los mosquitos y sacamos el Relec ultrafuerte para ponernos nuestra primera dosis. Además rociamos las mosquiteras con el mismo spray que le echamos a la ropa la noche anterior. Fuimos a ver a los muchachos y ellos también estaban encantados con su habitación y el hotel, sobretodo con las dos hamacas que les habían puesto justo enfrente (porque prácticamente era salir del cuarto y meter el pie en el agua de la piscina). Como ya estábamos pasadísimos de horas, fuimos a recepción a preguntar si nos podían dar de comer.

El dueño, se hizo cargo de nuestros deseos y con un semblante que no transmitía otra cosa que no fuesen amabilidad, serenidad y (por qué no decirlo) bondad, nos dijo que por supuesto nos hacían lo que quisiéramos. Trajo unas cartas con una muy limitada selección de platos que además no es que fuesen baratísimos para lo que uno espera en Camboya, pero tampoco eran tan caros como para quejarse. ¡Ah! He olvidado decir que al llegar nos invitaron a un delicioso refresco de lima hecho por ellos mismos que nos gustó tanto que decidimos encargarlo para beber mientras comíamos a pesar de que no aparecía en la carta. Nos sentamos en las mesas que había en recepción (que ya no me parecía tan descuidada), enfocadas hacia la piscina.

Tardaron algo en servirnos; más adelante descubriríamos que era a causa de que nos lo preparaban expresamente a nosotros en una cocinita que había pasada la recepción. Nos pedimos sencillos platos típicos camboyanos, yo por ejemplo me hice con unos noodles amarillos con ternera muy ricos, y mientras comíamos pudimos conocer a los que serían nuestros vecinos por un corto espacio de tiempo. Por lo general y a simple vista era gente muy agradable, de varias nacionalidades (unos hablaban inglés, otros francés), sin nadie que hablase castellano. Quizá fue por esto último que nos relajamos y mientras comíamos soltamos un par de animaladas de esas en las que de repente te giras y piensas “¿me habrán oído esos de ahí? ¡uy! ¡menos mal que no me entienden!”. La más gorda cayó mientras un chico francés de más o menos nuestra edad se tumbaba a tomar el sol y remojarse los pies muy cerca de nuestra mesa….

Hablando del chico francés, gracias a sus conversaciones con el dueño del hotel (el señor que nos estaba atendiendo todo el rato), oímos que la piscina se podía usar libremente hasta las diez de la noche. No es que estuviese prohibido bañarse después, pero se rogaba no hacerlo por respeto al descanso del resto de los huéspedes. Al oír hablar del tema, nos entraron ganas de darnos un buen baño, y eso fue lo que hicimos. ¡Qué buena estaba el agua! Calentita, calentita, calentita, y aunque no exageradamente limpia, para nosotros más que suficiente, además se agradecía no salir oliendo a cloro. No pude evitar acordarme de los calentorros baños que se daba mi amiga Silvia en su hotel de Los Ángeles hacía poco más de un año; ésta va por ti perraca ;)  

Poco tardó en ponerse el sol, y mientras nos íbamos arreglando un poco, yo me conecté al Wifi gratuito del hotel que funcionaba a las mil maravillas y le mandé un e-mail a Livia para decirle que estábamos en un hotel encantador, pero que en nuestra primera impresión, Battambang no nos había terminado de gustar. También le pedí alguna recomendación para llenar aquella tarde-noche; por suerte la pillé conectada, pero me dijo que al caer el sol casi no había nada que hacer, si acaso dar una vuelta por el mercado nocturno del sur de la ciudad.

Hablé con el resto y a todos nos pareció una buena idea dar el recomendado paseo. Hablé con el dueño del hotel que estaba en la puerta charlando con un tuktukero, y con las indicaciones que nos dieron ambos, vimos que era muy fácil llegar dando un paseíllo de unos quince o veinte minutos. El tuktukero aprovechó para ofrecerse a llevarnos, pero declinamos la oferta y nos fuimos a pie. Estaba todo oscuro como la garganta de un lobo, pero cuando llegamos al río vimos un espectáculo kitsch alumbrando la noche: discotequeras luces de colores bailaban entre las barandillas de los dos puentes que teníamos a la vista. En eso que pasó el tuk-tuk que vimos frente al hotel, y el conductor se ofreció a llevarnos gratis; mis amigos desconfiaron, pero yo no dudé, creía en la honradez de los tuktukeros camboyanos y no me equivoqué.

El mercado no era lo que nos esperábamos. Nos habíamos imaginado puestecillos entre los que matar el rato curioseando, pero realmente era una sucesión de tenderetes de comida con sillas y mesas de plástico enfrente que estaban dispuestos en una explanada junto al río. Igual era porque aún no estábamos del todo familiarizados con ellos, pero entre que no teníamos hambre (habíamos comido hacía un rato) y que de nuevo se desprendían aquellos fuertes olores mezcla de jengibre con vaya usted a saber qué que ya nos atufaron en Bangkok, la verdad es que no le vimos sentido a quedarnos allí y decidimos irnos. Lo poco que habíamos visto de la ciudad tampoco es que nos llamase mucho para un paseo nocturno, así que finalmente optamos por regresar al hotel. Por suerte, el tuktukero se había quedado por allí (supongo que esperando “cazarnos” para el regreso) y nos vino de perlas para volver; al llegar, no nos quiso decir precio y le terminamos dando dos dólares.

Las pocas luces que había encendidas en el hotel, eran muy tenues, y como hacía muy buena noche, dijimos algo de sentamos a charlar frente a la piscina, pero de repente se hizo la luz: de la nada apareció un señor mayor muy parecido al dueño del hotel (obviamente era su padre) con una linterna iluminándonos el camino hastas nuestras habitaciones. Esto lo repetiría todas las noches, a nosotros nos daba un poco de corte, porque no era algo necesario y nos daba mucha pena que se tomase aquellas molestias, así que siempre le terminábamos diciendo al buen hombre que gracias pero no gracias. Hablando del papá, dicen que de tal palo tal astilla, y su rostro nos enamoró del mismo modo en el que lo hizo el de su hijo por la dulzura que transmitía en todo momento.

Al final la piscina nos llamó otra vez y nos terminamos metiendo en las calientes aguas otra vez…. ¡¡¡qué gustirrinín daba!!! Y eso de estarnos bañando a la luz de las estrellas en medio de aquel silencioso jardín tropical, todo un lujo que posiblemente no hubiésemos podido disfrutar en otro hotel de más categoría.

El baño nos dio hambre, así que pedimos a nuestro anfitrión que nos sirviese la cena en la misma mesa que comimos. No éramos los únicos, cerquita había otros vecinos que iban a hacer lo mismo que nosotros. A mí me pusieron un arroz camboyano muy similar al típico chino a las tres delicias, pero para mi gusto más rico. La pena es que no lo pude disfrutar del todo porque me dio el bajonazo de no haber dormido apenas la noche anterior y se me cerraban los ojos continuamente. Así que tan pronto apuré el plato, me fui a la cama a pegarme una buena dormida de unas merecidas diez horas ;)

Operación Apsara (III): Acosados por Hillary

Etiquetas

, , , , ,

¡¡Uuuuuoooooaaaay!! Dicen que cuando duermes fuera de casa extrañas tu cama y te cuesta conciliar el sueño. Yo lo he hecho en tantas que ya ni me entero, y si además son tan cómodas como la de nuestra habitación en los Glow Studios, pues mejor que mejor. Antes de desayunar probamos el Wifi y vimos que ya funcionaba, por lo que ahora sí, nos pusimos al día con todo lo que teníamos pendiente: en mi caso, consultar si había sucedido algo digno de mención con respecto a las dichosas inundaciones (aparentemente estábamos a salvo, pero nunca está de más estar al tanto de las últimas novedades) por twitter y también por la edición digital de dos periódicos locales que había estado curioseando el último mes, Bangkok Post y The Nation. Hablando de estos diarios, resulta curioso comprobar que a fuerza de leerlos todos los días durante varias semanas, uno se entera de muchas cosas del país que va a visitar, especialmente las trifulcas políticas entre el partido del gobierno central y el de la región metropolitana de Bangkok que cada vez tengo más claro fueron el principal causante de que las inundaciones pasaran de ser “una más” a las más graves sufridas por el país en los últimos ochenta años.

Imaginaos que en la España de Zapatero y el Madrid de Aguirre hay una gran inundación que amenaza con afectar a la capital, y el gobierno central toma unas medidas mientras que el regional decide aplicar con otras distintas y entre ellos no se ponen de acuerdo, consiguiendo con ello entorpecerse mutuamente y no solucionar apenas nada. Pues más o menos esa es la explicación, de lo que pasó (pasa) en Bangkok, un choque de partidos políticos, que habría que unir a la verdadera causa de la crisis que fue la decisión de no aligerar las presas del país antes de que llegaran las habituales lluvias monzónicas los pasados meses de verano-otoño. No sigo con el tema porque podríamos tirar hasta las lluvias del año que viene y tampoco me considero tan bien informado como para arriesgarme a echarle la culpa a nadie (bueno sí, como siempre, la culpa la tiene Zapatero, eso es una verdad como un templo aquí y allá xD). Si os podéis permitir perder cinco minutos de vuestro tiempo, os recomiendo este vídeo subtitulado en inglés que ha causado furor en la red y explica perfectamente el qué, cómo y por qué.

(si os animáis a seguir la historia, hay más capítulos en el canal youtube de roosuflood).

Todo el mundo se hacía eco de que Hillary Clinton estaba de visita oficial en Tailandia, lo curioso es que aterrizó en Suvarnabhumi un par de horas más tarde que nosotros, vamos, que de haberse demorado nuestro vuelo nos hubiésemos comido todo el pastel de aguantar lo que traería detrás (seguridad, prensa, etc). Por otro lado, en twitter pude leer que Ayutthaya ya se podía empezar a visitar, pero que llegar hasta allí era una odisea (en tren imposible, y por carretera se tardaban unas cuatro horas en recorrer los menos de 100 Km que separaban la ciudad de Bangkok), así que descartamos ir ese día y lo dejamos como posible visita para nuestro regreso. Aproveché la coyuntura para ponerme en contacto vía e-mail con nuestro tuktukero de Camboya y así reconfirmar los servicios que nos iba a prestar a partir del día siguiente que ya volábamos para allá.

Nos fuimos a desayunar. La selección no era abrumadora, pero había un poco de todo: huevos, bacon, tostadas, fruta (lo mejor, especialmente la piña), yogur, cereales, tostadas, tortitas… Vamos, que quien saliese de allí con hambre, muy tiquismiquis tenía que ser. También había cosillas más tradicionalmente asiáticas, como arroz y noodles; yo me atreví con estos últimos y estaban muy ricos, con un sabor ligeramente dulzón. Mientras llenábamos la panza, acordamos dar una vuelta por el barrio para cambiar dinero, y luego irnos a visitar la principal atracción turística de la ciudad, el Palacio Real.

Antes de salir del hotel, preguntamos en recepción si al día siguiente que nos íbamos a Camboya podrían guardarnos el equipaje que no necesitásemos (los maletones, la ropa de invierno, etc) durante los doce días que estaríamos de tour hasta que volviésemos ya al final de nuestro viaje, y con su habitual sonrisa y buen rollito, nos dijeron que por supuesto nos hacían el favor y sin ningún tipo de cargo.

Nos fuimos de paseo hacia la Sathorn Road, teniendo que subir a otros skywalk que la empresa del BTS había colocado por allí porque lo de cruzar las calles bangkokianas lo llevábamos un poco bastante mal (ríase usted de los deportes de alto riesgo) y desde lo alto pudimos ver otra vez más lo altamente transitadas que estaban las calles de la capital, con atascos por doquier, y cuando no, vehículos de toda clase circulando sin parar.

 Preparados…. listos…… ¡YA!

Otra vez nos nos chocó el contraste que producían los relucientes rascacielos que eran las sedes de poderosos bancos y conocidas multinacionales frente a las destartaladas calles donde se ubicaban. Poco tardamos en llegar a la Bank of Asia Tower, que es uno de los edificios más conocidos de la ciudad por la curiosa forma de robot que le caracteriza. Se nos ocurrió que igual allí pudiéramos cambiar nuestros euros a moneda local, aunque al llegar al lujoso hall nos dio un poco de corte preguntar. Como ya estábamos allí, me dirigí a una de las impecables señoritas que había en el mostrador central y nos remitió a otra compañera suya que nos pidió los pasaportes y finalmente nos cambió la moneda, a unos 41฿ por euro, es decir, casi lo mismo que la cotización real. Al salir tomamos fotos del rascacielos, pero al estar tan cerca, nos resultó imposible conseguir que se intuyese el robot que intentaba representar.

Tocaba irnos ya para el Palacio Real. Como no se puede llegar hasta allí en BTS o en metro, teníamos que plantearnos el ir en barco siguiendo el curso del Chao Phraya río arriba (el palacio quedaba junto a él, con embarcadero propio) o bien usar un tuk-tuk o taxi. A mí la verdad es que no me apetecía nada tenerme que pelear con ningún tuktukero para negociar el traslado a la otra punta de la ciudad “sin sorpresas” (de todos es sabido que en Bangkok los tuk-tuks abusan de los turistas inflando los precios o llevándoles a sitios que no son el solicitado) o con el consabido taxista de turno para que encendiese el taxímetro y nos cobrase lo que justamente correspondiese con la carrera. Por otro lado, según mi mapa, estábamos bastante cerca del Chao Phraya, pero no teníamos ninguna certeza de que los barcos operasen, ya que muchos de ellos (incluidos los municipales, los más fiables y baratos) cancelaron su operativa ante la crecida del río, pero como ya nos pillaba cerca, decidimos ir a investigar. O bueno, nosotros pensábamos que estaba cerca al ver frente a nosotros la torre del Hotel Shangri-la, ubicado en la orilla, pero por mucho que andábamos nunca terminábamos de llegar, qué paliza, y con el sol picando de lo lindo; es el error que muchas veces se comete al tomar como referencia un edificio alto.

Poco a poco nos fuimos internando en unos barrios de Bangkok más tradicionales que los que ya conocíamos; allí vimos pasar varios autobuses, unos del tipo EMT (más pachangueros eso sí) de los que estamos acostumbrados a ver en las capitales, y otros más curiosos que eran camionetas con asientos habilitados en su trasera; muy posiblemente alguno de ellos conduciría al Palacio Real y por muy poco dinero, pero entre que no teníamos ni idea, y que las indicaciones en la calle eran prácticamente nulas, a ver quién era el guapo que se aventuraba.

Por fin llegamos al embarcadero, y aquí tuvimos nuestra primera toma de contacto con las inundaciones: el río se había desbordado, y tuvimos que andar sobre unos tablones de madera para no mojarnos los pies. Justo en la entrada un sonriente personaje aguardaba nuestra llegada como el Lobo Feroz esperaría a Caperucita Roja deseoso por devorarla: Mmmm, turistas fresquitos y sabrosos, bien, bien, ¡ya era hora de qué llegarais!

El tipo aquel nos preguntó por nuestro destino, y le dijimos que el Palacio Real. Con otra gran sonrisa, nos informó de que habíamos llegado justo a tiempo de embarcar y que el viaje nos íba a costar el módico precio de 150฿. Yo saqué cuentas mentalmente y cuando deduje que al cambio eran 3,75€ pensé “qué caroooooooo” (el barco oficial cuesta muchísimo menos), pero claro, ponte a discutir con una persona que sabe que no tienes otra y cuando te planteas dar media vuelta y volver por dónde viniste, pues vale, reconoces que los barquitos turísticos en otras partes del mundo son mucho más caros, y si no pillas el barco, te va a tocar pelearte con el tuktukero o taxista de marras. Así que en menos de una décima de segundo dije que OK y los demás asintieron también.

Nos montaron rápidamente en una curiosa nave con forma rectangular, era algo así como una plataforma flotante donde viajaba gente que parecía local, pero cuando nos dirigimos a ocupar nuestra butaca, nos dijeron nosequé en thai y nos hicieron gestos para que abandonásemos la nave. Cuando el barco aquel extraño partió, apareció inmediatamente un longtail.

¡Hey! Espera un poco, ¿long… qué? Dejadme que os explique: un longtail es un tipo de barco muy común en Tailandia, que en el fondo no es más que un alargado cascarón de madera rancia cuyo ruidoso motor reciclado de un amotillo, furgoneta o cualquier otro tipo de vehículo impulsa una hélice que hay al final de una larga vara metálica que da la sensación de ser una cola larga que pende de la embarcación (de ahí deducimos nosotros que venía el nombre, longtail = cola larga). Normalmente suelen estar decorados de vivos colores, y a lo largo de nuestro viaje lo veríamos bastante no sólo en Bangkok, también en las playas del Mar de Andamán. Y en (casi)todas las ocasiones, llevando turistas de un lado a otro. A mí me recordó mucho a las pateras de toda la vida, a mis amigos también, pero no lo dijimos muy alto por si alguna modelna se ofendía. Así que bueno, le seguimos llamando longtail y tod@s content@s.

Amarraron la embarcación al muelle y subimos como buenamente pudimos, porque el río iba que daba gusto, a tope de agua y bajando con una gran fuerza (¡por no mencionar las olas!). Sólo íbamos los cuatro, así que ya no nos pareció tan caro el precio. Finalmente salimos con dirección río arriba, pero a los pocos segundos pasó algo que hizo que nos cagásemos patas abajo. ¡Se nos llevaba la corriente! Qué mal trago pasamos, y más cuando oíamos cómo carraspeaba el motor intentando inútilmente que quedásemos a merced de la fuerza del río; nos acordamos del desayuno que nos habíamos zampado, por no hablar de todo lo que tragamos el día anterior. ¿Como se llama el que lleva un longtail? ¿Lo dejamos en longtailero? Pues eso, el longtailero se las apañó para regresar al muelle, y cuando ya pensábamos que nos iban a hacer bajar, montaron a cuatro personas más. Yo no daba crédito a lo que estaba pasando, porque, vamos a ver, si con cuatro no puede…. ¿cómo se supone que lo hará con ocho? Pues bien, ¡resulta que fue una falsa alarma! Lo que parecía que era que el barco no podía seguir, fue más bien que les hicieron volver para pescar a otros incautos turistas que habían llegado al muelle justo mientras nosotros salíamos.

¡Ahora sí! Nuestro longtailero le metió caña al motor y salimos disparados río arriba sin que la corriente tuviese opción alguna en influir sobre nuestra ruta. Desde el agua seríamos testigos una vez más de los contrastes de Bangkok que ya he mencionado antes: los impresionantes hoteles 5***** Gran Lujo que tenían incluso embarcadero propio, compartían orilla con construcciones cochambrosas hechas polvo por el paso del tiempo y la humedad. A pesar de la cancelación de las líneas del Chao Phraya Express (pudimos atestiguarlo al ver sus muelles, inundados y cerrados), había toda clase de embarcaciones yendo de un lado a otro; para ellas, el río seguía siendo su particular autopista a pesar de las crecidas.

Desconozco qué se sentirá al pasear por el río con otro tipo de barco, pero nosotros disfrutamos de lo lindo con la pater…. perdón, con el longtail en el que nos acoplaron. Además había una brisa muy agradable. Prestamos especial atención a los templos que iban asomando a la orilla contraria del río, aquella zona de la ciudad fue la más castigada con las inundaciones y las crecidas del Chao Phraya y para esta ocasión no teníamos previsto visitarla; una lástima porque se veía todo muy interesante, especialmente el templo Wat Arun, que siempre se ha considerado uno de los must de la ciudad y que no teníamos del todo claro si llegaríamos a ver de cerca.

Según nos acercábamos al Palacio Real, pudimos ver las hileras de sacos de arena que habían colocado en la orilla del río para impedir que el agua se saliese del cauce; a nosotros nos vino fenomenal para no dificultarnos la visita, para qué lo vamos a negar. Lo que ya no nos vino tan bien fue ver que pasábamos de largo el embarcadero que había enfrente y seguíamos navegando. Yo empecé a pensar qué tal vez nos habían engañado o que no me había enterado bien cuando negociamos el viaje, pero poco me duró porque nos metieron entre una hilera de barquitas que ocultaban otro muelle (y que además protegían del oleaje). ¿Habéis subido/bajado alguna vez de un longtail? Es una embarcación muy propensa a pendular en esos momentos, y más cuando el que está manos a la obra es tan pesado como un servidor; encima para colmo el muelle estaba bastante alto (lo habían sobreelevado expresamente para que no se anegara), así que entre pitos y flautas no sé qué gaitas hice que con las ansias de pisar tierra firme salí volando, pero por suerte no hacia el agua, sino hacia el duro suelo del embarcadero.

Cuando ya estábamos listos para salir, pasamos por un mostrador muy cutre donde ponía nosequé de 20฿, nosotros no hicimos ni caso, pero en seguida nos vino un individuo muy maleducado a decirnos chillando que estábamos en un muelle privado y que le teníamos que pagar por el privilegio de desembarcar allí; a mí me sonó más a cuento que a otra cosa, pero la verdad es que entre la incertidumbre, y las pocas ganas de discutir (aparte de que 20฿ no son ni cincuenta céntimos de euro) le pagué lo mío mientras mis amigos aprovechaban la coyuntura para escabullirse y librarse de pagar su parte los muy jodíos, grrrr! ¡Me debéis 5฿ cada uno! Al salir la calle nos encontramos con lo mismo que cuando fuimos a embarcar: el río desbordado y tablones de madera improvisando pasarelas para que la gente no se mojase los pies; como dirían Zipi y Zape, “a grandes males, grandes remedios”. Allí además había un montón de puestos de comida y souvenirs.

Lo que se ve en los platos de la foto no son bichos fritos, aunque lo parezca. No los vimos ni una sola vez en todo el viaje, y si tengo que ser sincero, tampoco es que los fuésemos buscando. Lo estrecho de las pasarelas hacía que tuviésemos que poner especial cuidado en sortear a la gente, además de los “relaciones públicas” que venían a ofrecernos toda clase de tours; aquí veníamos los cuatro ya resabiados y no les hicimos ni caso. Al llegar frente a los blancos muros del palacio, sufrimos el ataque indiscriminado de los tuktukeros y otros tíos jeta que intentan hacer lo imposible para que en lugar de visitar lo que planeas te vayas con ellos de excursión y/o de tiendas. ¿Alguna vez habéis oído / leído el testimonio de alguien a quien le intentaron timar asegurándole que los templos o palacios estaban cerrados y que no abrían hasta las cuatro (hora a la que precisamente cierran)? ¡Pues con nosotros también lo intentaron! Ja, ja, ja, a mí me dio por reírme, je, je, je, ninguna visita a Bangkok es completa sin haber pasado por este circo, pero vamos, que con la sonrisita en la boca ignoramos al tipo como si nada y seguimos a nuestro rollo.

Otro timo que suelen intentar es el de las prendas cortas: al Palacio Real no se puede entrar con pantalones cortos, escote ni tirantes o camisetas sin mangas (y por nuestra indumentaria nosotros éramos unos buenos candidatos para quedarnos fuera). Lo que no todo el mundo sabe, es que al cruzar el muro hay una caseta donde te prestan las prendas que necesites previo depósito de 200฿ por pieza que más tarde te reembolsan cuando las devuelves. Así me lo aprendí yo (como diría la japonesa aquella del programa de Eva Hache xD) y gracias a eso que no caímos en la trampa que nos tendieron; pero hay que reconocerles el ingenio, te aparecen saliendo del portal con una hoja plastificada con dibujos del cómo y cómo no para que luego te dejes enredar, ya sea comprándoles o alquilándoles a ellos ropa a precios astronómcos, o bien compensando que no vas a poder entrar yéndote con un tuk-tuk que pasaba por ahí vete tú a saber dónde. Nosotros pasamos de él como de comer mierda, y una vez dentro, nos dejamos aconsejar por los guías oficiales que ofrecen sus servicios y fuimos a la oficina dedicada al préstamo de prendas. Si no tenéis cambio, os dan la oportunidad de dejar un billete más grande, sólo tenéis que fijaros en que escriban en el recibo la cantidad que habéis entregado, así os lo devolverán íntegramente. También podéis hacer como nosotros, que dimos un billete de 1000฿ para el depósito de cuatro prendas juntas (da igual que las cuatro no sean para la misma persona, tan sólo hay que tener cuidado de recogerlas y devolverlas juntas).

Cuando ya estábamos listos, vimos un cartel que no nos hizo ni pizca de gracia. Anunciaba que el templo del Buda Esmeralda se cerraría al público tras las diez de la mañana, y el Gran Palacio al mediodía; según indicaba, a causa de la celebración de actos oficiales, algo que nosotros interpretamos como que le iban a preparar el sarao pelotero a Hillary y no nos querían por allí deambulando. Fuera esa o no la razón, la pobre fue nuestro Zapatero particular y cada vez que nos pasaba algo le echábamos siempre la culpa a ella xD. Eran casi las once, por lo que teníamos el tiempo muy justo para la visita y encima nos quedaríamos sin conocer el Buda más venerado de Bangkok. Como ya era demasiado tarde para cambiar de idea, decidimos apretar las tuercas y seguir con nuestros planes. Pagamos 400฿ por la entrada (casi 10€) y entramos en el recinto principal (el que cerraría a las doce, el resto permanecería abierto) dispuestos a amortizar el viaje y el gasto.

Por un momento creí viajar atrás en el tiempo unos veinte años, y (ustedes perdonen la frivolidad), me acordé de aquellas interminables partidas al Street Fighter II en los salones recreativos…

Dejando de lado aficiones noventeras, tengo que decir que hasta el momento estuve conteniéndome en lo que al tema fotográfico se refiere, es decir, que intenté refrenar ese impulso que me caracteriza cuando viajo de fotografiar cualquier detalle que llame mi atención, pero aquí el mecanismo de seguridad cedió y llené la tarjeta de memoria con gigas y más gigas de la maravilla que tenía ante mis ojos. Y me consta que mis amigos también sufrieron del mismo ataque.

¿Qué os ha parecido? La visita fue una gozada, lástima del bochorno que hacía. Había bastante gente, pero tampoco se puede decir que las hordas de visitantes hubiesen tomado el lugar, se podía ver sin liarnos a codazos con la gente. ¿Os habéis quedado con las ganas de más? Ahí van unas cuántas.

El templo que alberga el Buda Esmeralda lo teníamos allí mismo, y como he comentado antes, a causa de actos oficiales no se podía visitar. Por lo menos tuvieron el detalle de no cerrar la puerta, por lo que pudimos ver algo desde fuera. Nos constaba que dentro no se podía hacer fotos, pero nadie nos impidió que lo hiciésemos desde fuera y ajustando el zoom, así que….

Borrachos de tanta belleza y color terminamos abandonando la zona sacro-real o como quiera que se denomine cuando estarían a punto de empezar a echar a la gente, y seguimos deambulando por las inmensas dependencias del complejo, que por suerte y como he dicho antes no iban a cerrar al mediodía. Todo muy bonito, grande y majestuoso, pero cuando sales de un sitio tan especial como el que dejamos atrás, ya nada impresiona. Vimos tantas cosas que ya casi ni me acuerdo de la mitad. Recuerdo ciertos museos de armas que, aunque curiosos, nos dejaron bastante indiferentes. Hacía tantísimo calor que un puesto de avituallamiento que había se quedó sin existencias de agua. Por otro lado, de tanto en tanto veíamos a chambelanes reales portando varios objetos, además de bebida y comida, hacia la zona que habíamos visitado antes. Por lo visto le estaban preparando a Hillary una bien gorda, y nosotros sin invitación, claro.

También era muy habitual ver a la Guardia Real en sus tareas de custodia y otros menesteres típicos de su oficio (yo de esos temas no entiendo mucho, la verdad, ¿será porque no hice la mili?). No faltaban los típicos soldados que posaban totalmente quietos e inmutables, ignorando cuanto sucediese a su alrededor. Desconozco la razón práctica de esto (aparte de la imagen para la postalita, claro), pero no pude evitar robarles una discreta foto sacada desde un lateral.

Tengo que confesar que al principio me sentí un poco culpable con mi acción, aunque en ningún momento pretendí faltarle al respeto al soldado, más bien todo lo contrario. Lo que sí que me pareció bochornoso fue lo que sucedió justo después, llegó una familia de europeos (paso de decir el país porque no quiero que nadie se sienta ofendido) y se pusieron a hacerse fotos con el soldado como el que se las hace con un payaso de Ronald Mc Donald, porque no contentos con ello, además se estaban riendo burlonamente. ¡En fin! Cuando ya lo habíamos visto todo, nos encontramos con un local que era tienda-restaurante-bar con terracita para sentarse y como vimos que allí sí que tenían agua, decidimos hacer un alto. Nos bebimos dos botellas de medio litro cada uno ;)

Echamos un último vistazo y nos fuimos a devolver las prendas que nos habían prestado. Bordeamos el Palacio Real por el lado que da al río, esquivando a los pesados tuktukeros y a sus amigos los tout (tout es como llaman en inglés a los “ganchos” o “liantes”). Nos habían dicho que por aquella zona se vendían interesantes amuletos budistas, de hecho vimos a varios monjes examinándolos, pero a nosotros no nos llamaron particularmente la atención, a mi en particular me recordaron las típicas moneditas y estampitas que se venden en las iglesias cristianas o en sus alrededores. Una pena que no tuviesen nada tan bonito como las pulseras que vendían en los templos budistas japoneses :)

La entrada que habíamos pagado nos incluía la visita de la Mansión Vimanmek, un espectacular edificio hecho de dorada madera de teca, pero nos pillaba bastante lejos y de nuevo nos horrorizaba el tener que contratar un tuk-tuk o un taxi para llegar hasta allí. Teníamos dos opciones: o cruzar el río con el transbordador especial que conducía al Wat Arun, o seguir hacia el vecino templo Wat Pho. La mala experiencia que habíamos tenido al desembarcar del longtail, y el estado en el que vimos los muelles con los que nos topamos (aparte de no saber exactamente dónde teníamos que pillar el barco) nos hizo descartar el Wat Arun.

Cuando alcanzamos lo que creíamos que era el Wat Pho, unas lonas y andamios casi nos hacen desistir de entrar, menos mal que había un cartel enorme donde se daba la bienvenida a los visitantes. El Wat Pho es uno de los principales templos de Bangkok, que es principalmente conocido por su grandísimo Buda Recostado (y también dorado), además de albergar una de las más importantes escuelas de masaje tailandés.

Pagamos poquísimo por entrar. No recuerdo ahora si fueron 20฿, 40฿ o 60฿ (creo que fueron 20฿, ¡medio euro!), pero en cualquier caso, muy poco y más después de la clavada que nos dieron en el Palacio Real. Como la puerta por la que entramos colindaba con el edificio donde estaba el Buda Recostado, fue lo primero que visitamos, no sin antes descalzarnos.

Decir que es espectacular y sobrecogedor sería quedarse cortos ante la imagen que teníamos delante nuestro. No sé (ni me importa) su tamaño, lo único que os puedo contar es que representa a Buda a punto de morir, pero de un modo muy placentero, ya que realmente a lo que se dispone es a abandonar el mundo terrenal y acceder al Paranirvana. El hecho de estar en un recinto cerrado, de madera y con poca luz, ayudaba a darle un gran toque de serenidad y misticismo. Aunque sean dos cosas muy diferentes, a mí me recordó muchas de las sensaciones que tuve en el Sanjusangen-do de Kyoto, no sé, quizá por el tipo de visita (un edificio alargado que había que recorrer en ambos sentidos, y por supuesto siendo ambos budistas).

Una vez fuera, nos dispusimos a ver el resto del templo. Cuanto más nos internábamos en él…. ¡más grande se hacía! La verdad es que supuso una grata sorpresa, ya que era un continúo ir y venir viendo cosas. En cuanto a dimensiones competía con el mismísimo Palacio Real :) .

Llamaron mucho nuestra atención los remates y apliques dorados que destelleaban mágicamente bajo la luz del potente sol que había en el cielo y otorgaban al conjunto una (si cabe) mayor riqueza. De tanto en tanto, se podía entrar en alguno de los edificios, donde había dispuestas imágenes de Buda a modo de altar para poder rezar ante ellas, pero también en interminables hileras decorando las paredes de los patios.

Entramos en una capilla presidida por un enorme Buda sentado, y donde todos los visitantes (fieles o no) se encontraban sentados. Nosotros nos ubicamos en un rinconcito y la verdad es que disfrutamos mucho el momento, allí sentados, en aquel ambiente tan sereno, con el olor a incienso y por qué no decirlo, el fresquito del ventilador que teníamos encima. Además teníamos al lado un grupo de monjes inmersos en sus oraciones. Al final nos relajamos tanto, que tuvimos un pequeño despiste del cual nos percatamos cuando oímos un silbato y al vigilante de seguridad señalando hacia nuestras extremidades inferiores: en Tailandia, es un acto de malísima educación dirigir los pies o apuntar con ellos hacia alguien o hacia algo sagrado como pueda ser una imagen de Buda, y en nuestro desahogo, descuidamos nuestra postura acomodándonos demasiado y adoptando una posición muy poco respetuosa en base a lo que os acabo de contar. No pasó nada, un excuse-me colorados de la vergüenza y por supuesto sentarnos cruzando las piernas lo arreglaron.

Salimos a la calle aún más borrachos de sensaciones de lo que lo hicimos del Palacio Real, pero estábamos en una barriada tan fea que tuvimos que acostumbrarnos (una vez más, y ya van…) al contraste entre lo que habíamos visto unos momentos antes, y lo que teníamos ante nuestra retina. Decidimos seguir por la misma calle por la que habíamos venido del Palacio Real, paralela al río, en dirección hacia el Sureste de la ciudad. Estábamos ya muy cansados y hambrientos, pero no encontrábamos ningún sitio que nos llamase a entrar y sentarnos a comer. Donde sí que entramos fue a un 7 Eleven a comprar bebidas, yo me fijé especialmente en la sección de agua embotellada porque cuando empezó la crisis de las inundaciones hubo problemas de suministro (aparte de que la gente la compraba en masa), pero allí parecía haber de sobra. Eduefe y yo nos atrevimos con un peculiar potingue: se trataba de la versión local de Red Bull (desconozco si legal o plagiada), en un pequeño frasco de cristal, muy barato y que sabía igual pero no tenía gas. Parecía un mejunje mágico, y por lo menos nos dio algo de vidilla, que buena falta nos hacía, ja, ja, ja.

Al rato ya se nos empezó a alegrar la vista con la aparición de puestecillos que vendían guirnaldas de flores para ofrendas, así como otros de comida que tampoco se hicieron mucho de rogar; hablando de los puestos de comida, como bien diría mi amiga Mandy en cierta ocasión, por muy abiertos que estuviésemos a nuevos sabores y sensaciones, había ciertos olores que nos producían bastante asco. Dejando ese molesto detalle al margen, lo cierto es que entre que nos apetecía sentarnos en algún sitio más o menos fresco, y que lo que veíamos tampoco es que nos apeteciese mucho, decidimos seguir adelante sin cambiar nunca de dirección.

Esa era nuestra intención, hasta que llegamos a un gran canal que nos cortó el paso, y nos vimos forzados a girar por una calle que teníamos a nuestra izquierda. Estábamos los cuatro cansados y hambrientos, y cuando alguien sugirió irnos al hotel a darnos una ducha, no nos lo pensamos dos veces y decidimos parar el primer taxi o tuk-tuk que viésemos. Entonces fue cuando ese señor llamado Murphy quiso gastarnos una de sus habituales bromitas, y decidió que mejor seguíamos andando, porque no os podéis imaginar lo frustrante que es llevar veinticuatro horas en una ciudad en la que te están acosando continuamente para llevarte a algún sitio, y cuando por fin claudicas y te decides a usar sus servicios, resulta que o bien no aparecen, o bien están ocupados. En resumen: ¡que no había manera de conseguir un dichoso taxi! ¿Os lo podéis creer? Por lo tanto, seguimos andando por la calle Thanon Chakphet, donde pudimos ver que se concentraba una importante comunidad Hindú de la ciudad, hasta llegar al cruce con Thanon Yaowarat, torciendo allí a la derecha y recuperando nuestra dirección original, internándonos en Chinatown.

Todos coincidimos en que el barrio chino de Bangkok era más interesante que el de Nueva York. La pena es que estábamos un poco hasta el gorro de tanto andar buscando un sitio decente donde comer, por lo que no nos animamos a internarnos por las estrechas callejuelas comerciales que asomaban de tanto en tanto. Encima para colmo, en en el tramo de la avenida por el que íbamos no había ni un solo restaurante, casi todo eran tiendas donde se exponía (y vendía) oro. Finalmente, entre toda la maraña de carteles, vi el careto del Coronel Sanders (el del Kentucky Fried Chicken) asomando tímidamente y grité: ¡STOP! Se acabó el seguir buscando.

El KFC era un local minúsculo dentro de un supermercado de la cadena Tesco Lotus, tanto que lo pasamos de largo, tuvimos que salir a la calle y volver a entrar para encontrarlo, pero nos hizo bien el apaño. Por 96฿ nos dieron un menú (menos de dos euros y medio…) que devoramos en un suspiro, pero aprovechamos nuestro cómodo asiento bajo el aire acondicionado para descansar y comentar lo que había sido la mañana. Cuando nos íbamos a ir, aprovechamos para curiosear en el Tesco Lotus y comprar artículos de higiene y otras cosillas que íbamos a necesitar durante el viaje (por no mencionar unos donut de fresa que estaban de muerte y que nos costaron cuatro perras), pero el descubrimiento fue la minitienda de telefonía móvil. Eduefe y VHS se hicieron con dos terminales libres de Samsung muy básicos (pero que llevaban linterna y todo) que si mal no me salen las cuentas, les salieron al cambio a unos 15€ cada uno. Aprovecharon la coyuntura para pillarse también la misma tarjeta prepago de True que estaba usando yo, y ya tenían el set completo. Para terminar de rematar la sobremesa, nos tomamos unos megacafés en una cafetería muy mona que había allí mismo.

Al salir a la calle ya estaba atardeciendo…. normal, entre comer, comprar y el café nos tiramos por lo menos dos horas allí dentro, pero la verdad es que a todos nos sentaron de fábula porque salimos a la calle con las pilas puestas y con ganas de volver a patear la ciudad. Ahora ya se empezaba a ver restaurantes….. ¡A buenas horas, mangas verdes!

Quiero aprovechar la ocasión para hablar de los sacos de arena de contención. La noche anterior, en Silom vimos unos cuantos protegiendo cajeros automáticos y entidades bancarias, aunque por suerte en aquella zona nunca fueron necesarios. En Chinatown había unos cuántos más, ya que el barrio se encuentra a orillas del Chao Phraya y durante los días de marea alta, éste se desbordaba aún más y afectaba a parte de esta zona de la ciudad. Pero por lo que vimos, ya se estaban empezando a deshacer de ellos.

Pasamos por la típica puerta de acceso a los Chinatown que se puede ver también en otras ciudades, y desde allí desviamos ligeramente la ruta ya que nuestra meta era la cercana estación de Hua Lamphong. Fuimos hasta allí para coger el metro (este sí que era subterráneo, como los de toda la vida), ya que como era ya bastante tarde, nuestra intención era volver al MBK ahora que ya lo teníamos controlado, para comprarnos varias cosas que necesitaríamos para el viaje.

Ya estábamos hechos unos “pofesionales” del transporte público de Bangkok, y sin ninguna dificultad nos las apañamos con el subterráneo (conocido allí como MRT) y en la estación Silom nos bajamos para acceder a nuestra ya conocida Sala Daeng del BTS y con éste llegar al National Stadium. En el centro comercial nos lo montamos muy bien al tener claro lo que queríamos y cómo funcionaba el tema del regateo, así que sin grandes dificultades compramos ropa que usaríamos durante nuestro tour, chanclas para ir a la playa, una mochila falsificada de North Face (en mi caso mi primera mochila de viaje) por unos 15 € al cambio, algunas camisetas para regalar (ya empezábamos con los souvenirs…. ¡y mira que  era nuestro segundo día!). Estaban ya cerrando y vimos un restaurante japonés que llamó nuestra atención; como los precios eran bastante razonables, y los esfuerzos del día bien lo merecieron, tiramos la casa por la ventana y pedimos de todo, incluida una maxi-bandeja de sushi bien surtida. Salimos a unos 12€ por persona al cambio, muy caro cuando piensas que estás en Bangkok, pero aún así nos pareció barato para todo lo que comimos y bebimos (porque de Singhas también nos pusimos morados, ja, ja, ja).

Yo no me quería quedar sin las zapatillas Tiger que vi la noche anterior en el Patpong, así que volvimos a pillar el BTS hasta Sala Daeng, bajar del mismo frente a lo que bautizamos como Japantown y buscar el puesto. Por el camino picamos un par de chorraditas más con la tranquilidad de que las podríamos tener guardadas en el hotel y así no cargar con ellas durante el viaje. También piqué con un reloj digital marca Adidas (o al menos eso pretendía) que tras el consabido regateo me salió a unos 10€; ¿qué os parece? ¿caro? ¿barato? A mí carísimo, porque me lo puse nada más comprarlo y se me rompió la correa al llegar al hotel. Con respecto a las Tiger, tuvimos que buscar bien pero finalmente las encontré. Me quedaban como un guante (tanto que ahora mismo las llevo puestas), pero me tocó pelear duro para sacarlas a buen precio. Me las dejaron finalmente a unos 30€ al cambio. Ahora necesitaba calcetines tobilleros para acompañarlas, y en uno de los últimos puestos justo antes del cruce con Naratiwas (donde nos desvíabamos para ir al hotel) los encontramos baratísimos y sin necesidad alguna de regatear; eran de talla única, que más o menos eran un 42, pero aunque yo uso 44-45 me sirvieron estupendísimamente el resto del viaje, mejores incluso que los que traía de casa.

Esta vez no nos fuimos de birras, nos largamos al hotel a componer nuestros dos equipajes, el que nos íbamos a llevar en la mochila, y el que meteríamos en la maleta para que nos lo guardase el personal del hotel. Entre lo que no me iba a llevar, metí obviamente la ropa de invierno, las compras que no fuese a utilizar durante el tour, un mudas para los dos últimos días, las zapatillas que había estado llevando hasta ese momento (un par de mastodontes ideales para cuando llueve y hace frío, pero no tanto para el destino caluroso donde estábamos) y la guía de Tailandia de El País Aguilar que no sé para qué gaitas me la llevé pero allí la tenía, y servidor no estaba dispuesto a cargar con ella durante dos semanas. Hablando de la guía, pocos viajes he hecho con menos preparación y que me haya llevado menos material de apoyo que éste, y creo que la tónica va a ser la misma en los siguientes ;)

En Bangkok no tuvimos problemas con los mosquitos, pero en Camboya sí que nos iban a acribillar, así que rociamos las mochilas y toda nuestra ropa con un spray especial repelente que nos recomendaron en Sanidad Exterior. Ya estaba todo listo; ya sólo me faltaba revisar que llevaba a punto los dólares americanos (la divisa que usaríamos en Camboya), los billetes de avión, los bonos de los hoteles, el pasaporte, la foto de carnet que necesitaba para el visado camboyan…. ¡un momento! ¿Dónde estaba mi foto de carnet? Debería estar junto al pasaporte en mi portabonos pero allí no había nada.  Tenía perfectamente claro que la cogí porque en Zürich le guardé el pasaporte a Eduefe y cuando lo hice me cercioré que la foto estaba allí, pero ahora no había ni rastro de ella. Tras examinarlo todo de arriba a abajo me di por vencido, y aprovechando que el Wifi funcionaba correctamente, cogí el móvil y busqué en internet información al respecto. Lo poco que encontré fue el testimonio de un par de personas que se presentaron sin ella y que les hicieron pagar una multa de tan sólo dos dólares. Aunque ya lo tenía más o menos claro, eché un vistazo de todos modos para averiguar si entre el hotel y el aeropuerto de Suvarnabhumi pasando por el BTS había algún fotomatón, pero no fui capaz de encontrar ninguno. Era ya muy tarde y estaba cansado, así que me dejé llevar por el sueño y dejé mis preocupaciones para el día siguiente.

Operación Apsara (II): ¡al agua patos!

Etiquetas

, , , , , , ,

¿Donde me había quedado? ¡Ah sí! Estabamos en el aeropuerto de Zürich, ya cenados, cagados y meados (aunque luego visitaríamos otra vez los WC, no sé esa manía que nos da siempre de pensar que en el avión no nos dejarán ir). Pues el caso es que era ya bastante tarde para los estándares suizos (pasaban de las nueve de la noche, vamos) y la terminal se veía muy tranquila, de hecho algunas de las tiendas del dutifrí ya estaban cerrando. Como volábamos a un destino extraeuropeo, teníamos que dirigirnos a la zona internacional (llamada Gates E) previo paso del control de seguridad y pasaportes. Además, al igual que en la T4S de Madrid, para ir de un módulo al otro teníamos que utilizar un tren subterráneo sin conductor que resultó ser una simpática experiencia porque durante el recorrido se dejaban oír sonidos típicos y tópicos de los Alpes Suizos (ya sabéis, mugidos, cencerros, pajaritos, etc, etc) por no mencionar que en las paredes del túnel se podía ver una proyección de un individuo blandiendo la bandera suiza.

Otra curiosidad: al pasar el escanner, el personal, que era mucho más agradable de lo que se suele ver en otros aeropuertos, a la pregunta de si llevábamos un ordenador portátil añadían también la coletilla ¿y un iPad?. Eduefe no sé qué gaitas hizo que se lo llevaron al cuartito, pero mira tú que le tocó un agente colombiano con el que terminamos haciendo amistad y todo, ja, ja, ja, imaginaos la cara que se me quedó cuando me veo un calvo enorme que me dice en perfecto castellano “Oye Punky, coge las cosas de tu amigo que está en el box de ahí al lado”. La zona de embarque estaba muy muy tranquila ya que había muy pocos vuelos programados a esas horas. Embarcamos en el A340-300 a su debido momento, y una vez acomodados en el avión, nos deshicimos de chaquetas y jerseys para colocarlos en una mochila hasta el final del viaje, porque sí…. ¡en pocas horas estaríamos a más de 30º a la sombra!

Cogimos los asientos en la primera fila de la clase turista, que por un lado fue algo bueno y por otro lado algo malo. Lo bueno era que al tener delante la pared de separación con la clase business, teníamos un generoso espacio para estirar las piernas, pero por contra, nos sentíamos embutidos de caderas porque los laterales del asiento eran más gruesos para albergar en un alarde de aprovechamiento de espacio las bandejas de servicio y las pantallas interactivas. Y no te cuento ya el drama una vez lo desplegábamos todo…. sí, con unos centímetros menos de michelines habríamos ido más cómodos, ya lo sé, hay que estar más en forma T_T. Hablando de las pantallas de entretenimiento, a mí me terminan siempre por poner de los nervios; entre que apenas hay casi nada en castellano (tampoco es algo que me moleste mucho), que se bloquean cada dos por tres, los auriculares van cuando les dan la gana… en fin, algún día les pillaré el truco. ¿Recordáis de la entrada anterior que nos habíamos pasado todo el día zampando? Pues a la cena del avión tampoco le hicimos ascos. Nos ofrecieron para beber entre otras cosas cerveza y vino, pero declinamos tan generosa oferta porque nuestras fieles amigas las pastillas para dormir estaban a punto de entrar en acción. Así que caímos como moscas en nada y el trayecto se nos pasó volando (y nunca mejor dicho). Cuando faltaba poco para llegar a Bangkok, las amables y serviciales azafatas nos dieron de desayunar para poder aterrizar con las pilas puestas.

Tras el desayuno/brunch/comida o lo que fuera aquello, se inició el aterrizaje y claro, según bajas puedes ver las cosas con más claridad, tanto como para darte cuenta que bajo nuestro avión había agua por todas partes. Hectáreas y más hectáreas de terrenos anegados esperando un drenaje que a saber cuándo llegaría. Según nuestros cálculos, estaríamos a unos kilómetros al Norte de Bangkok. Al irnos acercando más, perdimos de vista dichas imágenes para sobrevolar otros terrenos más secos (aunque seguía viéndose agua cada dos por tres). Y así fue que tomamos tierra en el inmenso aeropuerto de Suvarnabhumi, aparcando nuestro mastodonte frente a otro de la nórdica SAS, algo que nos reconfortó porque los países escandinavos fueron los primeros en desaconsejar todo viaje no esencial a Bangkok y sus aerolíneas de las pocas que cancelaron vuelos a la capital de Tailandia.

Quedaos con el dato de que para bajar del avión, de nuevo usamos finger y…. ¡Ay cómo me enrollo! Y encima sin una triste foto propia para adornar (menos mal que tomo prestada alguna por ahí, je, je, je). Intentaré ser breve: el aeropuerto, como he dicho, muy grande, enooooooooooorme, muy bonito, muy limpio y muy modelno.

En el avión nos dieron los típicos papeles infernales para rellenar y entregar en inmigración (los odio) y los entregamos sin tener que esperar grandes colas como las que me comí en Nagoya o en Nueva York para que nos pusieran el sellito de “puede ustez quedarse un mes”. Mientras esperábamos la salida de nuestras maletas, fui al baño y aquello parecía la filarmónica de Pedoven, madre mía la de sonidos flatulentos que salían de uno de los váteres, ja, ja, ja, el pobre hombre supongo que se aguantó las ganas a bordo por no provocar un accidente de aviación, o peor, que no le acusasen de intento de sabotaje xD. Pues eso, que el equipaje intacto y aprovechamos que allí mismo había mostradores de un banco que luego veríamos por toda la ciudad (si lo veo lo recuerdo, pero no me preguntéis ahora cuál) para cambiar algo de dinerillo y tener bahts para ese día; aunque luego en la capital nos darían mejor cambio, para ser un aeropuerto tampoco fue tan malo, nos lo dieron a 40,20฿ por euro cuando el oficial estaba a unos 41,50฿ aproximadamente.

Cosas que llamaron nuestra atención (aparte de los carteles y anuncios en Thai, claro está): ver a uno de los funcionarios del aeropuerto sentado durmiendo la siesta a pierna suelta y tan ricamente; que la chica que nos dio el cambio estuviese de cháchara con su teléfono móvil de color rosa con purpurina mientras nos atendía; la aparición de enormes e impactantes elementos propios del budismo y el bramanismo que contrastaban con los propios aires high-tech del aeropuerto….

Eduefe profestó porque los agentes de inmigración ni se molestaron en saludarnos, y claro, te venden Tailandia como el país de las sonrisas, y te dan una recepción tan fría… aunque digo yo, estos personajes yo creo que son igual de secos en todos los países del mundo, ja, ja, ja!

¿Por dónde iba? Pues resulta que ya estábamos listos para irnos a chapotear entre las inundadas calles de Bangkok, así que no tuvimos más que pillar un carrito y dejarnos llevar por unas cintas transportadoras que igual iban en llano como que se convertían en una cuesta abajo la mar de divertidas (parecía que estuviésemos en un parque de atracciones) siguiendo las señales que indicaban con dibujitos algo así como “pa la ciudad, tirad pallá”. Según los carteles, básicamente tendríamos que elegir el desplazarnos en taxi, bus o en tren (de tuk-tuks no ponía nada, aunque si llego a ver un cartelito o icono con uno me muero del ataque de risa). La primera y segunda opción las descartamos por varias razones: nos constaba que las carreteras de acceso a Bangkok estaban siempre colapsadas, estábamos aturdidos del vuelo y no nos apetecía regatear ni pelear con el(los) conductor(es), y por último…. ¡me moría de ganas de montar en el trenecito! Así que nos fuimos hacia el Rail Link tal y como estaba debidamente indicado, y de nuevo tuvimos que tomar una decisión. Me voy a explicar para que no os perdáis: el Airport Rail Link es un tren muy chulo que circula elevado sobre unas vías altísimas y que comunica el aeropuerto de Suvarnabhumi con el centro de Bangkok, ¿OK? Pues bien, te ofrecen dos líneas que en el fondo es la misma pero con distinto servicio: SA City Line y SA Express Line. Como se puede deducir por sus nombres, la primera es tipo metropolitano o tren de cercanías, parando en todas las estaciones, con bastante frecuencia y billetes con un precio más bajo; la segunda, por otro lado, es un tren directo sin paradas intermedias con vagones preparados para quien viaja con equipaje y que por supuesto cuesta más caro que el anterior.

El sistema es muy similar a los trenes de acceso a los aeropuertos japoneses, especialmente a las líneas Keisei de Narita. Nosotros nos hubiésemos decantado por la City Line, pero había una promoción especial en la que los billetes del Express costaban algo así como la mitad de lo normal, así que finalmente viajamos con la segunda pagando 150฿ (menos de 4€) por un billete de ida y vuelta. Hay que tener en cuenta que los billetes de la City Line se adquieren en expendedoras automáticas, y los de la Express Line en taquillas (están juntas), y también que no todos los Express son iguales, unos van a Makkasan y otros a Phaya Thai, siendo esta última nuestro destino (y el de casi todo el mundo, pero vamos, ellos sabrán…).

Nota: a partir de aquí voy a intentar no abusar de las fotos que gentilmente proveen las webs de aerolíneas, aeropuertos y demás entes, y para muestra…

Soltado el rollo… ¡seguimos! El tren nos gustó mucho, iba rapidísimo y tardamos sólo quince minutos en llegar. Al ir tan alto, nos ofrecía una visión panorámica de lo que había entre Suvarnabhumi y Bangkok. Agua vimos bastante, pero en canales, balsas, riachuelos, charcos…. barrios inundados ninguno. Según nos acercábamos a la ciudad, cada vez se iba haciendo más latente el caos arquitéctonico que es Bangkok: altos rascacielos entre arrozales, chabolas entre ricas viviendas ultramodernos, palacios tradicionales y templos entre todo lo anterior…. una de cal por otra de arena, todo entremezclado y sin que aparentemente nadie protestase por ello.

Ahora quiero que os fijéis en la foto que hay bajo estas líneas para que entendáis un par de cosas. La primera, es el cielo: completamente azul (el color chapucero que veis es debido a los cristales polarizados del tren) y con una despistada nube que no sabe ande paran el resto de sus amigas. Esto desmiente la leyenda urbana de que en Bangkok estaba lloviendo perennemente desde hacía meses. ¡No nos llovió ni un sólo día! (bueno, sí que llovió pero no en Bangkok que es a lo que vamos). Luego está el detalle de los coches que se ven en el arcén y que tienen su significado: cuando se empezó a inundar la periferia de la capital, las autoridades permitieron a los ciudadanos afectados aparcar en las autopistas elevadas para ayudarles a conservar su vehículo. Antes había muchos más, pero cuando estuvimos nosotros ya los estaban retirando según se iba volviendo a la normalidad.

PD: premio para el que sea capaz de ver agua en el suelo (y además de verdad porque sí que había, bajo los pilares de la autopista ya que se asienta sobre un canal de desagüe)

Llegamos por fin a Phaya Thai y…… ¡ZAAAAS! Tarde o temprano nos tenía que suceder. Haced memoria: estábamos el día anterior en Zürich con plumíferos, corros, guantes y bufandas (igual exagero un poco) y desde que montamos en el Intercity allí mismo hasta que bajamos del tren en el centro de Bangkok, nunca estuvimos expuestos a las inclemencias del aire libre, es decir, que llevábamos horas y horas al cobijo de aires acondicionados varios, y claro, sales a la calle después de  tren-aeropuerto-finger-avión-finger-aeropuerto-tren y hay como ya mencioné más de 30º, pues claro, el subidón térmico es cuanto menos digno de mención. A mí me recordó cuando fui a la Riviera Maya en Diciembre de 2007, la salida del aeropuerto de Cancún y el hostión que me dio el calor en toda la frente, y tengo que decir nos reconfortó mucho la sensación (luego nos cagaríamos en el calor que hacía, pero por unos momentos fuimos felices). Bajo nuestros pies de repente sonó un estruendo indescriptible y empezó a salir humo. Nos asomamos a las barandillas de la plataforma en la que estábamos (os recuerdo que el Rail Link es una estructura elevada de gran altura) y pudimos ver que muy inteligentemente, habían colocado nuestras vías sobre las del tren diesel que hacía la ruta ferroviaria hacia el Este del país y éste era el que había llamado nuestra atención al pasar bajo nosotros. Y allí estábamos nosotros, compuestos, sin novio, con todos los trastos y con ganas de llegar a nuestro hotel que eran ya casi las cuatro de la tarde y el sol empezaba a esconderse. Para ello, recurrimos al BTS Skytrain. ¿Y qué gaitas es el BTS, me diréis?

Pues lo mismo que lo anterior, un tren que va por unas vías altísimas sólo que en esta ocasión circula por la ciudad, como el metro de toda la vida (que también lo hay en Bangkok, por cierto, pero esa os la cuento mañana). De nuevo remito a Japón y sus líneas Yamanote, Chuo-Sobu o la Osaka Loop Line. En Phaya Thai el BTS también tiene parada, por lo que el transbordo fue poco traumático, aunque eso sí, en el BTS hay muy pocas escaleras mecánicas, son muy difíciles de encontrar, y encima no siempre están donde te viene bien; ese detallito, cuando vas con las maletas a cuestas, hay que tenerlo muy en cuenta. Menos mal que para salir del Rail Link una mujer nos indicó que había ascensor…. (buscadlo bien cuando vayáis). Las estaciones del BTS son entretenidísimas, con toda clase de puestos de comida y tiendas. Los billetes se pueden comprar en taquillas o unas sencillas máquinas de pantalla táctil que se pueden poner en inglés. El trayecto hasta nuestra estación, Chong Nonsi, nos costó 25฿ por persona, unos 50 céntimos de euro. Nada mal, ¿verdad? Luego como en todos lados, para saber qué andén toca hay que fijarse en la estación fin de línea, todo está perfectamente indicado en thai y en inglés (no temáis), y tenemos que tener especial cuidado de no olvidarnos que en Tailandia se conduce “a la inglesa”, y los trenes también circulan “al revés”.

El único problemilla con el que nos íbamos a encontrar fue que la línea del BTS que pasa por Phaya Thai es la Sukhumvit, y por la estación del hotel la Silom, o lo que es lo mismo: transbordo al canto. Dentro del tren me sentí como en Japón: pantallitas por doquier con anuncios e información del recorrido, clara indicación de las paradas y transbordos por megafonía en tailandés y en inglés…. y todo el mundo jugando con el móvil, léase iPhone la mayoría, seguido por Blackberries decoradas con toda clase de calcomanías y pedrerías varias, y por último, en menor medida, Samung Galaxy o HTC con Andrdoid. Eso sí, el ambiente a bordo era más ruidoso y relajado que en un tren japonés, aunque igual de petado de gente. En Siam teníamos el cambio de línea, y para nuestra suerte, no teníamos más que cruzar el andén central: quien diseñó el tránsito de la estación sin duda lo hizo con mucha inteligencia, a ver si aprendemos en otros sitios que es más coherente que compartan andén trenes de dos líneas distinas que sentidos opuestos de una misma (si alguien no lo ha entendido, que me lo pregunte y se lo explico). Tres paraditas más y ya estábamos “en casa”.

Nada más salir del BTS, pudimos degustar otra porción del Bangkok que estábamos empezando a vivir: nuestro barrio, Silom, era una zona que podríamos tildar de canalla, mezclando modernos rascacielos y exclusivas tiendas con tenderetes de comida de los de toda la vida y feas calles sin apenas luz y los cables de alta tensión a la vista. Quien conozca Bangkok reconocerá en este otros muchos barrios de la ciudad. Antes de bajar a tierra firme, pudimos vivir nuestro primer atasco urbano, donde destacaban los taxis en llamativos colores (los rosas, nuestros preferidos) por no mencionar los icónicos tuk-tuk…. ¡¡TUK-TUK!! Era nuestros primer contacto con las famosas motillos-taxi tan divertidas que salen en todas las fotos y cuyos conductores nos darían la tabarra cada vez que nos viesen a ver si picábamos y nos llevaban de tournée. No montamos ni una vez, tal vez para un próximo viaje. Nos vimos entre los típicos puestos orientales de comida, algunos más apetitosos que otros, donde el olor a lemongrass y jengibre se adueñaban del ambiente (en algunos casos llegaba a revolvernos las entrañas su intensidad), y nos metimos por un feo callejón sin aceras para llegar al complejo Trinity, donde se encontraba nuestro hotel, el Glow Studios.

De este hotel no hicimos fotos, así que de nuevo me veo obligado a tomarlas prestadas de su web. Tengo que decir que se corresponden al 100% con lo que hay, por lo que ilustrarán perfectamente nuestra experiencia allí, y si encima tenemos en cuenta las 5***** y la favorable crítica que le pusimos en Tripadvisor, dudo mucho que se vayan a quejar, je, je, je. ¡Ay qué recuerdos! Cuando estábamos asustados por las inundaciones que nunca llegaron respiramos aliviados al ver en una foto del hotel la escalera de entrada que dejaba claro que hasta la recepción estaba en alto…. ¡pero luego qué putada es llegar con las maletas y tenerlas que subir por allí, ja, ja, ja! Menos mal que los del hotel nos vieron llegar y nos echaron una manita.

Una vez dentro, una plantilla juvenil y modelna como ella sola, a la par que alegre y amable se encargaron de hacernos el check-in mientras nos invitaban a una copita y sonaba lounge y….. ¡funky house! Así es como a mí me gusta que me reciban. La recepción, no muy grande, minimalista, pero efectiva y estilosa. Las habitaciones le iban a la par, muy modernas, nuevas, limpias y además perfectamente equipadas: caja de seguridad, agua gratis en la neverita, televisión con canales vía satélite y lector de DVD, equipo de música con dock para iPod/iPhone…. vamos, que no faltaba de nada. Las vistas sosas como el callejón donde estábamos (nada que nos preocupase en exceso, la verdad), y una gruesa y enorme cortina se encargaba de que no pasara ni un rayo de sol (algo muy útil en lugares como Bangkok, donde amanece muy temprano).

Nos dieron un sobre con los vales para el desayuno (que estaba incluido en el precio) y los códigos para el Wifi gratuito. Tras nosecuantas horas dando tumbos por el Mundo, nos dimos una merecida y reparadora ducha que nos puso las pilas a los cuatro y nos animó a descubrir la ciudad, en la que ya había terminado de anochecer. La avenida que teníamos cerca, la Naratiwas, aparecía aún más caótica y colapsada que cuando la vimos al llegar escasamente una hora antes, algo que nos animó a volver a montar en el BTS y huir por las alturas del mundanal caos.

¿Dónde podíamos ir? Pues dado que estábamos con la vena futurista, nos pusimos como destino la zona de Rama I / National Stadium / Siam. Antes de comprar los billetes, Eduefe me preguntó si no había bonos de descuento. Yo sólo conocía los pases de un día, cuyo precio obligaban a hacer al menos seis viajes para salir a cuenta (algo que no entraba en nuestras previsiones), pero fuimos a preguntar y en taquillas nos informaron acerca de un bono especial de 15 viajes con el que nos ahorrábamos algo de dinero, y que además al ir en tarjeta de estas modernas de contacto, pues nos facilitaría el paso por los tornos, así que nos lo compramos todos. Nos bajamos en la última estación de la línea Silom, National Stadium, y de repente nos sentimos como protagonizando una futurista película. Sinuosos ramales del BTS iban y venían de por aquí y por allá, y bajo sus vías, largos pasillos también suspendidos y llamados Skywalk aprovechaban su estructura para que los peatones no tuviesen que enfrentarse al demencial tráfico rodado de las calles más abajo.

La zona estaba reventar de gente, hay que tener en cuenta que es uno de los principales núcleos comerciales y de ocio de la ciudad. También se encuentra allí el museo Bangkok Art and Culture Centre. Mientras deambulábamos por el Skywalk, vimos como la gente se apiñaba contra las barandillas para ver algo que sucedía abajo, a ras de calle. Como buenos españoles que somos, el sentimiento de cotilla nos empujó a ver qué estaba pasando, y nos llevamos una agradable sorpresa: se estaban disputando unos combates de Muay Thai, y desde nuestra situación de veían de maravilla.

Cuando nos cansamos del espectáculo, nos fijamos que justo enfrente teníamos el MBK, ese engendro de centro comercial del cual todo el mundo habla y que llamaba poderosamente nuestra atención, así que aprovechamos la coyuntura y entramos en su interior. Lo que vimos nos dejó un poco patidifusos: galerías comerciales en torno a un gran atrio central en las que se apiñaban puestos al más puro estilo mercadillo, combinándose con tiendas de baratillo, imitaciones cutres e incluso marcas auténticas de productos caros a precios por supuesto (y valga la redundancia) nada baratos. Vamos, todo un poupurrí para todos los gustos y bolsillos. A nosotros nos despistó mucho, así que lo recorrimos de arriba a abajo por encima para hacernos una idea de qué iba el rollo y así orientarnos por si volvíamos en otro momento a comprar algo. Los Angry Birds parecían haber tomado el complejo: camisetas, fundas para iPhone, cojines, peluches y toda clase de inimaginable merchandising por todas partes.

Eduefe y VHS se fijaron a ver si veían algún teléfono móvil libre para instalarle una tarjeta tailandesa de prepago y así tener un modo conveniente de localizarnos entre nosotros si nos separábamos y también de que la familia nos pudiese encontrar (por no mencionar el hecho de poder llamar a casa por muy poco dinero), pero todos los que veían eran muy caros. Yo ese tema lo llevaba resuelto desde casa, porque antes del viaje liberé mi Galaxy y le instalé una SIM de True Move que me trajeron mis amigos Pedro y Bárbara de su reciente luna de miel en Phuket. Aprovechamos que estábamos en el MBK para cenar allí, ya que teníamos entendido que había restaurantes muy baratos, y efectivamente, encontramos uno donde tuvimos que preguntar dos veces el precio porque nos pareció demasiado irrisorio (menos de 2€ al cambio, bebida aparte). El local era curiosísimo, se trataba de una especie de buffet en el que te ponías unos gruesos fideos en el plato (creo que de arroz) y luego había unas cuántas cacerolas con las salsas. Aquello estaba muy bueno, y además se podía repetir, pero….. ¡¡AY!! Todo picaba como un demonio. Incluso yo pase un mal rato, y mira que me gusta el picante. En un momento de sofoco me sorprendió una de las camareras, y la pobre tuvo que hacer esfuerzos para no partirse el ojete de risa (al final me reí yo también para que la chica dejara de contenerse). ¡Ozú qué dolor! A la segunda ronda nos pusimos una salsa que había con leche de coco y cacahuetes muy suave que nos entró mejor. Y el zumo de piña natural que nos bebimos, ya ni os cuento, una maravilla.

Cuando nos hubimos repuesto del fuego puro y duro que supuso nuestra cena, salimos al BTS (la mayoría de los centros comerciales de la zona tienen acceso directo al mismo o al menos vía el Skywalk) con la intención de volver al hotel, no sin antes hacer un alto en el camino. Nos bajamos una estación antes de la nuestra, en Sala Daeng, y aterrizamos en Blade Runner. Se dice que la película de Ridley Scott se inspiró en el Dotombori de Osaka y en Kabukicho de Tokyo, pero a mí, que he estado en ambos sitios, no me hicieron sentirme tan dentro del film como en el tramo de la avenida Silom donde nos encontrábamos en aquel momento: la mezcla de elementos futuristas con los puestos callejeros y las decadentes calles actualmente tiene más que ver con Bangkok que con Japón. Al menos desde mi punto de vista.

Hablando de Japón y decadencia… bajando del BTS nos encontramos con una bocacalle llena de neones escritos en Japonés igualitos igualitos a los bares de alterne del barrio de Shinjuku. Estábamos muy cerca del Patpong y sabíamos que por la zona se concentraban locales de muy dudosa reputación, pero esto no dejó de llamar nuestra atención. Ya en la avenida, lo que se nos hizo muy agradable fueron los puestos que vendían toda clase de recuerdos a precios más o menos razonables, pero al igual que en el MBK (y que por cierto no he comentado) no estaban marcados; cuando nos interesábamos por algo, el comerciante daba un precio (si hablaba inglés lo hacía verbalmente, en caso contrario lo escribía en una calculadora) que por lo general estaba muy inflado, y luego había que regatear. Los cuatro odiamos este tipo de compras, qué queréis que os diga. Quizá por eso no nos llevamos nada.

 

Con la emoción de estar recién llegados, nos apetecía tomar algo, y los muchachos sugirieron hacerlo en un callejón peatonal que tenía mejor aspecto que los otros que habíamos visto; por lo menos se veía gente más joven y con aspecto menos sórdido. En un agradable local con terraza en la misma calle, nos estrenamos por fin con las cervezas locales: cayeron una Chang, una Singha y una Tiger. Buenísimas y baratísimas las tres. Al rato de estar allí nos dimos cuenta que no pasaban más que chicos por la calle. Además la mayoría muy modelnos ellos. Al ver que el bar de al lado del nuestro se llamaba Bearbie, fue cuando llegamos a la conclusión de que estábamos en el barrio gay de Bangkok o al menos uno de ellos ;)

Tras las cervecitas de turno, seguimos nuestro camino y nos dimos de bruces con el famoso Patpong. Era una calle muy ancha donde se concentraban bares de Go-Go’s (jóvenes señoritas bailando en paños menores) en los laterales, y un mercadillo nocturno en el centro donde se vendía todo tipo de ropa y accesorios. Tengo que decir que hasta el momento habíamos visto muy pocos occidentales, pero daba la sensación de que estaban todos reunidos en la zona. Luego recordé que en los foros de internet la gente comenta mucho las compras que ha hecho allí, por lo general comparan entre ellos quién ha conseguido mejor o peor imitación, aparte de claro estar presumir de haber raspado los mejores precios; en especial hablamos de relojes de superlujo como los Rolex. Nosotros la verdad es que ni lo intentamos, no estábamos en absoluto interesados en aquel tipo de mercancía, ni mucho menos presumir de ella al volver a casa. En cambio sí que me gustaron unas zapatillas Tiger que supongo que serían falsificadas también, pero que me dejaron con las ganas de catarlas. ¿Tal vez otro día? La verdad es que el paseo nos vino muy bien para saber el qué / cómo / cuándo / por qué y muy especialmente por cuánto del shopping.

En el cruce de Silom con Naratiwas, justo cuando íbamos a cruzar para dirigirnos ya al hotel, pudimos presentar nuestros respetos a uno de los muchísimos santuarios que encontraríamos dispuestos por toda la ciudad, siendo este para nosotros el primero. Llegando al hotel, teníamos un 7-Eleven, que al igual que los que había por aquí antes y como siguen teniendo en Japón, son tiendas que también abren por la noche y venden de todo. Aparte de unas cuantas guarrerías que nos compramos (¡tenían Fanta de Uva!), aproveché para pedir que me cargaran el móvil con 200฿ y así poder llamar a la familia para tranquilizarles y informarles de la situación en la ciudad: es decir, que no estábamos chapoteando en aguas estancadas ni llovía torrencialmente. Quisimos aprovechar el Wifi del hotel para dejar los típicos mensajes a los amigos por e-mail y por el feisbus, pero por lo visto aquella noche no funcionaba bien, así que nos fuimos a dormir y lo dejamos para otro momento. Concluía así nuestra doble jornada y por fin veíamos una cama tras nuestra salida de Valencia hacía ya muuuuuuuuuuuuuuuuchas horas.

Operación Apsara (I): Rumbo a….. ¿Zürich?

Etiquetas

, , , , ,

Cada que salgo de viaje me toca la misma cantinela: bien por mi propia desidia, bien por razones logísticas, siempre me pilla el toro y concluyo los preparativos unas pocas horas antes de la salida. Esta vez iba a ser diferente, con todos los servicios reservados desde hacía muchas semanas, y los billetes y bonos debidamente emitidos e impresos con más de un mes de antelación, por no mencionar las debidas precauciones sanitarias (vacunas, etc). Pero claro, quién me iba a decir a mí que me volvería a ver obligado a cambiar de planes una vez más….

Recuerdo cierto sábado, el primero de Noviembre, y también primero tras las palabras de las autoridades tailandesas anunciando que en Bangkok lo peor ya había pasado. El mercado de Chatuchack, ubicado en una de las zonas de la capital donde ya había llegado el agua, reabría sus puertas tras un paréntesis de una semana. Todo parecía marchar bien, tanto que, animado, empecé a seleccionar los bártulos que me iba a llevar al viaje y a colocarlos en la maleta. Como me entretengo hasta con el vuelo de una mosca, al final dejé a medias mi actividad con la intención de retomarla al día siguiente, y cuando llegó el domingo, antes de ponerme con ello, decidí consultar la que a mi juicio es la fuente de información más fiable cuando pasa algo el Mundo: Twitter. Gracias a los tweets de Richard Barrow y el resto de residentes en Tailandia que comentaban el conflicto a través de la etiqueta #ThaiFloodEng, siempre estuve al día de (casi) todo lo que tuviese que ver con las inundaciones tailandesas sin pasar por el filtro de la sensacionalista prensa española que (una vez más) estaba sacando las cosas de tiesto.

Pero algo no iba bien. La previsión del gobierno de que la situación se estaba empezando a normalizar fue puesta en tela de juicio, y del optimismo se pasó a temer que lo peor aún estaba por llegar. Como ya se explicó en la entrada anterior, nos vimos obligados a rehacer nuestra ruta protegiéndonos de lo que pudiera pasar; Lady Merciless no pudo con la presión y terminó por abandonar el barco a pesar de los nuevos cambios (o tal vez a causa de ellos). Mi cabeza no podía pensar en nada que no fuesen las inundaciones, tanto que llegué a obsesionarme y ver sacos de contención por todas partes, incluso de camino al trabajo como los de la foto que podéis ver a continuación.

Llegué incluso a perder la típica ilusión que precede los grandes viajes, tanto incluso que me planteé arrojar también la toalla, estaba muy cansado y con la moral muy baja. ¡Pero no lo hice! Así que empecemos ya con  la historia de cuatro crápulas (Calvin, Eduefe, VHS y un servidor) haciendo de las suyas por los reinos de Siam y Kampuchea.

Nuestro vuelo salía de Valencia el martes por la mañana, y puesto que no nos apetecía nada darnos el madrugón en un día que se nos antojaría largo, VHS y yo decidimos ir allí la noche de antes. Nos podríamos haber quedado a dormir en casa de Eduefe y Calvin, pero mira tú la cosa que hacía muy poco que habían abierto un hotel de la cadena Travelodge muy cerca del aeropuerto, y nos dejaron la habitación doble por el módico precio de treintaitantos euros con el desayuno ya incluido. El hotel, muy básico pero correctísimo, además de nuevo y reluciente, dio la talla con creces. El desayuno tampoco estuvo nada mal, y como anticipo de los atracones que nos íbamos a dar durante los del resto del viaje, nos pusimos morados de todo: zumo, bacon, huevos…. ¡ñam! Estaba todo riquísimo. Teníamos justo enfrente la estación Rosas del metro, que nos quedaba a tan sólo una parada de la terminal. El billete nos salió bastante caro para lo corto que fue el trayecto, no recuerdo la cantidad (más de 2 €) pero por lo visto ha subido bastante desde que ya no vivo en Valencia. En el mismo convoy estaban también nuestros muchachos, así que no tuvimos ni que molestarnos en quedar. La facturación fue sin incidentes, y pudimos comprobar que nos habían respetado los números de asiento que reservé meses antes a través de Amadeus. Tengo que comentar que vimos un mostrador sin cola con la indicación de “Web Check-In” en la pantalla; supongo que podríamos haber entregado allí el equipaje ya que nosotros habíamos facturado en línea el día anterior, pero como tampoco teníamos prisa, ni me molesté en preguntar. Nos dieron a cada uno dos tarjetas de embarque, así al llegar a nuestra escala no tendríamos que volver a pasar por mostradores, y de paso nos reconfirmaron que nuestro equipaje facturado se iba directamente al aeropuerto de destino.

Desde las cristaleras de la puerta de embarque, pudimos ver nuestro avión enchufado a un finger (¡bien! yo soy de los que prefieren pagar un poco más y no ir pista a través como las cabras) y según clareaba el día, vimos el suelo ligeramente encharcado. ¿Sería éste un anticipo de lo que nos esperaba en Bangkok? Aún faltaban muchas horas para averiguarlo. Salimos en hora y tuvimos un excelente vuelo: el avión era cómodo, las azafatas simpatiquísimas, y además nos dieron de desayunar a bordo (¡segundo desayuno del día!), incluida una sabrosa chocolatina suiza a modo de despedida. Nos gustó mucho contemplar los picos de los Alpes, que ya estaban nevados, y llegando a Zürich, nuestra escala antes de volar hacia Bangkok, nos vimos flotando sobre un blanco mar de nubes.

Entonces fue cuando yo experimenté por primera vez eso que me habían contado muchas veces pero a mí nunca me había pasado: el hecho de llegar al punto de destino y no poder aterrizar por no tener pista libre o no estar esta última en condiciones, así que tuvimos que rodear la ciudad al menos un par de veces, y sabemos que lo hicimos más por las pantallas que indicaban nuestra posición que por otra cosa, ya que a través de nuestras ventanillas no veíamos más que nubes bajo un cegador sol. Finalmente se inició el descenso, atravesando la densa capa nubosa que parecía algodón, y aterrizamos en Zürich. Aunque Suiza no pertenece ala UE, como forma parte del espacio Schengen no tuvimos que molestarnos en rellenar formularios ni nada por el estilo, tan sólo lidiar con las gigantescas dimensiones del aeropuerto que daba la sensación de ser más grande que la ciudad en sí.

Ahora viene la pregunta del millón. Si os dieran a elegir una escala de cinco horas a pasar en el aeropuerto comiéndoos las uñas, o bien una de diez en la que fuese factible visitar la ciudad…. ¿qué haríais? Evidentemente nos quedamos con la segunda opción. Yo ya había estado una tarde allí hacía tres años, lo suficiente como para saber que merecía la pena una visita express. Dejamos nuestros equipajes de mano en consigna, y nos fuimos hacia el centro tan ilusionados como si la ciudad suiza fuese el verdadero destino de nuestro viaje. Llegar a Zürich desde el aeropuerto es comodísimo si lo haces en tren: el Intercity te deja en tan sólo diez minutos en la Hauptbahnhof, que es así como se llama la estación principal y que se sitúa en el centro de la ciudad. Por un poco más de lo que costaba la ida y la vuelta del tren, nos dieron la Zürich Card, que nos proporcionaba ciertas ventajas como por ejemplo tener acceso ilimitado a la red urbana de transportes (incluido el transfer del aeropuerto, claro está).

Las pagamos con tarjeta y nos salieron a dieciséis euros y pico. Siguiendo las indicaciones que nos dieron, metimos la tarjeta en la maquinita de validación y se nos activó para poderla usar el resto del día sin tenerla que validar más veces. El tren era de los de dos pisos y comodísimo, y como he dicho antes, nos acercó en muy poco tiempo. La estación seguía siendo tan estupenda como cuando la visité en la otra ocasión, pero…. brrrrrrrrrrrrr, ¡qué frío hacía!

Bueno, tampoco era para tanto, como íbamos debidamente abrigados, se hizo bastante soportable. Al salir a la calle, vimos un cartel de la versión local del “20 Minutos” que nos hizo empezar con el cachondeíto y nos pasamos todo el día añadiendo la terminación “-en” a todo lo que decíamos, ja, ja, ja, íbamos contentos pensando que nadie nos entendía cuando soltábamos nuestras gracias, pero seguro que alguien nos las cazó y se pondría a  pensar aquello de están locos estos hispanos xD (días después nos pillarían en un par de  ocasiones, pero eso ya os lo cuento cuando toque que si no me lío y no acabamos nunca).

El centro de Zürich es bastante pequeño y fácil de visitar. Si además llevas un mapita como el que nos envió gratuitamente la oficina de turismo junto a otros folletos, pues mejor que mejor; tengo que decir que en la estación antes los daban también, pero como lo llevábamos puesto, ni me molesté en buscarlos…. ¡ah! que se me olvidaba, en el punto de información del aeropuerto y en el pasillo de las consignas automáticas también los tenían, junto a montón de guías y útiles folletos. Vaaaaaaaaaaaaale, también os lo podéis descargar si pulsáis aquí.  Y para muestra, un botón.

Cruzamos el río Limmat y nos dirigimos hacia la calle Niederdorfstrasse, que recordaba de la anterior visita y me había gustado mucho. Quien haya estado sabrá a qué me refiero: se trata de la típica calle peatonal con montones de restaurantes y tiendecillas que te alegran el rato. Aprovechando que empezábamos a tener hambre, decidimos que sería una buena idea comer allí mismo, pero claro, no es lo mismo decirlo que hacerlo. Resulta que desde fuera todas las cartas estaban en alemán, los precios que veíamos eran carísimos, y encima para colmo no llevábamos divisa local.

El caso es que con el despiste, llegamos hasta el final, donde se encuentra la catedral protestante Grossmünster, y de allí bajamos a las orillas del río. En el Rathaus Brücke mi sentido del hambre me dijo ¡basta! y pregunté en el primero sitio que vi…. menos mal que chapurreaban inglés. Era un sitio de comida para llevar con un par de mesitas enfrente, donde nos aceptaron pagar en euros y nos pillamos unas ensaladas, tallarines con pollo al curry que picaban como un demonio y un par de guarrerías varias. Nada barato pero muy rico, y a pesar del frío, nos lo comimos muy a gusto allí mismo.

Cruzamos el río otra vez en dirección hacia la iglesia de San Pedro (la que tiene la famosa torre con el reloj gigante, creo haber leído no sé dónde que es el más grande de Europa) y nos dispusimos a callejear por allí hasta que encontramos un café chulísimo donde entramos a calentarnos, por dentro y por fuera, claro está. Subimos al parquecillo del Lindenhof desde el que hay unas vistas preciosas de la parte oriental de la ciudad, y desde allí volvimos otra vez a la zona de la estación, no sin antes haber estado deambulando por unos callejones estrechísimos de esos que hay a quien le dan mal rollo mientras que otros exhiben sus fotografías como trofeos en los foros de viajes (no fue nuestro caso ninguna de ambas)

Cruzamos de nuevo el río, y nos montamos en el encantador funicular Polybahn, que en un momento nos acercó a la Universidad, desde donde la vista ahora era de la parte Occidental de la ciudad.

Como tampoco es que estuviésemos muy arriba, se nos ocurrió subir aún más alto del siguiente modo: bajamos otra vez a la altura del río, y en la plaza Central tomamos el tranvía nº3 hasta la parada Römerhof. El trayecto nos llevó por unos barrios interesantísimos y muy apañados, de hecho comentamos que para nada nos importaría vivir una temporadita allí, je,je,je. Allí cambiamos al funicular Dolderbahn, menos encantador que el Polybahn, pero con mayor recorrido. Durante el ascenso veíamos bellísimas panorámicas de Zurich, ya iluminado porque estaba anocheciendo, pero la espesura de los árboles apenas daba tregua para que pudiésemos apreciarlo bien. No tuvimos mejor suerte al llegar a la última parada, el hotel Dolder Grand, porque allí ya estábamos en pleno bosque, pero bueno, por lo menos la gracia estuvo bien. Nos llamó la atención que al sentarnos en el vagón de vuelta, teníamos las posaderas calientes (gran invento, je,je,je).

Luego tomamos el tranvía nº8, desde el cual pudimos ver el lago porque en uno de sus tramos lo bordea, y del que nos apeamos en la Parade Platz para poder pasear por la Banhoffstrasse, la calle más exclusiva de Zürich, y claro, si Zürich ya es una ciudad exclusiva de por sí…. ¿con qué nos encontramos en su calle más pija? Pues con unos escaparates deslumbrantes, a mí me dejó descolocado el de Jimmy Choo, madre mía qué zapatos, ni Carrie de Sexo en Nueva York, menos mal que no soy de llevar tacones, ja, ja, ja! Lo que sí que me tienta y mucho es la dichosa manzanita mordida, y claro, no pudimos evitar entrar en la Apple Store que encontramos allí mismo. De haber tenido el teclado completo del Mac en español (sííííííí, pregunté por él) me lo hubiese llevado bajo el brazo, que allí me salía muchísimo más barato que en España, pero nada, sólo lo tenían en alemán y en inglés. De la tienda salí con la misma sensación que de las otras que tienen repartidas por el Mundo: muy buen servicio, golosos productos, pero si no vas a comprar o probar algo ir allí es perder el tiempo. No, no, y no. Por mucho que me gusten los Mac, los iPad y los iCacharros de marras, no entiendo a la gente que visita las Apple Stores como si fueran museos. Quitando ciertos detalles especiales como el cubo de cristal de la store de la 5ª Avenida de Manhattan, vista una, vistas todas, y además tengo que decir que un aburrimiento como una casa.

En la calle estaban empezando a montar los mercados de Navidad, pero aún no los tenían a punto. Lo que sí que estaba 100% operativo eran unos puestos de salchichas donde nos comimos unas Curry Wurst o como se llamen que estaban de morirse, resucitar para chuparse los dedos, y volverse a morir otra vez, por no mencionar unos bollitos tipo donut sin agujero que llevaban por dentro mermelada de frambuesa….. juuuuuuurrr!!! Menos mal que teníamos el estómago lleno cuando pasamos por cierta tienda de chocolates, porque de lo contrario no hubiésemos podido evitar la tentación de entrar y saquearla.

Estuvimos curioseando por algunas tiendas, donde mejor lo pasamos fue en la de Swatch, tenían unos modelos molones a tope. Cuando nos cansamos de tanto lujo y consumismo (que conste que no compramos nada, ¿eh?), como nos habíamos quedado con las ganas de ver Zurich iluminado desde las alturas, volvimos a acercarnos otra vez a la universidad con nuestro amiguete el Polybahn. Las vistas, desde nuestro punto de vista, ganaron en esta ocasión.

Luego, al bajar, ya apretaba la rasca, y nos metimos en un Starbucks a pasar el rato y de paso bebernos uno de esos meganoséloqueésconalgodecafé que sirven por aquellos lares. Allí hablamos de cómo nos había llamado la atención que por lo general, la gente joven (y no tan joven) de Zurich era bastante atractiva, la mayoría con su atuendo a la última moda, y al menos en apariencia, no tan ensalvajados como por desgracia cada vez vemos más por España. Y luego estaban sus portátiles: toooooooooooooooodo el mundo estaba toqueteando su Macbook (Pro o Air) o sus iPads aprovechando el Wifi del local. Claro, con el pastofen que ganan, y encima con mejores precios que aquí, así cualquiera… ¡Y qué buenos estaban los… cafés, je, je, je.

En fin, que decidimos que ya era hora de volverse al Flughafen, es decir, al aeropuerto, pero antes fuimos a una tienda de souvenirs que recomendaba la guía de la Zürich Card porque VHS quería comprar un par de cosillas; aunque la teníamos cerca decidimos seguir abusando de la excelente red de tranvías de la ciudad (pasan continuamente, y como era de esperar, están impecables) que nos salían gratis con la tarjetita de marras, y tomamos un par de ellos para ir descansados y calentitos.

Síííííííí, ya sé que esta foto es de cuando aún era de día, pero no tenía otra, ¿pasa algo? Además no sé qué explicaciones doy si nadie se hubiese dado cuenta si no lo comento xD. En fin, que en la tienda había poca cosa digna de dejarse los nardos, digoooo, francos (ya sabéis cuánto odio esta clase de comercios), así que poco tardamos en tirar para la estación. Ay no, que se me olvidaba, aprovechando que estábamos junto al Münsterbrucke, que es el puente que une las dos catedrales (no confundir Münster con Monster, que sus veo venir) aprovechamos para lanzar alguna fotillo desde el mismo.

Ahora sí, nos fuimos a la Hauptbahnhof (ya verás como lo he escrito mal), y como no teníamos prisa, nos recreamos contemplando sus curiosos elementos decorativos, como cierta silueta femenina alada y entrada en carnes que armada con sus rayos láser flotaba sobre nuestras cabezas, o el inmenso panel de lucecitas que respondía a las órdenes que la gente le daba en una pantalla táctil.

Para volver nos hicimos la picha un lío con el tren, ya que el que vimos según las pantallas informativas que salía antes, lo hacía desde un andén que no atinábamos a encontrar. Tras dar un par de vueltas y caer en la cuenta que las indicaciones nos invitaban a salir de la estación (!), finalmente interpretamos que dicho tren que salía antes era el tranvía…. ¡Aaaaaamigo! Pues con el tranvía no vamos que tarda un huevo, así que mejor nos quedamos esperando un poco más y nos vamos con el Intercity que ya lo tenemos localizado. Yo aproveché para impregnarme del ambiente de la estación, ya sabéis que adoro el ferrocarril, y de haber sido este el final del viaje en lugar del principio igual me hubiese escapado y colado en alguno de los trenes internacionales que asomaban por allí.

Al igual que a la ida, en un ratito estábamos en nuestro destino con el maravilloso tren de dos pisos. Como ya he dicho antes, al aeropuerto casi lo rebautizamos como Zürich II por lo grande que nos pareció, yo no sé dónde leches leí que era pequeño (eso me pasa por creerme todo lo que me cuentan en los foros de internet), pero vamos, que tampoco había de qué preocuparse, todo estaba perfectamente ubicado y controlado tal y como cabría esperar en Suiza. Cogimos nuestras cosas de consigna, y para matar el rato, nos fuimos a zampar otra vez… yo creo que aquel día, entre los dos desayunos, la comida, los cafés, la salchicha….. madre mía, ¡si comimos para toda la semana! Nos decantamos por una famosa cadena de comida rápida que me niego a mencionar por la inmensa clavada que nos pegaron. Eso nos pasa por gordos.

Y aquí acaba el relato. Tenía pensado hablar más del aeropuerto pero veo que como siempre me he enrollado como una persiana, así que tendréis que esperar a la próxima entrada ;)

Próximamente: Operación Apsara

Etiquetas

, , , , , , , ,

¡Por fin llegó la hora de partir! ¿Cuál fue vuestro último gran viaje? ¿Cuánto tiempo hace que el cuerpo os pide marcha y embarcaros en un interminable vuelo que os permita cruzar el charco, o al contrario, partir en busca del sol naciente? Yo regresé de Nueva York hace ya casi tres años, y aunque no se puede decir que haya estado en dique seco desde entonces (dos cruceros ¡valga la redundancia!, sendas escapadas a Ibiza y Praga…), tenía la necesidad de huir unos días a miles de kilómetros de casa.

Leyendo el final de mi relato “Funk & the City”, se puede ver cómo quedó en el tintero repetir viaje con mis compañeros de ruta, siendo una escapada a Tokyo una de las opciones que se barajaron. Circunstancias varias hicieron que dicha escapada se fuese posponiendo una y otra vez, y bien podría haber caído en el olvido de no ser por mis enormes deseos de regresar a Japón, que me hicieron prestar especial atención a cualquier oferta que permitiese volar al país de mis sueños por un precio razonable. Varias oportunidades cayeron en saco roto, hasta que a finales de 2010 descubrí los pelotazos que Swiss preparaba para la próxima temporada. Para mí lo más interesante era la promoción “Valencia se abre al Mundo”….. ¡¡por fin una aerolínea se acordaba de nosotros!! Trasteando aquí y allá, jugando con las fechas de ida y vuelta como si fuesen las piezas de un rompecabezas, llegué a la conclusión de que o bien cerraba la boca, o bien cubría el teclado con una funda impermeable porque lo estaba poniendo perdido de babas con la de vuelos interesantes que aparecían en mi pantalla de Amadeus (maldita profesión la del agente de viajes, que lo encuentras todo pero nunca tienes el tiempo ni el dinero para viajar a tantos sitios).

Me apunté un par de posibles periodos y me fui al despacho del mandamás a pedir su opinión, además de indicarle que mi grandísima amiga Ara me había propuesto unirme a ella en un apasionante viaje a la India en el mes de Octubre. Tras estudiar los días en los que mi ausencia de la oficina causaría menos conflictos, vimos que el viaje a la India en Octubre era casi inviable, pero se me dio la bendición para viajar la segunda semana de Noviembre. Se lo propuse a los amigos que me acompañaron a Nueva York, y en menos que canta un gallo ya me habían confirmado su asistencia cuatro de cinco (lástima que no te pudieras venir Vane, el año que viene no os escapáis ni tú ni Manolo). ¡Juntos otra vez! ¡¡Y encima en Japón!! ¿Qué más se podía pedir? Pues por ejemplo que nos pillara uno de los dos momentos del año en el que los paisajes japoneses se vestían de gala. Todo el mundo conoce la floración del cerezo a finales de Marzo / principios de Abril, pero el rojo fuego con el que se tiñen los arces y otros árboles durante el mes de Noviembre también es algo digno de vivir en directo. Decidimos así bautizar los preparativos de nuestro viaje como la Operación Momiji, en honor al nombre que se da en Japón al mencionado espectáculo visual del que íbamos a ser testigos en primera persona.

Tras un par de debates, llegamos a la misma conclusión a la que llegué yo en 2008: lo que iba a ser una semana en la capital del país, se convirtió en algo más de quince días repartidos entre las regiones de Kansai y Kanto. Como auto-regalo de Navidad, emitíamos nuestros billetes justo el día de Fin de Año. Nos quedaban once meses en los que pulir preparativos para conseguir el viaje perfecto. Aunque, por desgracia, muchas veces nuestros mejores planes se van al garete por motivos externos ajenos a nuestra voluntad. Y creo que todo el mundo sabe lo que sucedió tres meses después.

Como agente de viajes siempre he sido un acérrimo defensor de anticipar las reservas. Si de mí dependiese, no existirían las ofertas de última hora. Siempre he animado a mis clientes a reservar sus vacaciones con la máxima antelación posible una vez tengan claro cuándo van a poder viajar. Si las aerolíneas se portan bien con los precios, es una maravilla poder reservar el hotel o medio de transporte que nos dé la gana porque hemos sido los primeros, como también lo es el poder preparar tranquilamente y sin prisas los pormenores de nuestro ansiado viaje.

Ahora bien, cuando aún te faltan entre siete u ocho meses para irte y te enteras de que tu lugar de vacaciones ha sufrido un grave temblor de tierra, seguido de un mortal y destructivo maremoto, por tu cabeza pueden pasar muchas cosas (por la mía fue una inmensa lástima por las víctimas y también por los que se quedaron sin nada). Pasado el susto inicial decides hacer caso omiso de las voces de alarma que suenan constantemente a tu alrededor, la mayoría alimentadas por la vergonzosa e inexacta cobertura mediática que escupen nuestros medios de (in)comunicación, y cuando empiezas a ver luz al final del túnel, es cuando te cae un inmenso jarro de agua fría. Dicho jarro tuvo nombre propio, y no fue otro más que Fukushima. Por mucho que no temas sufrir un terremoto en el país que más preparado está para ello, y por mucho que te importen una mierda los comentarios del listo de tu vecino que es fan de las fatalidades que obscenamente proclama Pedro Piqueras en su noticiario, el fantasma de la radiactividad es capaz de dejarte sin argumentos. No me voy a explayar contando por enésima vez lo que todo el mundo ya sabe (o cree saber), en parte porque ya se le dedicaron bastantes líneas en este blog. Tan sólo comentar que la Operación Momiji corría el riesgo de ser suspendida, y tras varias negociaciones con nuestra aerolínea, un mes más tarde del día en el que que tembló la tierra y el mar reclamó varios miles de almas inocentes decidimos arrojar la toalla y cambiar Tokyo por Bangkok. Nacía la Operación Rambután.

Los clientes de Swiss que tuviesen emitidos billetes para volar a Japón entre el 12 de Marzo y el 30 de Junio, bien sabrán que la aerolínea helvética fue una de las que mejor se portaron (por no decir la que más) con sus pasajeros a la hora de tomar decisiones de cara al conflicto. Todos los billetes comprendidos en tal amplio periodo podían ser cancelados o pospuestos al margen de que en circunstancias normales su base de tarifa no lo permitiese. Pero para quienes viajásemos a partir de verano, no se nos concedía ningún tipo de gracia…. o al menos no según los comunicados oficiales, porque a nosotros nos dejaron cambiar el destino, y a otros clientes míos que iban a viajar en Octubre, también. Tan sólo se nos penalizó con pagar la diferencia de la tarifa, ya que en el momento del cambio, el billete a Bangkok costaba un poco más de lo que habíamos pagado originalmente por el de Tokyo, pero tampoco fue una cantidad importante.

Gracias a que seguían faltando muchos meses para el viaje, tranquilamente pudimos confeccionar la nueva ruta. Cada cual expuso sus deseos, y por lo general todo el mundo se puso de acuerdo en que sería muy interesante que al menos la mitad del viaje la repartiésemos entre las ruinas de Angkor en Siem Reap (en la vecina Camboya) y las playas del Mar de Andamán. Así que aparte de Bangkok, apenas nos quedaba tiempo de ir a otros sitios del país, y si encima tenemos en cuenta que para el fin de semana previo al vuelo a Siem Reap había interés por asistir al inmenso mercado de Chatuchack, ya quedó más que claro que la primera semana la pasaríamos en la capital y desde allí organizaríamos alguna excursión a sitios más o menos cercanos como Ayutthaya o Kanchanaburi. Desgraciadamente Sukhothai, Chiang Mai y el Triángulo de Oro quedaban fuera de nuestra ruta (otra vez sería).

Nos tocaba cuadrar los vuelos internos, y menudo dolor de cabeza que me dieron; resulta que por lo visto el aeropuerto de Siem Reap tiene una especie de exclusiva con Bangkok Airways, así que desde Tailandia tan solo se puede volar hasta allí con ellos (desde otros países sí que lo hacen otras aerolíneas), y claro, al no tener competencia, los precios de un ridículo vuelo de una hora de duración salen por una exageración. Por suerte, la aerolínea ofrece a sus pasajeros una especie de bono para quien vaya a usar en un determinado intervalo de tiempo tres o más de sus vuelos a unos precios mucho más razonables; este billete especial, conocido como Discovery Airpass, se puede emitir en determinadas agencias de viaje y la empresa en la que trabajo es una de ellas, por lo que no tuvimos más que buscar una combinación triangular que se ajustase a nuestros planes y la encontramos en seguida: Bangkok – Siem Reap, Siem Reap – Phuket y Phuket – Bangkok. Elegir los hoteles tampoco es que nos costase mucho, y con los buenos precios que conseguimos a través de mis proveedores y receptivos habituales, aún nos sobró para darnos un capricho durante nuestra futura estancia en las playas de Andamán que en otras entradas os contaré.

En Mayo ya lo teníamos todo listo. De nuevo, no teníamos más que esperar. Y entonces volvió a ocurrir. A mes y medio del viaje, Ayutthaya, uno de los sitios que más nos hacía ilusión visitar, quedaba totalmente anegada a causa de las aguas que dejaron tras de sí las lluvias monzónicas. Nosotros tan felices estábamos que ni nos enteramos cuando sucedió. Pero al final, cuando menos te lo esperas, siempre te puedes sentar a comer y quedar a merced de lo que te escupa el telediario, y claro, entonces te enteras que llevan varios días así, que incluso han tenido que cerrar las fábricas de importantes multinacionales apostadas en la zona. Pero lo que realmente te horroriza es cuando te cuentan que las fétidas aguas están avanzando lentamente hacia el Sur, con la intención de devorar la ciudad en la que tienes previsto pasar una semana. Y la pesadilla de la que habías despertado en Abril, vuelve a atormentarte cuando cierras los ojos, y piensas que eres gafe, que con la falta que te hacía escaparte y desconectar es injusto que te pasen estas cosas, pero claro, luego te lo piensas bien y caes en lo afortunado que eres por no ser una de esas pobres personas que llevan varias semanas chapoteando entre aguas contaminadas, o volviendo a pensar en Japón, cualquiera de las que sobrevivieron primero al terremoto, luego al tsunami, pero resulta que no pueden volver a su hogar porque una amenaza invisible ha envenenado para siempre la tierra, el agua y el aire donde está la casa que pagaron con el trabajo de toda su vida. Pero luego te asalta la vena egoísta, y respiras con alivio cuando te enteras de que el gobierno tailandés ha decidido sacrificar los barrios periféricos (más humildes) de la capital, levantando unos diques que van a provocar que el agua que invade sus casas tarde más en irse para así proteger los ricos barrios del centro de la capital; es decir, que gracias a la prolongación de su sufrimiento, los que venimos de fuera posiblemente ni nos enteremos del drama y regresemos de Bangkok creyendo que lo que vimos en el telediario no era más que una película de catástrofes. Y si hay algo de lo que honestamente te alegras, es de no haber caído en el terrible error que amargamente lamentaste en primavera; sí, cometiste la imprudencia de decirle a todo el mundo que te ibas a Japón y tuviste que soportar mil comentarios y consejos que a más de uno te hubiese encantado hacérselos tragar con un poco de yodo y cesio radiactivos, pero bueno, como he dicho, en esta ocasión fuiste más inteligente y apenas le contaste a un par de personas tus nuevos planes.

Estas líneas se empezaron a redactar dos semanas antes del inicio del viaje, justo tras el fin de semana en el que todos los expertos vaticinaban que las inundaciones invadirían el 100% del suelo de Bangkok. Se equivocaron. Pero también se afirmaba que si Bangkok resistía una semana más, por fin se podría dar garantías de que el centro de la ciudad quedaría intacto; pasaron siete días, y de nuevo las previsiones se volvieron a contradecir, anunciando una lenta pero segura llegada de las aguas a la zona turística y comercial de la capital alcanzando un nivel crítico justo tres días antes de nuestra llegada. Los nervios se apoderaron de nosotros, a mí me atacó una dolorosa migraña que no había quien se deshiciese de ella, los escasos familiares y amigos que estaban al tanto volvieron con la misma cantinela que la que se desató tras el incidente de Tohoku en Marzo…. y finalmente hubo que tomar decisiones: todos acordamos que pensando en lo que podría llegar a pasar, lo mejor sería quitarle días a Bangkok y alrededores para dárselos a Camboya y ver algo más que Siem Reap y todos contentos. Bueno, cuando digo todos me refiero a los cuatro, porque como recordaréis íbamos a ser cinco, pero hubo quien perdió la paciencia (y por increíble que lo parezca no fui yo) y decidió cancelar su viaje. Entre esa persona y yo quedará siempre el gasto económico que le supuso dicha cancelación a menos de una semana de la fecha de salida, como también el trastorno que me creó cambiar las reservas a contrarreloj, hasta el mismo día antes de la salida estuve liado. ¡Ah! Tengo que dar las gracias a Bangkok Airways por lo fácil que nos lo pusieron para cancelar los vuelos internos de la persona que se quedó atrás, como también adelantar el salto Bangkok – Siem Reap para los demás. Dado que el nombre Operación Rambután nos lo inventamos precisamente por los gustos de la persona que ya no nos iba a acompañar (le encantan los rambutanes y se pensaba poner morada durante el viaje), creímos más oportuno cambiarlo a otro más adecuado; la prolongación de nuestra estancia en Camboya fue lo que nos animó rebautizar definitivamente nuestro viaje como la Operación Apsara.

¡Volvemos a la carga! (las “gracias”, a RENFE)

Etiquetas

, ,

Tras varios meses de inactividad en la que no se me puso a tiro ningún hecho cuya relevancia le hiciese merecer ser publicado en el blog, resulta que el finde pasado me fui de boda. Si me tomase la molestia de detallar lo maravilloso que fue el acto, lo guapa que iba la novia, y lo bien que lo pasé, por no mencionar el descubrimiento de ese pedazo de artista que es Dani Carretero, estaría haciendo honor a la verdad; pero, ¿cuántos de vosotros seguiríais leyendo ante tal perspectiva? Pues bien, quienes seais antiboda, podéis respirar tranquilos, porque de lo que voy a hablar es de RENFE. Sí, esa maravillosa compañía ferroviaria que se financia con el dinero que sale de nuestros impuestos y que invierte desorbitantes cifras en llevar el AVE a los más inverosímiles puntos de la geografía española, pero que imperdonablemente desatiende ahora y siempre a regiones tan visitadas como la Costa Blanca. Y dicho esto…. ¡empezamos!

La cuestión está en que me tenía que desplazar unos 320 Km y tenía como opción recorrerlos íntegramente en coche (con la consiguiente sangría económica en concepto de carburante y los temidos peajes de la AP7) o bien usar el transporte público. Puesto que como ya he comentado antes para RENFE la Costa Blanca no existe ni ahora ni nunca, y  además la opción de ir en autobús con ALSA me daba pesadillas con tan sólo pensar en ella, llegué a la conclusión que lo mejor sería acercarme a Valencia con mi propio vehículo y una vez allí tomar el tren hasta L’Aldea, estación que se encontraba tan sólo a 15 KM del hotel donde se iba a celebraar el sarao y donde además los novios tuvieron el detallazo de reservarme una habitación. ¿Y qué iba a ser de mi auto durante el fin de semana? Ante la perspectiva de dejarlo en la calle o pagar un dineral en un parking cubierto, decidí que tal vez lo mejor sería viajar en clase preferente pagando un poco más de lo que costaba el billete de vagón turista pero que me proporcionaría 48 horas de uso gratuito del parking ubicado en la misma estación (24 horas por el billete de ida más otras 24 por el de vuelta), justo lo que necesitaba. Así que estacioné, monté en el Alaris y me dejé llevar por el que es mi medio de transporte preferido.

A bordo del tren me llevé la primera en la frente. Hace pocos años, cuando aún residía en Valencia, viajar en la clase preferente de un Alaris (por lo menos en sus rutas hacia Madrid) implicaba tener incluido el desayuno, almuerzo, comida, merienda o cena según la hora. A mí no me dieron ni las gracias, desconozco si será porque la línea en la que viajaba no contemplaba dicho servicio, o si por el contrario todo se debía a un reajuste de presupuestos (maldita crisis). Si elegís viajar en preferente pensando en comer gratis, aseguraos primero que vuestro tren os lo vaya a permitir. De lo que no me voy a quejar es de la comodidad y el confort. En tren viajo a gusto incluso en la clase turista y esta vez no iba a ser una excepción.

Volviendo al tema de la boda, el plan lo tenía trazado con quien iba a ser mi cómplice esa tarde: teníamos previsto que el tren llegase dos horas antes del evento, así, tranquilamente me recogían en la estación para luego sin prisas ni agobios llevarme al hotel donde me pegaría una reparadora ducha y me vestiría para la ocasión. Pero, ay, basta con que traces el plan perfecto para que la fatalidad te lo eche por tierra. En mi caso dicha fatalidad se llamaba Condensador Eléctrico (o al menos eso fue lo que nos dijeron): cuando faltaría cosa de un tercio del camino por recorrer, de repente se apagaron las luces y pantallas del vagón a la vez que el convoy iba disminuyendo progresivamente su velocidad. Al poco de detenernos, conseguimos arrancar de nuevo para volvernos a quedar tirados otra vez a los pocos minutos; así en un par de ocasiones hasta que llegamos a un apeadero, donde nos quedamos varados definitivamente para ser informados de que el nuestro no sería el tren con el que llegaríamos a nuestro destino y que en cosa de algo más de una hora seríamos rescatados por el próximo Euromed pasara por allí; mientras, se nos invitaba a permanecer en el vagón (sin luz ni aire acondicionado, aunque con las condiciones de luminosidad y temperatura ambiente existentes tampoco era algo grave) o bien bajar al andén y permanecer al aire libre. Yo fui de los pocos que se quedaron dentro, disfrutando de la comodidad de la butaca y el silencio de un vagón prácticamente desierto. Saqué cuentas y llegué a la conclusión de que en el supuesto de que el  Euromed llegase a la hora prevista, yo lo haría muy muy justito a la boda y además fastidiaría también los planes de quien me viniese a recoger, así que le llamé y tras verificar que no tendría problemas en ir de la estación al hotel en taxi (la aplicación Google Maps de mi móvil me permitió verificar que efectivamente tan sólo 15 KM separaban un punto del otro), le dije que no me viniese a recoger, que ya llegaría por mis propios medios.

Como tal vez recordaréis haber leído unas líneas más arriba, al tener previsto llegar con dos horas de antelación, mi plan era adecentarme y cambiarme de ropa nada más llegar. Pero claro, las cosas iban a ser distintas, ya que en el mejor de los casos iba a llegar con la ceremonia ya empezada, es decir, que aparecería en mitad del evento ataviado con mis pantalones cortos y mis zapatillas deportivas, así que me vi obligado a buscar una solución: no tenía otra más que asearme y cambiarme en el lavabo del tren; suerte que por el momento RENFE no nos obliga a facturar nuestro equipaje y tenía a mi alcance todo lo que necesitaba. ¿Alguna vez os habéis cambiado en el cuarto de aseo de un tren? El habitáculo es reducido a más no poder, y eso sin mencionar que tengáis como yo la mala suerte de que algún guarro haya dejado un regalito líquido en el suelo, reduciendo el espacio útil aún más. Y si encima no hay ningún tipo de luz (recordad, la avería fue de tipo eléctrico), una vez cierras la puerta te encuentras en medio de la misma oscuridad que caracterizaría la garganta de un lobo. Entonces nos encomendamos al ánima del inmortal Mc Guyver esperando que nos inspire algún tipo de solución, que en mi caso fue poner el móvil el modo cámara de vídeo y dejar que el LED de su flash fijo iluminase la estancia; el lugar donde deposité mi improvisada lámpara fue el mismo que me vino estupendísimo de la muerte para colocar la maleta abierta: el soporte cambia bebés, ese que siempre vemos plegado y más de una vez hemos pensado en desplegar para ver cómo es. Me las apañé como pude, dejando el tema del calzado para hacerlo en el mismo vagón y el pelo ya me lo arreglaría tranquilamente en el WC del Euromed en el que llegaría a mi destino (si es que llegaba algún día).

La cara que se le quedó a quien me vio salir de los aseos fue bastante divertida, ja,ja,ja, y no os cuento ya cuando me empecé a poner los zapatos y el maquinista del tren me sorprendió a la faena. Como ya era casi la hora, bajé al andén junto al resto para esperar el convoy que nos iba a rescatar. Tengo que mencionar que el escaso personal ferroviario presente (dos personas para todo el tren si las cuentas no me fallan) supieron estar a la altura de las circunstancias y estuvieron en todo momento visibles tranquilizando al pasaje, informando no sólo de cuándo y cómo íbamos a llegar a destino, sino también acerca de las indemnizaciones que íbamos a recibir a causa del retraso sufrido; además, como teníamos que cambiar de andén vía un túnel subterráneo, se ofrecieron a ayudar con el transporte del equipaje de quien lo requiriese. Eso sí, las caras de la gente se empezaron a agriar cuando se nos informó que nuestro rescatador había sufrido otro percance y se encontraba detenido en una estación próxima a nosotros; por suerte, fue algo muy leve y rápido, porque sólo se retrasó 15 minutos con respecto a la hora que nos habían indicado.

En el nuevo tren se nos invitó a ocupar los vagones que se correspondían a los que habíamos abandonado en el anterior, es decir, que los de preferente seguíamos pudiendo viajar en la clase premium, pero tengo que decir que no lo controlaron en absoluto, por lo que puede que alguien de turista se alegrase a sí mismo con un “upgrade” de categoría sin que nadie le dijese nada. Allí si que se notaba la diferencia de una clase a otra, no sólo en el tipo y distribución de las butacas, también otros detalles como por ejemplo la mayor presencia de azafatas. Aproveché el escaso tiempo que pasaría a bordo para terminarme de arreglar (ahora ya con luz) y justo cuando estábamos a punto de llegar a mi destino, pasó el carrito de las bebidas y snacks gratis que conocía de otras veces; a pesar de que estaba a punto de abandonar el tren (de hecho, me encontraba frente a la puerta del vagón), las azafatas que lo portaban, muy amablemente me ofrecieron la posibilidad de coger algo “para el camino” (oferta que decliné porque me veía ya mismo por fin en la boda). Lástima que no hubieran pasado antes T_T.

Al bajarme del tren, llamé a un taxi y mientras lo esperaba fui al punto de venta e información a reclamar el retraso sufrido. Me pidieron el billete y tras comprobarlo, me ofrecieron el reembolso en metálico del 100% del importe correspondiente a la ida, el cual por supuesto acepté (me iba a venir de cine para pagar el taxi). El problema es que estuve muy lento de reflejos y no indiqué a la persona que me atendió que necesitaría el billete para salir del parking de Valencia al día siguiente antes de que fuese demasiado tarde y no se pudo retroceder la operación, así que me vi con el dinero y sin billete, aunque me dieron un recibo de la devolución donde al menos venía indicado el número del mismo; en el peor de los casos, si me tocaba pagar las primeras 24 horas de parking, tampoco sería muy grave al habérseme reembolsado el importe del billete de ida (bastante más caro que el de vuelta, como sabréis quienes soléis viajar en RENFE).

De lo que sucedió el resto del fin de semana hasta mi regreso a Valencia el domingo por la tarde apenas me voy a hacer eco, como ya digo al principio de la entrada, fue una estupenda boda y un no menos estupendo reencuentro con gente a la que aprecio y hacía años que no veía. Si acaso mencionar mi llegada triunfal a modo de estrella hollywoodiense justo cuando se invitaba a los amigos de los novios a participar del extraordinario reportaje fotográfico que estaba realizando Dani Carretero (espero que no le importe que le haya tomado prestada esta foto en la que aparezco, así además le hago merecida publi, je,je,je). ¡Ah, sí! Casi olvido comentar que me tocó un taxista muy cachondo, que me quiso asustar diciéndome que entre la estación y el hotel había más de 60 KM, aunque tuvo que rectificar cuando vio que mi tez se puso blanca y luego azul, ja,ja,ja, menudo bromista. El lugar elegido para el evento fue el Delta Hotel, ubicado entre los arrozales de La Cava y muy próximo a la desembocadura del Ebro; personalmente, a mí me gustaron tanto las instalaciones como el entorno, se lo recomiendo a quien quiera pernoctar en la zona.

Podría terminar el relato aquí….. pero hay una segunda parte, y de nuevo hay que darle las gracias a RENFE. El Domingo por la tarde regresaba a casa. El Talgo con el que me desplazaría hasta Valencia llegaba con 10 minutos de retraso, pero por suerte o por desgracia (según se mire) ello no fue un handicap para llegar incluso un poco antes de la hora prevista. Llegó así el momento de enfrentarme al hecho de sacar el coche del parking sin tener que pagar por ello. En los cajeros automáticos del mismo no se indicaba de ningún modo cómo obtener la gratuidad; este hecho, unido al del que el aparcamiento no estuviese directamente gestionado por RENFE, me hizo temer que tal vez hubiese estacionado el automóvil en el lugar equivocado.

Así que no tuve más remedio que acudir al temido mostrador de (des)Atención al Cliente. Allí, un personaje con muy mala leche y nulos conocimientos, (des)atendía las dudas y solicitudes de una larga cola de gente; en su defensa tengo que decir que había mucho plasta preguntándole inimaginables chorradas, pero eso no es excusa para tratar a los clientes como gorrinos camino del matadero: e insisto, el individuo no tenía ni idea de las cosas que le preguntaban, continuamente las tenía que consultar en su extenso manual, con la consiguiente pérdida de tiempo. ¿Queréis saber más? A un chico (muy pesado, lo admito) directamente lo echó. Pues bien, cuando llegó mi turno, con mi mejor sonrisa y gesto de humildad, le pedí ayuda para gestionar la gratuidad del parking ya que era mi primera vez. Me indicó que justo antes de la salida del mismo, hay una garita donde entregar los billetes y el ticket de entrada, donde revisarían todo para darme el visto bueno y permitirme la salida. Tras darme la información requerida, me pidió mis billetes; el recibo de devolución ni lo miró, y en cuanto al billete de vuelta…. casi me lo tira a la cara. Según sus palabras, tenía que pagar el 100% del recibo del parking: para él, yo tenía un billete de ida L’Aldea – Valencia, y ese billete no era válido para canjearse en el parking de destino, sino el de origen, es decir, L’Aldea y no Valencia. Intenté en vano explicarle que no era un billete de ida, sino de vuelta (de hecho en el mismo lo indicaba claramente) y que tenía el recibo correspondiente a la incidencia que sufrí a la ida, y nada, el tipo erre que erre con que eso no valía para nada y que por favor dejase el mostrador libre. En eso que me vino la inspiración, y le pregunté si dándole el localizador o el número de billete me podría imprimir un duplicado del mismo y con muy malos modales me lo denegó, así que decidí jugar mi última carta intentándolo en las máquinas de auto check-in.

El monolito resultó ser de la misma utilidad que el estúpido que había dejado atrás: ninguna. Debido a que como los trenes contratados ya habían circulado, el sistema ni tan siquiera reconocía la reserva (sólo se puede usar hasta 5 minutos antes de la salida del tren). El mundo se me vino encima, y tras intentar encontrar una solución en vano, me vi obligado a sacar el as que me había guardado en la manga (o recurrir al comodín del público, si lo  preferís) y probar suerte en la garita de salida. Allí acudí de nuevo con cara del que en la vida ha roto jamás un plato, y le dije al responsable que era la primera vez que usaba el parking, y que necesitaba su ayuda porque a la ida en la estación de l’Aldea me retuvieron el billete en contra de mi voluntad a causa de las incidencias en el retraso. Quien me atendió, con una grandísima corrección, me indicó que efectivamente no me podía aceptar el recibo como billete de ida, y que tal y como lo presentaba no podría beneficiarme de las 24 horas que me correspondían, pero ojo, no le puso pega alguna al de vuelta. Entonces puse cara de pena, y le pregunté si había algo que se pudiese hacer, y me indicó que solicitase un duplicado al personal de (des)atención al cliente. Yo le pregunté si estaba seguro que eso era posible, y aunque  me dijo que no lo estaba al 100%, sí que le sonaba haberlo visto antes. Con mil gracias me despedí, y regresé al mostrador de los horrores.

Con lo que he contado antes, os podréis imaginar la cara con la que se me recibió, ¿no? Efectivamente, la jeta de ¿qué cojones querrá este pesado ahora?. Pero mira tú que en el tiempo que tardé en ir desde la garita hasta allí (un buen trecho, hablamos de la principal estación de Valencia) me fui encendiendo y pasé de ser un borreguito asustadizo a dejarme llevar por esa mala leche que llevo dentro y que nunca se sabe cuando va a estallar. Eso sí, sin perder los papeles ni la educación que para eso soy un señor (por lo menos más que el inepto que tenía frente a mí) y con mi mejor sonrisa falsa entablé la siguiente conversación:

Yo: -Vengo de la garita de salida. Me han informado que está todo en regla excepto el hecho de que como usted me ha indicado antes, el recibo de indemnización por retraso no puede sustituir en este caso al billete de ida, por lo que me han dado la orden de solicitarle a usted un duplicado del mismo  -recordad que ya se lo había pedido antes y me lo denegó, pero yo hice como si no lo recordara.

El Idiota: -¿Está usted seguro que le han dicho eso?

Yo: -Sí. Me han comentado que no es la primera vez que sucede, y que en otras ocasiones se ha reesuelto del mismo modo, reimprimiendo un duplicado del billete reembolsado por la demora en la llegada. Tengo el localizador de la reserva completa y el número concreto del billete afectado.

El Gili: -Pues yo eso no voy a podérselo hacer. Diríjase a uno de los dispositivos de auto check-in y emítaselo usted mismo allí.

Yo: -Siento comunicarle que eso ya lo he intentado antes y ha sido en vano. El sistema no reconoce mi localizador.

El Estúpido: -¿Seguro que lo introduce usted bien?

Yo: -Sí, señor. Trabajo en la agencia de viajes que emitió los billetes y sé distinguir perfectamente el localizador, entre otras cosas, porque cuando un cliente mío ha precisado reimprimir un billete en la estación, yo mismo le he indicado cómo hacerlo desde la distancia. De todos modos, ¿sería usted tan amable de intentarlo?

El Inepto: -Pues no creo que sirva de nada. Dígame el número.

Yo: -¿Qué número necesita usted? ¿El de billete o el localizador?

El Desgraciado: ¡Número por favor!

Yo (ante la conclusión de que quien está frente a mis morros no sabe distinguir una cosa de la otra): -Vamos a probar con el localizador puesto que es lo que suelen pedir los autochequeadores: ******

El Tontolaba: ¿Está usted seguro que ése es el número? A mí no me parece correcto.

Yo: -Por favor inténtelo, se lo ruego.

Cualquier persona habría sucumbido ante un ataque de nervios; yo conseguí aguantar el tipo porque vi  que ante semejante elemento lo peor que podía hacer era perder los papeles y ahora que estaba tan cerca de salirme con la mía no lo iba a echar todo a perder. Tuve especial cuidado de observar que los dedos de mi adversario (porque lo que pasó fue una lucha en toda regla) tecleasen correctamente el localizador. A ver si alguien adivina lo que sucedió tras darle a la tecla Enter…. Por favor, decidlo tod@s a coro: ¡Salió mi ansiado billete! Casi lloro cuando lo veo y me lo entrega, pero no os perdáis la dedicatoria final, cuando el $%$·”%&€ me soltó: “¿Era esto lo que querías?” ¿Comooooooooo? es decir…. ¡que una persona que trabaja en RENFE es incapaz de reconocer un billete de tren! En fin, ver para creer. En mi cabeza estuvo presente en todo momento solicitar la presencia de un responsable y por supuesto el libro de reclamaciones, pero yo lo único que quería era largarme de una puta vez y por supuesto sin tenerme que dejar atracar al salir del parking.

El mismo hombre que me ayudó a solucionar el problema aceptó los billetes, y tras recibir mi inmenso y repetido agradecimiento, me felicitó por haber escapado de tener que pagar más de 60 €. Cantidad que habría que tenido que soltar por culpa de alguien que no debería ocupar la silla sobre la que se sienta ni mucho menos cobrar un sueldo que muy posiblemente se merezca más uno de los tantísimos millones de ciudadanos que se encuentran actualmente en paro.

No voy a valorar ni comentar el gasto que nos suponen a los contribuyentes el Compromiso de Puntualidad ni la promoción de Parking Gratuito de RENFE, tan sólo quiero recordar que están ahí y por supuesto animaros a aprovecharos de ambas como hice yo el pasado fin de semana.

Regalan las guías Lonel…. digoooo, Time Out para vuestros cacharrines de Apple

Etiquetas

, , , , , , , ,

Pues sí, mientras esperamos que los señores de Lonely Planet vuelvan a regalarnos unas cuantas de sus recomendables guías electrónicas (entiéndase recomendable cuando nos sale gratis y además sin trampa ni cartón xD) la competencia ha movido ficha y las que podemos descargar ahora son las Time Out de varias capitales del Mundo.

Y Time Out… ¿ezo qué é? Pues como much@s sabréis, en esencia la típica revista que nos sugiere qué ver y qué hacer cuando vamos a una ciudad en la que no hemos estado, o también que ya conozcamos pero necesitemos estar al tanto de las últimas novedades. Desde hace un tiempo, también se animaron a editar guías turísticas en formato libro, un poco a semejanza de las Condé Nast Traveller; yo tengo la de Nueva York y no sólo es muy amena y divertida, además su estilo revista es muy cómodo leer sobre el próximo destino que vayamos a visitar. Más información de la editorial aquí.

Quienes tengáis un iPod Touch, un iPhone o un iPad ya sabéis: teclead “Time Out” en el iTunes Store y os aparecerán todas listas para que les deis al click de descarga; si las pilláis antes del lunes, las tenéis gratis-gratis. Y para los fans de la lonely que esperaban más ejemplares gratis de su guía preferida, que se pasen de todos modos por iTunes, que han sacado algunas de muestra en versión lite, y otras que vienen promocionadas por determinadas marcas que las regalan a cambio de publicidad.

Usuarios de Android:

Por esta vez parece que los que tenemos un Galaxy, una Desire o cualquier otro terminal con el androide de Google no estaremos discriminados del todo, y al menos las guías de Nueva York y Londres también nos las están regalando, ¡buscadlas en el Market! Que las disfrutéis :)

Ganbare Nihon! (III): cuando la prensa pudo conmigo (y mi paciencia)

Etiquetas

, , , , , ,

Cuando una persona visita Japón, se relaciona con japoneses, o bien se informa acerca del país, se da cuenta que para nuestra sociedad, el Imperio del Sol Naciente está a decenas de miles de kilómetros más de lo que su ubicación geográfica nos diría. Pasando por alto detalles más o menos triviales como el hecho de que no haya vuelos directos desde España, o lo difícil que es estudiar el idioma japonés en cuanto nos salimos de Madrid o Barcelona, cuando le dices a alguien que vas a viajar a Japón y te piden que les compres un bolso de imitación (?), te preguntan si te sabrás manejar con el chino (!?), o bien te dicen que te vas a morir de hambre porque tú no comes pescado y eso es lo único que comen los japoneses (!!?), realmente te das cuenta de cuán despistada está la gente.

En medio de este clima de desinformación, llegó el 11 de Marzo, día en el que España tendría que llorar las víctimas de los brutales atentados sufridos justo 7 años antes, pero en el que la prensa nacional olvidó completamente la espina que teníamos clavada en el corazón para dar cobertura a un desastre de mayores proporciones, el ya tristemente famoso terremoto y posterior tsunami que aparte de arrasar las cosas de tres prefecturas japonesas, provocaron un grave incidente nuclear que en el momento de escribir estas líneas aún no ha sido resuelto.

En Japón saltaron todas las alarmas. En España también, pero no las que apremiaban a la población a buscar un refugio, no, saltaron las alarmas en las redacciones de los noticiarios (ya fueran televisivos, diarios tradicionales o prensa on-line) advirtiendo a sus periodistas que tenían carnaza a la vista y que no podían dejarla pasar, que hablaran de ello y cuanto más ruido hiciesen mejor, sin importar en absoluto la veracidad de sus informaciones. Me niego a reproducir ninguna de las barbaridades que se dijeron en su momento, aunque sí que me gustaría poneros un videomontaje que explica muy bien qué es a lo que me refiero.

Todos los días Japón es noticia. A los pocos días del desastre, encontraron a un hombre en alta mar, vivo y flotando sobre los restos de su casa. Lo mismo con un perro. Llegó la primavera y con ella la flor del cerezo tiñó de blanco y rosa el país entero, especialmente las zonas que no fueron afectadas (más del 90% del país). Se completaron e inauguraron las líneas de alta velocidad que unen Tokyo con el extremo suroeste de Kyushu, así como se reinstauraron casi todas las que se cerraron en la afectada región de Tohoku. Pero aquí no se habla de nada de eso, porque no vende. Sólo vende poner en titulares que “otra réplica en la escala X.X se ha dejado sentir en Tokyo”, cuando esto ya sucedía antes del 11-M y nunca se hacían eco de ello. Cuando informan que los niveles de radiación en la atmósfera de Tokyo son más altos de lo normal, ¿acaso añaden que siguen estando por debajo de las mediciones tomadas hoy en día en nuestra cercana Madrid?

Como decía antes, si nuestra sociedad desconoce lo que habitualmente sucede allá donde nace el sol, imaginaos lo que se le pasará por la cabeza cuando las únicas noticias que recibe son titulares como “Se desata el Apocalipsis en Japón”. O cuando oye a los anti-nucleares y los partidarios de dicha fuente de energía (especialmente los que tienen sus intereses económicos puestos en ella) tirarse los trastos a la cabeza, compitiendo a ver quien escupe la burrada más gorda.

Y os preguntaréis, ¿a qué viene todo esto? Pues que a mes y medio de la tragedia, mi paciencia se agotó. Harto de oír comentarios y recomendaciones aquí y allá, de tener que dar la cara ante los familiares de quienes me iban a acompañar en el viaje y de estar consultando ávidamente las últimas noticias para desesperarme más todavía, a pesar de haber tomado la férrea decisión de no cambiar de destino siempre y cuando las cosas no estuviesen peor de lo que ya estaban hace un mes (y a mi juicio no lo están), he terminado arrojando la toalla.

A pesar de que las aerolíneas están ya empezando a restringir las excepcionales medidas que permitían cambiar o reembolsar los billetes para quien viajase en breve a Japón, a nosotros se nos ofreció la posibilidad de quedarnos tal y como estábamos, es decir, con el corazón en un vilo y medio año al tanto todos los días de lo que se cocía en Fukushima y alrededores, o bien, elegir otro de los destinos donde Swiss (con quien volamos) operase. A pesar de que nuestro tipo de billete (la clase más económica, que no admite ningún tipo de cambio) era incompatible con dicha opción, fue una gracia que se nos concedió y elegimos aprovecharla, olvidándonos de todo y cambiando el lugar al que nos iríamos de vacaciones. Ya está hecho, en mi billete ya no pone “destino: Tokyo Narita”. Pero esta vez no voy a cometer el error de pregonar a los cuatro vientos dónde voy. Me niego a que la prensa me vuelva a arruinar el viaje antes ni tan siquiera de haber salido de casa. Ya os enteraréis a mi regreso ;)

PD: De momento, la decisión tomada ya ha dado sus frutos, y con ella se ha reducido mi interés por estar al tanto de todo y cuanto se cuece en la central nuclear de Fukushima. Pero esto no acaba aquí; si he cambiado de destino no ha sido por miedo a mi integridad física, por lo que espero poder regresar a Japón en 2012, como ya dije “siempre y cuando las cosas no estén peor de lo que están”. Desde aquí un ganbare bien fuerte para la población japonesa, y otro también para quienes no hayáis cancelado vuestro viaje :)

Tres años y medio de decepciones con mi PS3

Etiquetas

,

Yo fui uno de los que corrieron a comprar su PS3 en Octubre de 2007 cuando Sony anunció que iba a descontinuar el modelo original de 60 Gb retrocompatible con los juegos de PS2. Aprovechando que en aquel momento tenía la pasta, me dije a mí mismo, “¿por qué no?”, y me lancé a comprarme una cuando estaban volando de las tiendas, costándome la friolera de 499 € con el famoso starter Pack.

Hoy, 3 años y medio más tarde, cada vez estoy más descontento con mi compra.

El día en el que la estrené, la enchufé a mi vieja Daewo 20″ CRT que tan buenos resultados me daba con la PS2: craso error. Daba la sensación de estar jugando a una suerte de engendro que bien podríamos llamar PS2.5. Además, los textos en pantalla eran casi ilegibles. Ante tal problema, decidí comprarme una LCD HD Ready para poder disfrutar de mi nueva consola como dios manda. Cayó la LCD por 599 €, y sí, los juegos se veían de miedo, pero mis viejos DVD que eran muchísimos y las emisiones normales de TV, TDT y ONO daba pena verlas en mi flamante nuevo televisor, por lo que tuve que empezar a comprarme películas en Blu Ray.

Y ahora vamos a la consola en sí. Al principio funcionaba correctamente, salvo algún pequeño cuelgue con el F-1, nada que a mi juicio se saliera de normal. Luego sacaron el Assassin’s Creed y empezaron los problemas, ya que fallaba más que una escopeta de feria. Según a quien le preguntaras, era culpa del juego, mientras que si acudías a otros, te decían que era culpa de la consola. Con un parche se dice que lo arreglaron, pero pocos meses después (aburridos por cierto, en los que apenas sacaban nada mínimamente reseñable) compré el que fue mi primer juegazo, el GTA IV. Los problemas causados por el Assassin’s eran compartidos y ampliados por el juego de Rockstar. ¿Quién tenía la culpa esta vez? No sabría decirlo, el caso es que por unas cosas y por otras, fui paulatinamente dejando mi negrita cada vez más relegada a su rincón bajo la tele, y entre la por entonces ausencia de títulos que llamaran mi atención, y en fin, otros detalles, su uso quedó meramente relegado a ser un reproductor de películas en Blu Ray, difícilisimas y carísimas de conseguir en nuestro país (¡bendita importación!).

Fue pasando el tiempo, y la aparición (y posterior compra) de algún que otro título interesante (Little Big Plannet, Street Fighter IV, Valkyria Chronicles, etc) ayudaron a mi PS3 a no morir en el olvido, aunque de tanto en tanto, esa bromita de mal gustó que ya me gastó en su momento con el Assassin’s Creed y el GTA IV, es decir, quedarse completamente pillada cuando le salía de sus cibernéticas narices, iba asomándose cada vez con mayor frecuencia. Tonto fui de no haber aprovechado los últimos meses de mi segundo año de garantía para reclamarle a Sony una solución, igual el problema no me molestaba tanto como para tener que calentarme la cabeza en ese tema (máxime cuando vivía en un pueblo perdido de la mano de dios a muchísimos kilómetros de la civilización). El problema me viene ahora, tres años más tarde, cuando he conseguido un par de juegos que me han devuelto las ganas de volver jugar, cuando la consola se rebela y se queda pillada al poco de ponerme a jugar. Hasta la semana pasada era a la hora, la hora y media, los tres cuartos…. Ayer cada 15 minutos. Y con las películas tampoco se anima, hace el amago de reproducirlas, pero mientras que algunas se quedan con el logo de la distribuidora congelado, otras no llegan ni tan siquiera hasta ahí. ¿Qué se supone que es lo que tengo que hacer? ¿Desplazarme con el pesado trasto a muchos kilómetros de distancia, a que me digan que lo que tengo no tiene arreglo o me va a costar tanto o más que una nueva? ¿Llamar al SAT del fabricante a que ser rían de mí? ¿O tal vez tener cada vez más claro que en mi casa nunca va a entrar una PS4 ni nada que lleve el logo de Sony estampado?

Se admiten sugerencias. Gracias por tragaros la chapa, pero si no lo suelto, reviento.

PD: de no suceder esto, ahora estaría disfrutando de la edición Blu Ray de Invictus en lugar de escribiendo estas líneas.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.